Si le preguntase a cualquier transeúnte sobre cuál considera el peor virus del mundo, seguramente escarbaría entre sus conocimientos de medicina y me arrojaría el nombre de alguna enfermedad como el SIDA, el ébola, la gripe o afines. Pero se equivocarían, puesto que la peor pandemia de la humanidad fue, es y será el odio.

El odio mató más seres humanos en el mundo que todas las patologías concebidas y conocidas por la ciencia. Es sumamente contagioso, visceral, indeleble. Tan feroz y efectivo que alcanza a todo ser humano que dejó la niñez atrás. Es monstruoso.

Yo me contagié por completo ayer, después de ver la foto de Aylan.

No me contagié antes, siendo testigo de actos de cohecho, de presenciar injusticias cada dos pasos y en cada esquina. No me contagié antes, leyendo sobre guerras, genocidios, torturas, asesinatos, intolerancia y víctimas, miles y miles de víctimas, aquí y allá, en todos lados. Me contagié ayer, probablemente porque me harté de tanta bestialidad, porque mi estoicismo se desbarató al fin, quizás porque tengo hijos de la edad de ese pobre angelito que trascendió a éste mundo de mierda, quizás simplemente porque nadie escapa a esa enfermedad.

Hoy siento odio por muchas cosas y muchos hombres.

Siento repugnancia y ganas de que haya más muerte, tengo deseos de revancha, porque me desborda la necesidad de que alguien pague, de que todos paguemos. Odio a todos y cada uno de los hombres y mujeres que cargan un fusil de asalto con el objetivo de quitarle la vida a otro. No me interesan las razones, no me calienta si defienden o atacan. Los detesto a todos por igual. Odio a sus líderes, y también a cada ciudadano que apoya sus gestiones, que aprueban una guerra, y deseo que todos mueran, que desaparezcan del planeta, de la existencia y de la historia.

Odio las fronteras y a quienes suponen que son sagradas. Me enferma la cosmovisión de los que, empapados de nacionalismo estéril, arremeten una y otra vez, sin piedad, contra la presencia foránea. Orgullosos de una bandera, de una raza, de una creencia o de una costumbre que ni si quiera entienden, pero que defienden con violencia y brutalidad de ataques imaginarios.

Los odio sin contemplaciones.

Odio las iglesias, las religiones y los dioses.

Porque esa terna infame es la cuna de los fanatismos más siniestros, y en cuyos nombres se perpetraron los más atroces crímenes contra la humanidad. Porque por más que haga el intento no me entra en la cabeza cómo un dios, cualquiera sea su nombre o representación, sea capaz de premiar a miles de hijos de puta que masacran, torturan, discriminan o condenan a otros millares de seres que no comulgan con la creencia predominante.

Maldigo a todos los fieles que se escudan detrás de un libro enfermizo, espina dorsal de las mayores degradaciones, y sustento recurrente para justificar lo injustificable. Los odio porque un niño yace sin vida en una playa, no es solo un niño, sino millones, muertos, niños que nunca fueron contagiados con el virus del odio, y ellos solo rezan, nada más.

Estamos convencidos de que no robar y pagar impuestos nos convierte en buenas personas, creemos fervorosamente que el solo hecho de no delinquir ni desear el mal a un tercero nos hace merecedores de un lugar en el cielo o el premio Nobel de la Paz. Y vivimos sumergidos en esa desidia inmunda esperando que alguien haga lo que debe hacer, expectantes a que surjan modelos a seguir que nunca seguiremos, porque no tenemos el corazón, la predisposición ni los huevos suficientes.

Creemos que compartiendo una puta fotografía sensacionalista en una red social enfermiza cumplimos con nuestro deber ciudadano o deber humano, y nos mentimos, nos autoengañamos constantemente. Y somos parte del mal porque no hacemos ni un ápice para que otro niño llegue a la costa, para que otro niño no tenga que empuñar un arma, para que un niño no tenga que mendigar en una plaza en vez de jugar con sus juguetes.

Puedo decir sin temor que odio desde lo más retorcido de mi espíritu a esa indiferencia, me odio a mí mismo por eso, y odio a todos los demás.

Hoy deseo que en solo un instante se extinga todo hombre y mujer que sintió, aunque sea por un segundo, el odio en su corazón. Que en el mundo solo queden los niños, y perezca el resto de la humanidad, con todas sus enseñanzas, sin dejar la menor huella de su accionar vil, perverso e imperdonable.