por Ernesto Losada

Finalmente, y luego de más de tres semanas, terminó el escrutinio definitivo en la provincia de Tucumán, arrojando como resultado que, Juan Manzur, el candidato a suceder en la gobernación al kirchernerista José Alperovich alcanzó el 51,64% (491.951 votos), algo más de 11 puntos por sobre el candidato del Acuerdo por el Bicentenario, José Cano, que alcanzó el 39,94% (380.418).

Si bien la Junta Electoral Provincial (JEP) dio a conocer los resultados, se abstuvo de proclamar autoridades debido a una medida cautelar vigente, dictada por los jueces Salvador Ruiz y Horacio Castellanos, de la Cámara en lo Contencioso Administrativo que ordena no proclamar ganadores hasta tanto y en cuanto este tribunal no se expida con respecto a numerosas denuncias formalizadas por autoridades del Acuerdo por el Bicentenario.

A estas alturas, el resultado de la elección es un dato anecdótico y, arriesgaría, secundario. Solo es importante, y vital, para aquellos que se han puesto el cuchillo entre los dientes y se han lanzado a conservar el poder a como dé lugar.

Las innumerables denuncias de todo tipo (corrupción, nepotismo, malversación de caudales públicos, incumplimiento de los deberes de funcionario público, desvío de fondos, sobrefacturación, enriquecimientos ilícitos, nombramientos irregulares, falseo de índices, y un largo y vergonzoso etcétera) que pesan sobre el actual gobernador José Alperovich, su esposa la senadora Beatriz Rojkés, y sobre las decenas de parientes ocupando puestos en el gobierno tucumano representan el aliciente más poderoso e imperativo para retener el poder y estirar así el tiempo de impunidad. Y para ello, nada mejor que apadrinar como candidato a un viejo conocido que no tiene la más tenue intención de revisar la gestión de su antecesor, sobre todo en lo que a cuestiones financieras se refiere.

Con la afiebrada obsesión por evadir el juicio y el castigo que acomete a los culpables acorralados, Alperovich puso en marcha su plan de traspaso seguro del poder, resultando elegido candidato Juan Manzur, el perfecto cancerbero de las podredumbres de Alperovich y compañía.

Y como el fin en sí fue concebido espurio, así también lo fueron los medios utilizados para su consecución.

Comenzaron por asegurarse un “piso” de votantes mediante amenazas y aprietes a empleados estatales, a quienes se les hizo saber que sus puestos laborales peligraban ante un eventual triunfo opositor. A ese “piso” se lo engrosó con los votos de los miles de beneficiarios de planes sociales y ayudas estatales, a quienes los punteros políticos se encargaron de recordarles que poseen registros con sus nombres y direcciones, y que corroborarán si la cantidad de votos a favor del oficialismo en el circuito se condice con la cantidad de beneficiarios.

Pero como en esas franjas de votantes se podía dar el caso de que hubiera “rebeldes y desagradecidos” que no votaran al “pollo” de Alperovich, se organizó la más ruin y bochornosa repartija de “presentes” preelectorales entre los más pobres. A la vista de todos, sin el más mínimo pudor político ni humano, y violando las leyes que juraron respetar y hacer respetar.

No obstante, persistía en el oficialismo tucumano la duda acerca de si toda “ingeniería” desplegada sería suficiente como para asegurarse el triunfo. Dudas son dudas, y no se las podía dejar sin despejar, por lo que se decidió recurrir directamente a la “caballería”, que se encargaría de conseguir que lo que no fue, sea. Es decir, lograr en los telegramas los votos que no se lograron en las urnas. Es decir, cargar como propios los votos ajenos. Es decir, ROBARLE a los opositores sus votos. Es decir, pasarse la decisión del votante por esa parte del cuerpo ubicada debajo del cinto en la parte trasera.

Y fue tan burdo, tan grotesco, tan tosco todo lo ocurrido aquel domingo y en los días previos en Tucumán, que los días posteriores no podían ser normales ni se podía fingir que nada había ocurrido.

Se suscitaron multitudinarias marchas reclamando al gobierno explicaciones y aclaraciones; se los confrontó con las pruebas del fraude y se les exigió el cese en su accionar mañoso por lo menos durante el escrutinio.

Todo lo que recibieron a cambio los manifestantes y la oposición fue represión, reconocimiento por parte del gobierno de que se había recurrido a las dádivas para “seducir” a los votantes, y el anuncio de que los discos rígidos de las cámaras de seguridad que debían filmar el depósito donde estaban guardadas las urnas estaban dañados irrecuperablemente, por lo que nunca se podrá saber si cambiaron los votos de esas urnas, tal como se sospecha fuertemente y que este “oportuno como misterioso” daño en los discos rígidos sugiere a gritos.

Seguramente estos resultados serán convalidados, y Juan Manzur será proclamado gobernador de la provincia de Tucumán.

Y será así porque en la Argentina lo anormal es norma. Nos acostumbramos a convivir con corruptos evidentes que caminan libremente; aceptamos mansamente nuestra condición de ciudadanos inferiores ante la casta política todopoderosa; solo rezongamos un par de días cuando nos enteramos de algún lujo, un viaje exótico, un negociado millonario costeado con dineros del estado; nos indignamos quince minutos cuando alguno de estos sátrapas en el poder nos dirigen palabras denigrantes y humillantes; no nos inmutamos ante el abuso de poder de ellos, de sus hijos, parientes y entenados; no protestamos como ciudadanos cuando pretenden modificar la constitución para que se adecue y calce perfectamente con sus planes.

Tucumán fue por estos días el oasis donde la democracia calmó su sed de virtud y transparencia, pero seguramente en poco volverá a ser el desierto que fue. Lo disfrutamos mientras duró, pero no apareció para quedarse.

Lo que me pregunto yo es: ¿qué legitimidad para gobernar puede tener alguien que reconoció artimañas dolosas para llegar al poder?; ¿Qué sustento popular puede exhibir alguien que se niega a dar explicaciones acerca de las innumerables irregularidades probadas que hubo en el proceso que lo llevó a la gobernación?; ¿con qué cara puede jurar “cumplir y hacer cumplir en cuanto de él dependa” las leyes?;¿cómo se sosiega al pueblo argentino asegurándole que esto no ocurrirá en octubre para las presidenciales?;¿cómo se disipan las sospechas que de aquí en más cubrirán a todas las elecciones que se desarrollen en nuestro país?. No espero respuestas ni las quisiera oír, porque ni aún los arrepentimientos expresados con las más compungidas palabras y declamadas con convencimiento político podrán reparar los daños inflingidos a la democracia.

Hemos sido estafados ante nuestros propios ojos, por lo que desde ahora en más, la desconfianza y la sospecha son derechos que hemos adquirido para siempre.