por Francisco Galíndez

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Existen pocos debates tan copados en una reunión de gente heterodoxa (en la que hay más de un cinéfilo) como los relativos a las megaproducciones cinematográficas hollywoodenses que nunca ganan un premio de la academia. Ya sea porque no se lo merecían o bien porque de antemano los galardones están arreglados de forma conveniente. Son muy parecidas a las discusiones políticas, religiosas o futboleras, pero cuando hay invitados que medianamente conocen de cine o al menos lo disfrutan mucho, el film discutido toma un protagonismo muchas veces exagerado e innecesario. Pero no podría ser de otra forma al menos en éste país repleto de críticos y criticoides. Los cinéfilos, como muchos otros personajes de cualquier grupo de amigos, tienen muchas particularidades y a la vez muchas similitudes con los opinólogos de todo tipo de debates.

Están los cinéfilos que estudiaron el séptimo arte de forma académica, con conocimientos sólidos del tema, con ojo perspicaz y crítico por excelencia, que desguazan una película hasta la última pieza como un juguete de partes intercambiables, analizan cada componente de la producción y, sin dejar de exponer lo bueno y lo malo de forma separada, asignan un puntaje a cada elemento y dando como veredicto final un promedio. Se entendería entonces que por lejos, son las personas más idóneas para emitir una crítica veraz y, aunque compleja, más precisa sobre el film en cuestión.

Por otro lado tenemos los cinéfilos que no tienen formación docta del cine y sus componentes, pero con un criterio cinematográfico muy adyacente a su idiosincrasia de vida, exponen su perspectiva y valoración de la película bien orientados, con objetividad y buen gusto. Tales personajes suelen tener un tinte nerd característico y, si bien no son como para proponerlos de jueces en la entrega de premios de la academia, sus críticas no son despreciables en absoluto.

También tenemos a los cinéfilos que en realidad no lo son, pero que siempre quieren sopar el pancito en la salsa del debate para no perder el protagonismo en la reunión. Sin una cosmovisión cinematográfica emergente del estudio o de la percepción sensitiva del arte, emiten juicios incoherentes y banales de la película y hasta llegan a opinar bochornosa y descaradamente sin siquiera haberla visto antes, con tal, la consigna es discutir, estén errados o no.

Desde hace unos días vengo interiorizándome sobre la tan mencionada Reforma Judicial (¿qué carajos tendrá que ver con el cine y los cinéfilos?, se preguntará más de uno) y, tras haber interpretado las misma, o malinterpretado posiblemente, con ayuda de diccionarios, informes y opiniones de profesionales de las leyes, entre opositores, partidarios e imparciales, llegué a la conclusión que la Reforma Judicial es como una superproducción hollywoodense que no marca un hito en la historia del cine. Una película que el jueves de estreno llena las salas de los cines, porque con sus pocos segundos de duración, el tráiler impacta a los interesados utilizando sabiamente las mejores escenas, porque por rumores no tan desatinados es mencionada antes del rodaje, porque su guión promete mucho y el reparto no se queda atrás. Una película que vende mucho antes de su lanzamiento pero que en definitiva su magnificencia se limita a una impecable campaña marketinera, una de esas que salís del cine, no con un sabor amargo en la boca ni tampoco extasiado, sino con la sensación de que es otra película más del montón, sin el contenido que todos esperaban ver tras pagar la entrada y sentarse  estratégicamente para no forzar la vista y disfrutar el largometraje al 100%.

La Reforma Judicial sería en éste caso una superproducción del Poder Ejecutivo, con una propaganda magnífica, que mostró en su tráiler lo más convenientemente significativo de las seis leyes. Pero analizando más a fondo, los cambios que generarán las mencionadas leyes no redundarán en profundos beneficios para la optimización del sistema judicial.

La película se estrenó y se abrieron los debates. No es sorpresa que se hayan polarizado las críticas desde la perspectiva de los comentaristas parecidos a los cinéfilos que no los son. Cuando la reforma no era tratada todavía en la cámara de senadores ya se hablaba de la misma como un suceso que rayaba el apocalipsis, el trágico asesinato de los derechos y garantías de los ciudadanos, la embestida más corrupta contra el sistema Representativo Republicano y Federal. Y la contrapartida exageraba con el mismo énfasis, ostentando con el cambio judicial más importante de la historia Argentina después de la declaración de la Constitución Nacional, más relevante inclusive que la reforma del 94. Me atrevo a decir que en ambos casos, la mayoría de los críticos no tenía la más pálida idea del contenido de la reforma, pero el objetivo era hacerse notar, oficialistas y opositores por igual, casi completamente ajenos al trasfondo del asunto, sin argumentos, evidenciando el inconfundible proselitismo y recayendo en el tedioso sermoneo de siempre: ¿Estas a favor? Sos Planero. ¿Estás en contra? Sos Gorila.

Au contraire, las críticas de los observadores que mantienen posturas análogos a los cinéfilos nerds y académicos, sostuvieron como era de esperar una línea seria y analítica sobre el asunto y siempre muy al margen de la tendencia política. Todas ellas convergen en un punto, independientemente de algunos factores innegables, como el hecho de que la reforma conlleva implísito un objetivo beneficioso particular para el Poder Ejecutivo y por otro lado significa también una desventaja relevante para poderosos grupos económicos, los seis ítems de la reforma se diseñaron con aciertos y desaciertos, pero ninguno digno de asentar en las crónicas jurídicas argentinas para los futuros libros de historia y leyes.

http://www.youtube.com/watch?v=LHSERdClnd0
Sobre la elección de los miembros del Consejo de la Magistratura no hay mucho que discutir, la democratización o “politización” de la justicia, a mi forma de ver y entender, no es otra cosa que una diferencia semántica del sistema jurídico que se mantuvo desde sus principios y hasta hoy. El poder judicial nunca fue un organismo literalmente autónomo, en tiempos pasados los jueces eran elegidos por el presidente y luego de la reforma del 94 atestiguamos hechos vergonzosos como la “servilleta de Corach”. Entonces quienes arengan la autonomía de la justicia sobre los poderes políticos hacen la vista muy gorda, o bien desconocen la historia completamente. La justicia en Argentina estuvo “politizada” desde siempre, alineada a partidos o sectores económicos influyentes, y hoy ésta ley no generará ningún cambio. Fallo: Ni acierto ni desacierto, solo un poco más de lo mismo, con la diferencia que de ahora en más la boleta de sufragio deberá ser impresa en un papel tamaño A3.

Sobre la creación de los tres tribunales de tercera instancia… bueno, no encuentro todavía el factor positivo de la ley, aun cuando fui gentilmente ilustrado sobre la misma por varios letrados, en síntesis y en idioma cristiano, entiendo que no se logrará más que la dilatación de los tiempos que puede demandar un litigio contra el estado. Fallo en primera instancia, apelación, fallo en segunda instancia, apelación, pero esta vez no a la Corte Suprema, sino al tribunal de tercera, apelación, y de esa forma, prolongando los procesos judiciales por los siglos de los siglos… amén. Fallo: Desacierto.

Sobre la regulación de las medidas cautelares, no cabe ninguna duda que es una reforma que nace consecuencia de la latosa e interminable guerra que mantiene el gobierno con el grupo Clarín y las idas y venidas de la Ley de Medios. El cambio puede que agilice ciertos procesos judiciales, pero no contiene dentro de sí misma el menor objetivo de propiciar un beneficio al ciudadano común y corriente. No es tampoco, como aseguran la propaganda opositora al gobierno, una ley que viola descontroladamente los derechos comunes, una anexión indica también que se contemplan excepciones cuando se afecte la “vida digna”, “sectores sociales vulnerables” y “conflictos laborales”. Fuera de eso y previendo casos aislados, al no ser profundizado éste ítem, finalmente no favorece al ciudadano sino que pude a futuro actuar inclusive en su perjuicio. Fallo: Desacierto.

No podría estar más de acuerdo con los restantes tres agregados. Que los tribunales de segunda y tercera instancia y la Corte Suprema deban publicar información de las causas, que la elección de los empleados del poder judicial sean efectuados por oposición, examen y sorteo para sus diferentes labores y no de forma arbitraria por un juez, y la declaración jurada y pública de los patrimonios de funcionarios judiciales, son en efecto reformas positivas por donde se las analice. Fallo: Aciertos los 3.

Como dije antes, todo este embrollo es solo una película de alto presupuesto con poco contenido y condena al olvido, un Waterworld con Kevin Costner que debería haber pasado directo a DVD. Si entre los apartados de la reforma hubieran incluido la inserción en el pago de impuestos a las ganancias a toda la magistratura, y la limitación del período de gestión de los jueces por ejemplo, éste largometraje del gobierno no solo sería nominado a todos los premios Oscar sino que de cajón los ganaría, yo particularmente la consideraría una obra maestra al mejor estilo de El Padrino de Coppola. Pero éste circo marketinero y estéril es el producto de la incansable puja de poderes en el país, nosotros no somos protagonistas ni socios accionarios de la productora, solo somos los tristes espectadores que, obnubilados por las propagandas contrastadas que nos aturden desde ambos flancos, seguimos comprando humo. Ya me cansé de escribir, me voy a ver una peli. Saludos desde el ocio cibernético.