por Ernesto Losada

La noticia que conmocionó, para mal, el mundo de la política en esta semana fue la decisión de la dirigente Mónica López, candidata a parlamentaria del Parlasur por el massismo, de pasarse a las filas sciolistas.

Para conocer a Mónica López basta con recurrir a una entrevista que le concediera a la revista Caras. Allí mostró la casa que comparte en el country Abril de Hudson con su marido y sus dos hijos. Alberto Roberti, su esposo, es -hasta ahora- jefe del bloque del massismo en el Congreso y referente del gremio de los petroleros.

La nota se publicó en abril y lo que más impresionante (o indignante) fue el vestidor de López con 240 pares de zapatos. En las fotos se ve que la diputada gusta de la altura que da el taco aguja, y también de los zapatos rojos: cinco pares, de distintos formatos y tonalidades. También a López le gustan los estampados: los tiene de flores y en animal print. La ex denarvaísta hizo una declaración llamativa a Caras: contó que su vestidor tiene “tres calles” a las que les puso nombre: Roberti (por su marido), Juan Domingo Perón y Eva Perón.

También mostró su amplia cocina y su jardín con pileta, y contó: “Voy al súper, a la verdulería, cocino y me gusta divertirme. Me gusta el Bailando, el chusmerío y el conflicto que se genera. Si yo soy como todos”.

 ¿Necesitan votos?: traten con los dueños

Viendo y leyendo todo esto, pensé que estamos dejando pasar la oportunidad. Que el viento de cola lo acaparan ellos y a nosotros no nos llega ni una brisa.

Es de hora de que al “negocio” de la política lo manejemos nosotros mismos, los ciudadanos votantes, porque está visto, comprobado y chequeado que los políticos negocian con nuestros votos, pero en beneficio propio.

Los políticos, punteros, dirigentes, o como quieran llamarlos, se venden a un líder como un apetecible y tentador paquete electoral compuesto de: su irresistible carisma; su imponente figura; su invalorable experiencia; su amplia trayectoria, y los votos de “su gente”, es decir, nuestros votos.

Estos mercaderes inmorales mudan de bando, siempre hacia el ganador y el dueño de la chequera, presentándose pretenciosamente como sujetos que abultarán significativamente el caudal electoral de su nuevo amo político. Como si en un bolso (de diseño, de marca y carísimo, por supuesto) llevaran nuestros votos para ponerlos a disposición de quien de allí en más los cobijará políticamente y los habilitará económicamente para militar para su nuevo líder.

Pero, ¿quién o quiénes instalaron la idea de que nuestro voto está atado a estos sujetos?; ¿quién o quiénes se atreven a asegurar que nuestro voto irá siguiendo mansamente a estos tránsfugas hacia el nuevo espacio en el que recalarán en busca de dinero, poder e influencias para seguir haciendo negocios?.

Quienes reciben a éstos travestis ideológicos deben saber que solo los acogen a ellos, que los votos quedan con nosotros, por lo que, si quieren que los votemos, deben tratar con nosotros.

Mi idea es que cada familia se reúna: El abuelo, la abuela, los hijos, las nueras, los yernos, las tías y tíos, los nietos, y cuanto sujeto habilitado para votar haya en la familia. Se armarían, fácilmente, grupos de entre 25 y 30 personas promedio. Luego, elaborar un listado (algo así como un padrón familiar), y con este documento solicitar una reunión con el candidato. Ya reunidos, un miembro de la familia-padrón expondrá sus exigencias a cambio de los votos de todos aquellos a quienes representa: puestos de trabajo, viviendas, becas estudiantiles, subsidios, o lo que necesitaren. De aceptar el trato, el candidato extenderá un certificado comprometiéndose a satisfacer lo exigido ni bien asuma.

Con este sistema de autogestión electoral, libre de dirigentes intermediarios que reciben millones y se dan la gran vida de lujos ofreciendo a terceros nuestros votos sin nuestro convencimiento, vamos a ver como las obras y los beneficios comienzan a llegar a nosotros completitos. Sin esa merma del 80 o 90 % que algunos políticos nos retienen a modo de “peaje” u “honorarios de gestión”.

¿Quién sabe?. En una de esas, si este sistema funciona, tal vez en un par de años seamos nosotros quienes concedamos audiencias a los candidatos para establecer condiciones. Quizás los recibamos en la piscina o el quincho y que nos cuenten cuáles son sus planes, qué piensan hacer, y qué nos ofrecen a cambio de nuestro apoyo.