Ningún argentino sensato y justo puede desconocer ciertos logros y permanentes que nos deja el kirchnerismo después de doce años en el poder. Más allá de las obras, leyes, reivindicaciones y conquistas sociales, que serían tema para tratamientos más amplios, más detallados y para otro momento, creo importante detenerme a analizar un hecho que nos trascendió a todos y cada uno de los argentinos, entre los que me incluyo.

Desde la llegada misma de Néstor Kirchner a la presidencia, la ciudadanía toda se vio envuelta, contenida, implicada en la discusión política diaria. Tuvimos principios de novato, en los que las discusiones fueron realmente básicas y pobres. Se limitaban a burdos ataques, vulgares contestaciones, agravios con argumentos elementales, anacrónicos y trillados, que partían desde los dos bandos en que nos dividimos los argentinos, de acuerdo a la simpatía o antipatía que las políticas y maneras kirchneristas despertaron en cada uno de nosotros.

Néstor Kirchner primero, y Cristina Fernández luego, movilizaron y motivaron a la juventud que le era afín e incondicional a leer, estudiar, analizar y discernir la política, sus movimientos, sus acciones y reacciones. Así, formaron una juventud en la dialéctica política y en las discusiones.

Durante años, la juventud formada por los Kirchner dominó el terreno de las argumentaciones y los razonamientos, aventajando con absoluta justicia en el campo de los debates y las discusiones, lo que obligó a la otra mitad de la juventud, la que no comulgaba con el kirchnerismo, a instruirse para intentar comenzar a avanzar sobre el “territorio” conquistado por los jóvenes K.

Esto dio como resultado una generación de jóvenes altamente politizados y versados en todos los temas y materias: economía, educación, historia, tradiciones democráticas, usos políticos. Con la consecuente riqueza retórica en los debates que a diario se desarrollan en las redes sociales, en las radios, en la televisión, en los hogares, y en cuanto sitio reúnen a hablar dos o más personas.

Los no tan jóvenes también nos vimos impelidos por esa “ola” provocada por Néstor Kirchner, y ya no bastó nuestra experiencia, nuestras canas y nuestras vivencias para refutar o afirmar algo. Debimos “reeducarnos” para estar a la altura de este movimiento y no ser “dados vuelta” por algún “mocoso” con abundancia de argumentos y rapidez de respuestas.

En estos años, todos los argentinos nos fuimos puliendo y “afilando” para dar el mejor combate posible a la hora de exponer y defender nuestras diferentes visiones e ideas políticas. Y eso es muy bueno, porque un pueblo que no se interesa por saber cómo se manejan los fondos del estado, cómo funcionan las áreas de gobierno, qué responsabilidades les caben a quienes administran lo público y tantísimas otras cuestiones vitales en democracia, es un pueblo condenado a ser gobernado tiránicamente, sin que se le dé explicaciones ni se le rinda cuentas, sin exigir por sus derechos ni responder por sus obligaciones.

Hace relativamente poco tiempo comprendí que eso que llaman grieta no existe. Es solo un invento dramático y patético de quienes no quieren que sepamos; de quienes nos necesitan sumisos e ignorantes; de quienes pretenden encumbrarse para mandar y que el resto solo acate: sin preguntarse, ni disentir, ni indagar. Solo acatar.

Nunca se dijo que entre los hinchas de River y los hinchas de Boca hay una grieta. Nunca. Y eso me lleva a reafirmar que no existe la grieta política. Lo que pasó, simplemente, es que desde hace algún tiempo somos una nación de fuertes pasiones futboleras y pasiones políticas.