Se había recibido en Berkeley. Y colaboraba con la DEA, que a cambio le dejaba inventar drogas con fines científicos. Tenía 88 años.

Su historia remite invariablemente a la de Walter White, el protagonista de la serie Breaking Bad, talentoso químico un poco venido a menos que decide comenzar a fabricar y distribuir drogas sintéticas para paliar su complicada situación económica y familiar. Pero aunque pueda parecer una invensión hollywoodense, la historia de Alexander Shulgin, que murió el lunes pasado a los 88 años, fue bien real.

Shulgin fue un respectado químico que se hizo famoso por desempolvar la vieja receta de la droga psicodélica éxtasis. Cuando probó el peyote a finales de los años cincuenta descubrió que había drogas capaces de llevarnos más allá de las fronteras de la conciencia. Era doctor en Bioquímica por la Universidad de Berkeley y su interés era básicamente científico.

El peyote le hizo recuperar emociones y memorias de la infancia y lo puso en camino hacia las drogas psicoactivas. “Lo más revelador es que aquel recuerdo tan impresionante lo había producido una fracción de un gramo de un producto blanco y sólido. Lo que recordé procedía de las profundidades de mi memoria y mi psiquis. Entendí que nuestro universo está dentro de nuestra mente y nuestro espíritu. Podemos optar por no acceder a él, incluso podemos negar su existencia, pero sin duda está allí, dentro de nosotros, y si queremos hay productos químicos que pueden alcanzarlo”, dijo alguna vez.

Empezó a trabajar para la compañía Dow Chemical, pero en 1965 decidió montar su propio laboratorio, en un cobertizo en la parte de atrás de su casa en Berkeley. Solía trabajar con música rusa de fondo -sus preferidos eran Prokofiev, Shostakóvich, Rajmáninov, probablemente una herencia de su padre-, manejaba un Volkswagen Escarabajo y si lo invitaban a una fiesta se ponía un esmoquin, pero no se quitaba sus sandalias hechas a mano.

En ese laboratorio no tan casero diseñaba y sintetizaba drogas psicodélicas. Documentaba la receta y los efectos que producía. Diseñó cerca de 150, y todas la probaba y se las daba a probar a su esposa, Ann, que era tan entusiasta como él del peyote.

Otro aspecto cinematográfico de su vida es que Shulgin colaboraba con la agencia antinarcóticos (DEA), que, a cambio, le dejaba producir las drogas para fines científicos. De todos modos, consideraba -acaso un poco adelantado a su tiempo- que ningún gobierno debía entorpecer la libertad del individuo para explorar los límites de su conciencia. “La mayoría de las drogas no son adictivas, y ciertamente no son escapistas, pero son herramientas valiosas para la comprensión de cómo funciona la mente humana”, escribió hace unos años en su cuenta de Twitter.

Un día de 1976 un amigo le hizo notar que el medicamento MDMA, que el laboratorio Merck había desarrollado en 1912, no tenía una aplicación concreta. Shulgin descubrió que sus beneficios terapéuticos se parecían a los del peyote. “Permite al individuo -explicó- expresar y experimentar contenidos afectivos reprimidos por las barreras culturales”. Un amigo psiquiatra la recetó a miles de pacientes y luego pasó a la cultura underground californiana, donde se vendía como éxtasis. Shulgin no la fabricaba ni se beneficiaba con eso, pero los traficantes se hicieron millonarios.

El Gobierno la prohibió en 1985 porque, argumentó, dañaba el cerebro. Shulgin se desesperó porque la ciencia perdía así un vehículo para superar traumas psicológicos asociados con la represión. De todos modos, la droga encontró un filón en las discos de Eivissa y en los ochenta alumbró la música acid house.

Un último hecho vuelve a emparentarlo con Walter White: el cáncer. A Shulgin le habían diagnosticado cáncer de hígado hace un año. Murió el lunes a las 5 de la tarde en “la finca”, como llamaba a su amplia residencia y laboratorio, en una zona remota de Lafayette (California), unos 35 kilómetros al este de San Francisco.staba E escuchando música meditativa budista rodeado de amigos y familiares.

Fuente: Clarin