po Ernesto Losada

En ciertas provincias argentinas, en especial las ubicadas en el norte del país, el sistema democrático se ha degenerado paulatinamente, a través de las décadas, hacia una especie de señoríos en que los gobernantes asumen el poder con formas y maneras autoritarias y absolutistas.

Algo así como dictaduras familiares hereditarias o trasmisibles a delfines confiables.

Estas democracias adulteradas se presentan en una diversidad de formas, cada cual respondiendo a la conveniencia o la posibilidad existente. Entre las más populares, y solo por nombrar algunas de ellas, existen las siguientes:

Gobernador eterno, hermanos ministros, y parientes cercanos en puestos claves de la función.

Gobernación alternada entre cónyuges, con familiares ocupando los cargos de relevancia en una suerte de soporte y custodio del gobernante.

Gobernación alternada entre hermanos, en que el que deja el poder se refugia en el senado hasta que le llegue el turno de regresar al poder.

Gobernación con poder total hasta agotar mandatos permitidos, seguido de cesión a favor de un político “leal” creado con el único y explícito propósito de ejercer simbólicamente el gobierno hasta la vuelta del real dueño del poder.

Es justamente este último, envilecido formato de democracia, en el que el clan Alperovich, de la provincia de Tucumán, ha elegido para ejercer y permanecer en el poder. Tanto públicamente como atrás telón.

Con una tasa de pobreza crónica del 40,1 %, Tucumán es el escenario soñado (y en gran medida por ellos creado y sostenido) para José Jorge Alperovich y su familia. Esto les facilita el ambiente perfecto de necesidad extrema en el cual emplean por remuneraciones miserables a decenas de miles, otorgan otro tanto en planes sociales de subsistencia, reparten mercadería alimenticia a discreción y demagógicamente. Y a los que no llegan a percibir ninguna de estas especies, que Dios o alguna ONG se apiade de ellos.

Según un estudio del Instituto de Investigación Social, Económica y Política (Isepci), el 39% de los menores de 19 años padece una mala nutrición, el 21% de los menores de dos años tiene una baja estatura para su edad, problema que afecta al 19% de los niños de dos a seis años. Además, el 7% padece desnutrición.

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Naturalmente que estas cifras son sistemáticamente negadas por el gobierno de José Alperovich, y atribuidas a operaciones mediáticas, maniobras opositoras o tildadas de ataques orquestados con el fin de desprestigiar o dañar su imagen.

Esta manera absurda de intentar contradecir la realidad se estrella trágicamente con la verdad cuando, esporádicamente, salen a la luz casos de niños fallecidos por desnutrición. Es ahí cuando el relato se modifica por la fuerza, y el gobernador Alperovich y un batallón de funcionarios contragolpean asumiendo que el caso es real, existió, pero aclarando que se trató de un caso aislado. Pero a ese primer porrazo le sigue uno mucho mayor, que es el que recibe de los médicos y trabajadores de centros de salud tucumanos corroborando estos datos, por lo que el mismísimo ministro de salud de la provincia debe salir a admitir que los casos existen, pero que están trabajando en ello.

Así, con una gran mayoría de la población cautiva debido a la necesidad de conservar sus empleos estatales, no ser excluidos de los planes sociales, o de recibir cualquier tipo de ayuda gubernamental selectivamente entregada por los Alperovich y sus “capataces” políticos, es que la población más vulnerable y postergada permanece rehén de de este nefasto clan político.

Y esa situación de sumisión forzada en que se ven los pobres y los menos favorecidos por la vida y los gobiernos, es perfectamente sabida y aprovechada por el gobernador José Alperovich y su esposa, la senadora Beatriz Rojkés de Alperovich, quienes asumen y ejercitan su malhabida superioridad con impudicia pública.

Esa superioridad le da a “Betty” la altura necesaria para decirle a un inundado tucumano que reclamaba ayuda “Yo tengo 10 mansiones, no una, pero estoy acá. Yo podría estar ahora en mi mansión, pedazo de animal, vago de miércoles”, e inmediatamente subirse a su vehículo y retirarse de la escena indignada por el desagradecimiento de esos salvajes que no valoran el que haya gastado algo de su tiempo en ir a verlos.

O la autoridad ética y fraterna para decirle, en plena sesión del senado, a su colega Silvia Elías de Pérez, “a pesar de todos los maltratos que ha sufrido y que le encantan porque la violencia se da de a dos, es como un matrimonio de violentos y de golpeados”, reordenando, reacomodando revolucionando todo lo que sabíamos acerca de la violencia de género.

 

Tal vez haya sido el hartazgo por tantas injustas operaciones en su contra, por tanta incomprensión por parte de esos “vagos de miércoles”, y por tanto ensañamiento con ella cada vez que pretende ilustrarnos en temas como la pobreza, la violencia de género y demás, lo que la haya llevado por estos días a desentenderse de todo e irse de compras a Barcelona, y dejar a su marido, el gobernador José Alperovich, en medio de la crisis social, política e institucional más grave de Tucumán en muchos años, intentando convencer a los pocos que aun lo oyen, que no hubo fraude ni irregularidades de envergadura en las elecciones para gobernador. Que las multitudinarias y persistentes concentraciones y marchas populares en contra del gobierno alperovichista no son más que un siniestro plan digitado y espoleado por el canal de noticias TN y por el grupo mediático Clarín.

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En fin. Las cosas están de este modo. Pero aun en su perversión, miseria, codicia e insensibilidad, gente como los Alperovich son capaces de darnos esperanza, porque “Bandas políticas” como éstas son las que nos permiten mantener la ilusión de que cada elección sea una fiesta de la democracia. Porque cada vez que cae algún tirano de estos por efecto de los votos, se festeja como una victoria, como una nueva independencia.