Subculturas, fracciones de una sociedad que surgen un día y desaparecen al otro, llamativos, ridículos, intrascendentes, interesantes, rebeldes, frívolos, enérgicos. Hubo, hay y habrá para todos los gustos, edades y bolsillos, pero todas con una característica en común, el tiempo como factor condenatorio, todos con fecha de caducidad.

Desde los hippies hasta los hipsters, pasando por punks, góticos, emos, floggers, cumbieros, gamers, grungers, frikis, rastas, skinheads, metrosexuales, metaleros y escalofriantes fusiones de algunos de los mencionados, vimos pasar a todo tipo de pelotudos más o menos intrigantes.

Y como no podía haber excepción a la regla, estos tiempos de demencia social dieron origen a nuevas subculturas. Grupos bien diferenciados, identificados y afines a la “militancia política”, por así decirlo.

Son tres los conjuntos que hoy descubro observando detenidamente el insólito panorama argentino. Los Oficialistas, los Opositores y los Apolíticos.

Exacerbados y sutiles a la vez, predecibles pero también sorprendentes, perspicaces y asimismo brutos. Son el resultado que surge de mezclar unos pocos años de democracia, otros tantos de dictadura, dos partes de comunismo, igual cantidad de globalización, abundante internet y solo una pizca de criterio.

Los oficialistas por ejemplo, suelen llevar consigo un letrero luminoso en la frente que dice “Fanático”. Lo pueden leer todas las personas menos ellos mismos aunque se miren al espejo. Sus mejores armas (y bien ciertas dicho sea de paso) son los discursos sobre el 54%, la expropiación de recursos, la aprobación de leyes de inclusión, la cruzada contra las corporaciones capitalistas y la ayuda social entre otros.

Pero por otro lado apoyan sin pestañar a cualquier candidato o funcionario del partido, sin importarles si donan la mitad de su sueldo a comedores infantiles o hayan participado como autores intelectuales en un genocidio racial. Defienden con uñas y dientes a los buenos y a los malos por igual, no les sueltan la mano así tengan un cementerio en el placard, y dejan la ética para el postre.
Celebran el socialismo pero están guiados por millonarios, y no les importa, porque no entienden el socialismo, ni el peronismo, ni el justicialismo ni el partido laborista, ni nada. La Cámpora es el cónclave supremo y se hará su voluntad.

Los opositores en cambio, tienen peculiaridades poco menos emblemáticas pero no menos urticantes. Están atentos a las cagadas que se mandan los políticos oficialistas, denuncian sin parar y no perdonan una. Lo bueno es que no hay trampa que quede oculta, con los medios informativos de mayor recepción de su parte, uno se termina enterando si la tanga de la hija de Capitanich se pagó con dinero de los contribuyentes. Luchan para evitar la hegemonía del poder vigilando y denunciando constantemente.

El problema está en que en ese incansable afán de exponer los excesos de los funcionarios K, caen en el abismo de la campaña sucia. Cualquier cosa puede servir para escrachar, aunque lleve la firma más evidente de un Photoshop de principiante. A diferencia de los oficialistas, abogan por una economía de libre mercado, aunque la mayoría apenas entiende el concepto de economía. No tienen un líder específico, cualquiera que esté en contra del gobierno es bienvenido, la consigna de “oposición” no va mas allá de la palabra.

Asimismo se olvidan de reconocer las gestiones afortunadas. Para la oposición, todo proyecto de ley, obra o idea que se desprenda del FPV o sus ramificaciones es, por antonomasia, nociva, imprudente, taimada, inmoral, libertina, inoportuna, y si no es ninguna de las anteriores termina siendo insuficiente. En síntesis, N.H.P.Q.L.V.B.

Los apolíticos son los que entienden mejor todo el contexto. Su grupo está conformado por una sumatoria bastante heterodoxa. Hombres, mujeres, heterosexuales, homosexuales, ricos, pobres, ateos, creyentes, bosteros, gallinas, intelectuales y alguno que otro imbécil.

La subcultura apolítica no discrimina a nadie, no entiende de modas y no hay ritos heréticos de iniciación. Un solo agente característico los identifica: el hartazgo de la clase política. ¿Razones? Promesas vacías, mentiras, cohecho, impunidad, nepotismo, cooptación, clientelismo, demagogia, fraude, malversación, despotismo, campaña sucia, etc.

Tibios, les llaman algunos, porque no se juegan por nada ni por nadie. Pero los denunciantes suelen ser Oficialistas u Opositores con alto nivel de virulencia fanática.

El bienaventurado apolítico argentino contemporáneo es, en consecuencia, un paria. Aplaude las buenas gestiones y a la vez rechaza la falta de escrúpulos, pero al no comulgar con ninguno de los dos extremos de la militancia vigente, se gana enemigos en ambos flancos.

Puede que sea hoy por hoy la única subcultura que valga la pena, la del análisis profundo sin presiones ni temor a la fuerza de las corrientes reinantes, la del NO a las palmaditas en la espalda y a las publicaciones embusteras de facebook. La clase de gente que se toma quince minutos para estudiar la plataforma de un candidato presidencial antes de largar un voto a la deriva.

Pero son los menos, porque resulta que en estos últimos años la predilección política se polarizó de tal manera que no dejó espacio para el pensamiento independiente o equilibrado. No hay lugar para medias tintas, o sos vago choripanero o sos gorila golpista de la corpo.

Porque catorce ediciones de Gran Hermano y una nota de tapa informando sobre los problemas maritales de Jorge Rial hacen que el país se llene de Oficialistas y Opositores, de planeros y gorilas, de boludos que siguen una corriente con destino incierto, pero siempre contentos.

Es más fácil entretenerse con el culo de Cinthia Fernández, con el último Samsung S-10 Ultimete-Pro-Vanguard, con Instagram, con Mirtha o el gordo Lanata. Es más fácil complacerse con un bolsón, un plan social o un PROCREAR. Es más fácil que analizar, que investigar, que contraponerse con un argumento firme.

Según dicen, nadar contra la corriente está mal visto, pero hoy en día podría ser la mejor iniciativa. Ni uno ni otro, ni oficialistas ni opositores, un nuevo camino, un camino propio.