Si bien Mauricio Macri fue elegido democrática y legalmente presidente de todos los argentinos, y sus decisiones políticas, económicas, diplomáticas y de otra índole que hagan al funcionamiento del sistema y a la marcha del país en sus diversos aspectos deben ser respetadas, porque justamente para eso fue electo y ejerce el cargo, hay cuestiones para las cuales ni la ostentación de la primera magistratura lo habilita a intervenir, y mucho menos lo justifica.

Si el presidente cree que sostener relaciones cordiales y de diálogo con los referentes de los distintos sectores políticos que no acompañaron su propuesta electoral es beneficioso para el país y los argentinos, pienso que está acertado. Si está convencido de que asistir al foro de Davos puede ser provechoso para la economía de Argentina y, por consecuencia, para el empleo, la calidad de vida, el consumo y el desarrollo personal de cada uno de los argentinos, es algo que respetamos y deseamos que así sea. Si estima que viajar a Davos acompañado por Sergio Massa, máximo referente del Frente Renovador, uno de los muchos sectores críticos del gobierno nacional, es una estupenda muestra hacia el mundo de tolerancia, respeto, convivencia y unidad entre los argentinos, me parece perfecto y lo apoyo.

Lo que de ninguna manera podemos aceptar es que, por su “buena” relación con Sergio Massa y la mayoría de sus dirigentes, pretenda posicionarlo como el jefe de la oposición.

Los sectores de oposición existen, precisamente, para poner freno a posibles abusos de poder; para discutir y mejorar los proyectos, medidas y el accionar en general de los oficialismos; para advertir errores; para diversificar el pensamiento y así enriquecer la visión de quienes gobiernan; y para que también sean oídas las voces, las ideas y los pareceres de quienes no votaron a quien resultó electo, pero cuyas exigencias y demandas tienen igual validez, valor y derecho a ser consideradas por ser la expresión de ciudadanos con los mismos derechos que quienes sí votaron a quien conduce la nación.

La participación y el rol privilegiado que el presidente Macri otorga al dirigente Sergio Massa es auspicioso hasta que comienza a rozar el favoritismo especulativo político.

Efectivamente. Recientemente el presidente dijo “Acá me acompaña el líder más importante de la oposición Argentina, con posibilidades que conduzca el Partido Justicialista (PJ)”, refiriéndose a Massa, en lo que sonó y fue interpretado por muchos como una “bendición” presidencial con la cual Macri pretendió ungirlo como su preferido, y de alguna forma direccionar al sector peronista que lo apoya y a otro sector, que siendo opositor no es tan hostil, para que se encolumnen detrás del tigrense.

Las relaciones afables entre oficialismo y oposición incrementan las posibilidades de éxito de la gestión de quien gobierna, ya que las divergencias son discutibles y muchas veces salvables. Pero no puede pretender el presidente Macri tener una oposición sumisa, anexada a su gobierno, “simacrista” y conducida por un amigo que no cuestiona el plan oficial ni propone modificaciones superadoras de lo originalmente pensado por el ejecutivo nacional y sus funcionarios.

No puede el macrismo patrocinar una oposición dócil, compinche, porque estaría aspirando al absolutismo de conseguir siempre el asentimiento y la aprobación de quienes deberían ser, naturalmente, agentes de contralor y delimitadores del poder.

Deberá el presidente dejar de inmiscuirse interesadamente en cuestiones que le son ajenas, como ser la organización de la oposición y la elección de quien los presida como tal. Deberá abandonar su ambición de colocar al frente de los críticos a un dirigente que le responda más como un funcionario de gobierno que como un opositor.

Cada quien en su lugar, y armoniosamente, es la única manera en que la democracia funcione como un sistema virtuoso, balanceado con pesos y contrapesos.