por Ernesto Losada

Los últimos días de la campaña electoral sciolista trajeron más cambios en las filas naranjas que los cambios que el mismo Macri propone. A estas alturas de la contienda discursiva y propagandística rumbo al 22 de noviembre, el nombre Cambiemos resulta más apropiado para la fórmula oficialista que para la opositora.

Scioli cambió el tono apacible y dialoguista que le hizo conservar muy buenos porcentajes de votantes durante estos años, y que le permitió quedar como candidato del FpV, virando hacia un tono agresivo, descalificador y acusatorio. Cambió su argumentación de explicar las bondades de ampliar y diversificar lo hecho por el kirchnerismo pero con impronta propia, para empecinarse en un discurso elemental, pobre e impropio de un aspirante a la presidencia: no voten a Macri porque es malo. Cambió aquella independencia e imagen diferenciada del kirchnerismo, y fundamentalmente del cristinismo, para identificarse verbal y gestualmente con lo más rancio e intolerante de la pinguinada sureña.

Semanas atrás, el ingreso activo de Juan Manuel Urtubey en la campaña produjo un ambiente de frescura política en el sciolismo, que se cubrió de un aura peronista, contestataria, y autónoma de cualquier intento de conducción remota, resucitando al candidato naranja como una opción de voto para el electorado no definido.

Enunció públicamente el mandatario salteño la necesidad y urgencia de un punto y aparte entre lo que fue y lo que vendrá. Un nuevo comienzo teniendo lo hecho en estos doce años como un cimiento en el cual sentar bases, y no como un ancla.

Invitó a transitar el camino ancho, el de las muchas posibilidades, el de las múltiples miradas y voces, el de la diversidad de ideas y pensamientos. Al expresar esto, se opuso explícitamente a los sectarismos divisores y los dogmas revanchistas establecidos por una líder sacralizada por sus fanatizados seguidores, y auto proclamada infalible.

Las intervenciones de Juan Manuel Urtubey no fueron parte de una estrategia pensada con fines electorales, sino manifestaciones genuinas de su personalidad política pluralista y abierta. Puso al servicio del binomio oficialista todo su prestigio, su credibilidad, su palabra, su carisma para atraer, su habilidad para convencer y su talento para negociar y comunicar.

Sin embargo, Daniel Scioli sucumbió ante el embrujo del inverosímil mundo kirchnerista, donde las derrotas son victorias, los rivales son enemigos, los adherentes son soldados y el estado nacional una propiedad privada. Así, retornó al estrecho sendero que le delimitan Zannini, La Cámpora y Cristina. Como dijera el ministro Florencio Randazzo, “los resultados están a la vista”.

Resulta una afrenta imperdonable que, por una orden dictada por la presidenta y motivada por la envidia y la intolerancia al brillo ajeno, Scioli haya dispuesto el silencio y el ostracismo del salteño, como si su presencia y su palabra perjudicaran las chances del bonaerense y la imagen del gobierno.

El Lunes, el gobernador Urtubey brindó un protocolar y desapasionado recibimiento al candidato Scioli en su visita a la provincia de Salta, muy lejos de los fervores y entregas que exigen los tiempos de campaña, y en lo que pareció ser un gesto de despedida cortés y sin rencores.