Finalmente, la presidenta Cristina Fernández, viuda de Néstor Kirchner, no asistirá a la jura del nuevo presidente de la nación, Mauricio Macri, ni a la ceremonia de traspaso de mando. Tampoco lo hará el bloque kirchnerista.

Se corrobora de esta manera la sospecha casi certeza que tenía la gran mayoría de los argentinos: Cristina no está psíquicamente preparada para dejar el poder. La sola idea de saberse despojada de todo privilegio, de los “honores”, de las adulaciones, de la atención general, y el goce que produce en ciertas personas el poder por el poder en sí, le producen un sentimiento de pérdida inmensa e irreparable que la fuerzan a la negación, a la ira y a la huida.

Si va a ocurrir, no quiero verlo ni estar allí. Eso es en síntesis lo que se ha instalado en la cabeza de Cristina con respecto a tener que ceder el mando del país a Mauricio Macri, o a quien sea. Porque su desequilibrio no es producto de que Macri asuma, sino de que ella debe irse.

La gravedad del vacío que produce una pérdida está íntimamente ligada con el grado de apego que la persona mantiene con el objeto a perder, y con el convencimiento que se tiene de que lo que se debe entregar le pertenece.

Así, el acto natural y democrático de pase de mando, resulta para Cristina una injusticia, un despojo que no puede evitar, pero del que sí puede negarse a ser testigo y partícipe.

Encerrada en su contumaz concepción de democracia, Cristina intenta reducir al mínimo los dolorosos efectos del síndrome de abstinencia de poder y el futuro de llano que se le avecinan como el peor de los mundos en que personas como ella pudieran existir. Para esto, designa a decenas de miles de personas, desquicia los gastos públicos, vacía el Banco Central, relaja los controles de precios, oculta y destruye información, con el fin el empujar al país a una situación de hiperinflación, de cese de pago de haberes, de fragilidad financiera y, finalmente, de ingobernabilidad.

Su trastornada trama incluye cargar con todas las culpas al gobierno de Mauricio Macri con acusaciones de ineficacia, impericia, improvisación, entrega de los recursos y hasta de administración fraudulenta, con el propósito de socavar su legitimidad y orientar el descontento popular hacia la gestión de Cambiemos.

Llegado ese momento, lanzará a sus esbirros (si es que aún le queda alguno) a alentar su regreso como la mesías de la patria y como la única que puede rescatarnos de la miseria, y con eso comenzará a aliviarse de su punzante anonimato, de su dolor de ya no ser.

En su turbado accionar, lo que la presidenta no puede percibir es que el desastre que deja será padecido también por los que hasta hoy la aplauden, para quienes será muy difícil (sino imposible) auto convencerse de que un país pujante, en marcha, en desarrollo, sin pobreza, con niveles mínimos de desempleo, con reservas suficientes, con instituciones fuertes y sin mayores problemas, tal como lo narra el relato oficial, fue aniquilado en pocos meses por la administración entrante de Mauricio Macri.

Hasta hace no mucho, Cristina soñaba poder sobrellevar el tormento no estar en el poder imaginándose la nueva Perón, en su Puerta de Hierro del sur, con cientos de dirigentes y mandatarios provinciales acudiendo a ella en busca de sabiduría y directrices. Un hermoso y consolador sueño del que debió despertar para enterarse que todos sus aliados ya acordaron con el nuevo presidente, que el PJ se diferenció y distanció de La Cámpora, que varias causas judiciales graves que la involucran tomaron impulso, y que la mayoría de sus leales e incondicionales ni siquiera le reciben los llamados.

En fin. Sin poder, sin la banda ni el bastón, a Cristina solo le queda el diván de un buen profesional, ante quien podrá rememorar con nostalgia sus años de omnipresencia, omnipotencia e infalibilidad, y a la vez maldecir la ineptitud de sus candidatos que, en connivencia con un pueblo desagradecido, le cortaron el camino a la gloria.