por Ernesto Losada

La vuelta de la democracia permitió a muchos dirigentes políticos argentinos, que la última dictadura militar había proscrito o encarcelado, retornar a puestos de poder y volver a la función pública a través de elecciones. Éstos “históricos” fueron los que ocuparon mayoritariamente las presidencias, gobernaciones e intendencias durante los primeros años pos dictadura.

Pero con el correr de los años, fueron surgiendo nuevos dirigentes jóvenes que comenzaron a ganar espacios importantes, notándose una esperable y lógica renovación de la clase dirigencial argentina.

Muchos de esos jóvenes surgieron rápida y prometedoramente, pero a la postre resultaron ser solo fenómenos fugaces que, más temprano que tarde, desparecieron sin legado.

Otros, irrumpieron con vigor sano en la política y lograron pronta aceptación y respaldo, madurando en años posteriores sus aptitudes para la conducción y perfeccionando sus dotes para la gestión, lo que les permitió afianzar sus respectivos liderazgos regionales.

Un ejemplo de estos últimos lo encarna el gobernador de la provincia de Salta Juan Manuel Urtubey, quien con tan solo 45 años de edad ya carga en su haber dos gobernaciones y transitará una tercera.

Urtubey, se define como peronista-kirchnerista, y hace honor a su pertenencia hasta el punto exacto en que él mismo lo decide. Así, se muestra de acuerdo con la mayoría de las políticas del gobierno nacional, pero para nada sumiso al verticalismo dirigencial y a la uniformidad ideológica boba que exige el kirchnerismo.

No duda en irrespetar el libreto oficial dando sus propias definiciones y estableciendo sus propias conclusiones con respecto a temas sensibles, para los cuales el gobierno nacional estipuló de antemano un estricto guión a recitar en caso de ser inquiridos sobre la cuestión.

En medio de tantos políticos jóvenes que, a pesar de tener ponderables aptitudes para el pensamiento y la concepción de ideas nuevas y claras se atan a discursos anacrónicos o pre fijados desde las cúpulas copadas por mentes de la vieja política, Urtubey sobresale por lo franco de su mensaje despojado de eufemismos que pretendan quitar gravedad a lo que se trata o atenuar los daños colaterales que esa franqueza pudiera ocasionar al espacio que integra o al gobierno provincial que preside.

Frontal, directo y veraz, el gobernador salteño practica un estilo de política novedoso y bienvenido, que la mayoría de las veces arrasa los límites de la corrección política para llegar a la verdad.

A esta altura, con prestigio político y autoridad crítica, sus no tan esporádicas disonancias con el relato oficial son tibiamente retrucadas (o ni eso muchas veces) por los mentalmente robotizados voceros de Casa Rosada, a la vez que son celebradas y muy bien recibidas por una ciudadanía anhelante de sinceridad en los diagnósticos y en el reconocimiento de los problemas y deudas sociales ante todo.

Tan solo hace unos pocos días, privilegiando su criterio y su visión por sobre la obediencia debida que rige sin excepciones para todo aquel que se diga kirchnerista, afirmó ante empresarios norteamericanos en Nueva York, en el Consejo de las Américas, que “se debe acordar con los holdouts” porque “no haber acordado nos terminó generando mayores problemas”, algo que para el arco político oficialista, y específicamente para el gobierno “nacional y popular” de Cristina Fernández sonó a blasfemia aunque, extrañamente, el único que salió a condenar esta “herejía explícita” fue el jefe de gabinete Aníbal Fernández que, más extrañamente aún, lo hizo con una declaración bastante desapasionada.

Otras frases polémicas

“Me imagino que Máximo debe ser un dirigente político formidable por la genética, aunque deberá demostrar sus condiciones”. La Nación. 20 de mayo de 2015.

Con una naturalidad y libertad de pensamiento inéditas en el universo K, se permite supeditar las supuestas cualidades y condiciones políticas de Máximo Kirchner, el hijo presidencial, a una potencial confirmación, o no, en el ejercicio mismo de la tarea legislativa.

“No hay que matar al mensajero, hay que reconocer que hay pobreza en la Argentina”, declaró defendiendo al futbolista Carlos Tévez luego de que éste afirmara que le había asombrado la extrema pobreza que vio en la capital de la provincia de Formosa.

Una toma de posición bastante enervante e hiriente para el oficialismo nacional, no solo porque Formosa está gobernada por el ultra kirchnerista Gildo Insfrán, sino también por lo ingentes esfuerzos que desde hace años realiza el gobierno nacional por negar y ocultar la pobreza.

Cuando parecía que ya no había dogmas K que poner en duda o cuestionar, el gobernador Urtubey estremeció una vez más el disciplinado cosmos pingüino al relativizar displicentemente la importancia y la posible injerencia que pudiera tener la actual presidenta Cristina Fernández en el próximo gobierno al declarar: “No veo a Cristina en un cargo público ni ocupando cuestiones de poder”, y “Es técnicamente imposible que esté al poder si gana Daniel Scioli”.

Poco menos que decirle a la cofundadora del kirchnerismo y líder absoluta del Frente para la Victoria, “Lo pasado pisado”, o “A rey muerto, rey puesto”.

Urtubey no es ni por lejos un político de relleno, de esos que se puedan convocar a ocupar un cargo para satisfacer protocolos o exigencias de ley. Muy por el contrario, se trata de un cuadro activo, innovador, atrayente, y con un admirable talento para atraer sobre sí la atención de los demás, por lo que integrar el gabinete de gobierno de quien corre con las más grandes chances de acceder a la presidencia de la nación, Daniel Scioli, le darían la notoriedad y la exposición que necesita para instalarse en el conocimiento de los argentinos, y comenzar a ver tomar forma concreta sus muchas veces manifestadas pretensiones de conquistar el sillón de Rivadavia.