ARGpor Gonzalo Rodríguez

Amo a la Argentina. Nací aquí, me crié aquí, tengo a toda mi familia aquí, estoy orgulloso de nuestros paisajes, nuestras comidas, nuestros bailes, nuestro carácter, nuestros ídolos y próceres. ¿Pero saben una cosa?: quisiera ser extranjero los fines de semana. Si, así como leen. Si fuera ciudadano de otro país, por ejemplo Suecia u Holanda, o por qué no Chile o Brasil, dejaría pasar toda la semana y, los sábados, bien temprano, me metería en los diarios y sitios de noticias argentinos solo para asombrarme. Para vivir de nuevo ese sentimiento que hace mucho no experimento.

Y es que al vivir en Argentina me han ido matando de a poco la capacidad de asombro, y sinceramente la extraño mucho.

Hasta hace relativamente poco tiempo podía ver una película de James Bond y quedarme con la boca abierta cuando este espía se metía en las cuentas de correo electrónico de los malos, les robaba los datos y desbarataba sus planes. Hasta que en Argentina unos hackers se metieron en las cuentas de una artista K que aceptó trabajar en el canal de TV del “enemigo” y de una imitadora de la presidenta, les robaron videos íntimos y los subieron a la red pública para escarmentar a “la traidora” y a “la gorila” respectivamente. Entonces James comenzó a parecerme un gil de cuarta, un nerd virgen jugando con un Atari.

Podía ver a Steven Seagal entrar a un bar o una oficina llena de rufianes malvivientes, y darles su merecido usando un taco de billar, una bandeja o un teléfono. Hasta que apareció Guillermo Moreno con “Acero” Cali y dos más, y echó de Plaza de Mayo a 5.000 personas; o cuando entró en una asamblea de Papel Prensa con guantes de boxeo y desafió a todos. Y ahí Steven Seagal quedó a la altura del capitán Piluso en cuanto a bravura. ¡¡¡Hasta yo me animaba a boxearlo!!!.

Podía extasiarme viendo a Patrick Swayze y sus tres cómplices entrar a bancos disfrazados de ex presidentes norteamericanos y salir a los tiros con millones de dólares para gastar surfeando, viajando y haciendo fiestas. Hasta que aparecieron Leo Fariña y Federico Elaskar y nos contaron que no era necesario disfrazarse, ni tirar tiros, ni huir, que simplemente era cuestión de volar a Santa Cruz, retirar los millones en bolsos y de ahí volar a Panamá. Entonces comencé a ver a Patrick y sus amigos como unos rateros tarados y patéticos que complicaban lo sencillo al pedo.

Podía inspirarme viendo a Will Smith perder todo, quedarse con su hijito en la calle, padecer miserias, hacer un curso de corredor de bolsa y, tras años de esfuerzo, lograr una fortuna que premiaba su perseverancia. Hasta que aparecieron Ricardo Jaime, Rudy Ulloa, Amado Boudou y algunos otros, y me demostraron que si uno tiene los amigos correctos, la fortuna viene sola, sin fatigas ni angustias. Entonces me quedé pensando en que Will es un nabo que no le da la cabeza y que hizo sufrir a su hijo por su propia ineptitud.

Podía ver a Al Pacino, en El Padrino, poner a disposición de sus colegas capomafia los “servicios” y la protección de SUS jueces y SUS congresales a cambio de ciertas concesiones que favorecerían sus negocios. Hasta que aprobaron la reforma del Consejo de la Magistratura. Entonces, la figura de Michael Corleone se me redujo a la imagen de un pobre pendejo que le hace sufrir el bullying a los chicos de la esquina que juegan a las bolitas, mientras fanfarronea con una navaja vieja que le robó a su tío pescador.

Es que al vivir en Argentina, parafraseando la gran frase yanqui, cada día se nos cumple “La gran pesadilla americana”. Lo que parece imposible de ocurrir por su intrínseca incongruencia y contradicción, ¡¡¡ocurre!!!. Todo lo que en la mayoría de los países serios, responsables y respetuosos está prohibido, no por una ley que lo vede sino por que el sentido común y la conciencia marcan que es lesivo para sus ciudadanos y distorsionante de las instituciones y las costumbres virtuosas, en la Argentina es factible, y por lo tanto se lo concreta. Y aun si estuviera impedido por una ley, contamos con una cantidad asombrosa de iluminados exégetas que encontrarán el ángulo de visión desde el cual divisarán un punto ambiguo y poco sólido desde donde intentarán revertir el sentido de esa ley, pretendiendo convencernos de que lo que esa ley supuestamente prohibía, en realidad, si leemos bien, lo propicia. Y si no nos convencen no importa, lo impondrán con la fuerza bruta del poder y el número.

Pero basta. No quiero escribir más por que quiero preservar esa pequeña y tenaz aptitud para el asombro que porfiadamente se niega a morir en mí.

Me voy a deleitar nuevamente viendo a Tommy Lee Jones y Will Smith amasijar bichos venidos del espacio, maravillándome con el ingenio de Lowel Cunningham que creó esta ficción. Y lo voy a hacer ahora, por que no vaya a ser que el sábado abra los diarios y me encuentre con declaraciones de Sergio Berni, “Súper Berni”, diciendo que sus hombres atraparon y deportaron a sus galaxias de origen a los alienígenas que provocaron las inundaciones, la tragedia de Once, la disparada del dólar Blue, la caída del consumo, la inflación, y entonces Tommy y Will me parezcan Mingo y Aníbal contra los cazafantasmas. Y para mayor masacre cerebral, en la segunda página del diario leer que Fabio Zerpa avala a “Súper Berni” y fue citado al senado para dar mayores precisiones de esta exitosa operación, inédita en la historia del universo.