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por Francisco Galíndez

Bueno, desde ya espero una camionada de intimaciones judiciales por usar el slogan del famoso detergente de ropa sin haber respetado las pautas de Copyright. Pero no me calienta, el título quedó bonito y tendré cámaras en tercera instancia para apelar, gracias Lorenzetti.

Nuevamente el gobierno deja la pelota picando peligrosamente cerca del área, pero el equipo estatal se siente seguro. La defensa ésta vez cuenta con Lorenzino y Kicillof en el centro, Marcó de Pont y Moreno en los laterales y Echegaray como líbero. En el arco nadie mejor que la presidenta Cristina, quien podría quedar sancionada con dos fechas si el antidoping da positivo. La delantera opositora no parece estar a la altura del desafío, pero la hinchada grita apoyando al equipo ofensivo. Si hay anotación, el equipo K puede quedar permanentemente fuera del campeonato.

Con la reforma judicial quedó claro que, independientemente de las exageraciones opositoras, el gobierno no está orientando sus gestiones para el lado del beneficio a la comunidad, el trasfondo de la reforma por ejemplo, no estaba enfocado más allá de la cruzada contra el grupo Clarín. Ahora nos desayunamos con un blanqueo de capitales que surge tras la necesidad imperiosa de recaudar dólares para el BCRA. Y era de esperar, aún con un dólar blue que sobrepasaba los diez mangos, la gente nunca dejó de comprarlo, ya que con o sin cepo cambiario, el argentino es tan pelotudo que especula, se conforma y se siente amparado en una moneda extranjera, independientemente del gobierno de turno.

“Una medida para blanquear el narcotráfico” sostienen algunos, “Una regulación para el sistema financiero” opinan otros. “El puntapié para convertir a Argentina en un paraíso fiscal” aseguran por ahí, “Es una apuesta a la inversión y evita el atesoramiento ocioso” retrucan por allá. Lo cierto es que, aunque tuviese un fin positivo para la economía del país (cosa que dudo mucho), finalmente raya la ilegalidad. El blanqueo de capital está perfectamente definido como un acto ilegal que consiste básicamente en encubrir los fondos generados por actividades ilícitas, y eso es de diccionario. Es sabido que el fraude fiscal en Argentina se encuentra entre los primeros factores que inciden negativamente en la economía de estado, si a eso le sumamos que toda la bienaventurada magistratura está exenta de impuestos y declaraciones, el resultado de ésta singular operación es por defecto el festival de la indolencia impositiva.

Que se entienda que no analizo el proyecto dese el mas alto podio de la moral y la ética, yo también soy argentino y pagar un impuesto a la ganancia, se grande o chica, para mí es como que te obliguen a lavar los platos, cinco minutos después de terminar de comer el asado un día domingo, con el chinchulín todavía en la garganta y la botella de Elementos Malbec  a la mitad. Es algo que se tiene que hacer pero es también insoportablemente odioso, más allá de que tal o cual impuesto sea o no leonino.

Pero ese sentimiento reacio a declarar hasta el chicle vendido y luego desembolsar guita para pagar el impuesto al sabor menta del chicle, no debe apartarnos de la obligación que hasta hace unos días era ineludible. La ecuación tiene precisión algebraica: si yo no pago mis impuestos, inmediatamente otros harán lo mismo, y así sucesivamente hasta que se haya contaminado toda o la mayor parte de la sociedad con el patológico virus de la irresponsabilidad y la negligencia, ergo, no debemos esperar que nuestros representantes en el poder actúen como heraldos celestiales, cuando sus propios electores dan muestra de escabrosa bajeza.

El proyecto de blanqueo de capitales en dólares es inexcusablemente una invitación a la fraudulencia, al cohecho, un completo desatino. La mayoría de los argentinos no ganamos lo suficiente como para enredarnos mucho con impuestos ni declaraciones, pero si existe un sector importante que es el que más bienes tiene, el que más evade y el que termina siendo privilegiado siempre con proyectos de éste calibre. Con la operatoria del CEDIM nos damos cuenta al instante, por ejemplo: un empresario tiene unos cuantos miles de dólares sin declarar (sabemos que los hay y muchos), deposita esos bienes en el banco de la esquina, los dólares llegan al BCRA y al sujeto se le otorgan Certificados de Depósitos Inmobiliarios valuados en dólares por supuesto. Con ese papelito de mierda que cumple casi la misma función que un cheque, el tenedor puede comprar propiedades o desarrollar inversiones inmobiliarias entre otras, luego, quien reciba el CEDIM podrá ir al banco y cobrarlo en dólares. ¿Pero qué pasa si esa operatoria se maneja dentro de un mismo círculo? Muy simple, el empresario deposita sus dólares en negro, los blanquea, con el cheque blanqueador le compra a su ex cuñado una propiedad en Villa Gesell con pileta y quincho ad hoc, el ex cuñado cobra el mismo en dólares, se reparten un poco las diferencias y listo, se vuelven a quedar con los dólares pero a partir de ese momento son ciudadanos hechos y derechos, al día con la AFIP. ¿Alguien pensó en esa posibilidad? Lo que no está expresamente prohibido por defecto está permitido.

Los que saben de micro y macro economía suelen exponerlo bien, el déficit de divisas extranjeras tiene una doble responsabilidad, la del pueblo con su estúpida cultura de querer sacar partido de la inflación y devaluación apostando siempre al dólar, euro, rupia, libra esterlina o cristal de poder protoss, menos el papel argentino con la cara de Roca, Sarmiento o San Martín, y la del gobierno, por promover ajustes que terminan por dilapidar los procesos de importación y exportación entre otros, afectando directamente la competitividad y las reservas nacionales.

Puede que resulte violento al lector (aunque de todas formas me importa un carajo), pero debo dejar en claro que detesto fervorosamente el concepto de ahorro en dólares. Considero al mismo como la más evidente apuesta al fracaso de una economía nacional, la demostración más axiomática del pensamiento individualista, y potenciada mil veces cuando el ahorrista de dólares marcha en una manifestación reclamando su derecho a especular, aún cuando existen mil y un factores ajenos a la política cambiaria que impactan de forma más intensa en la economía de un estado y repercuten impetuosamente en la canasta familiar. Pero no está dentro de mi voluntad el explicar por qué el atesoramiento de bienes traducidos a moneda extranjera es contraproducente, para eso están los economistas anti neoliberalismo y el tiempo mismo con sus vueltas de tuerca, tampoco es el tema en cuestión.

A mi forma de entender ésta compleja parodia financiera, destaco mi rotundo desacuerdo con el proyecto, no porque defienda los intereses de los zoquetes que critican un modelo económico, pero que compran dólares para sacar beneficios cuando todo se vaya al caño, sino por tratarse de un desencadenante para la evasión fiscal agravada. Saludos desde el blanco ocio cibernético.