Ya había escuchado hablar varias veces acerca de don Jerónimo. Algunos vecinos y gente que lo conocía, sobre todo los mas jóvenes, decían que era un “overo”, un oportunista o ligador de arriba, ya que no había acto político donde don Jerónimo no estuviera presente y, para mayor indignación de sus “biógrafos”, aplaudiendo y vivando bulliciosamente a los oradores o candidatos, siempre sobresaliendo por su desenfrenado, aunque genuino, entusiasmo.

Era prácticamente una leyenda pintoresca entre las hinchadas de los diferentes partidos políticos, ya que todos lo conocían y todos le permitían que vivase y alentase a sus “pollos”,  incluso para provecho propio, por que don Jerónimo, solo, podía hacerse oír con la potencia de diez o quince de los mas veteranos y curtidos muchachos de tribuna, a pesar de sus setenta y tantos años encima. No pocas veces tuvo que preguntar, antes de ingresar al lugar del mitin, quién era el candidato que iba a hablar, para aprenderse el nombre y hasta intentar alguna rima propia para trasmitirle fuerza a su recién conocido “hombre de la esperanza”.

Quiso  la casualidad, el destino, los astros o vaya a saber qué factor favorable a mí, me encontrara con don Jerónimo en un acto político donde se lanzaba la candidatura de un hombre. Ocioso sería describir su alegría y el vigor con que festejaba cada una de las promesas, finamente adornadas y enérgicamente expresadas por el aspirante al cargo, como si fueran una realidad inmediata, como si no hubiera fuerza capaz de interrumpir la concreción de lo que se anunciaba. Los ojos de Don Jerónimo brillaban como si ya estuviera en ese futuro de pujanza, maravillándose con lo cumplido, enrojecido y vociferante de alabanzas justas hacia “El hombre”.

Poco a poco fui acercándome, y una vez finalizado el encuentro lo seguí hacia la salida y caminé junto a él como uno mas que se desconcentra. Transcurridas dos cuadras, le hice un comentario banal con respecto a las propuestas del candidato, solo para iniciar una conversación, y me respondió con una convicción y un dinamismo donde se mezclaban, casi fanáticamente, la fe en lo dicho por el orador y el rechazo a cualquier duda que yo pudiera tener con respecto a “el hombre”. No noté enojo en sus palabras, por lo que me aventuré a decirle que muchas de las promesas que acababa de oír tal vez jamás se cumplirían, que quizás solo eran palabras “opulentas” para oídos “hambrientos”, solo eso. Don Jerónimo me miró y, sin dejar de sonreír, me dijo:

Los jugadores suizos aprovecharon bien ese regalo, y se encargaron de dejar a todo un país testigo con serios problemas cardiovasculares. Tres llegadas al arco argentino que arrebataron el aire de los espectadores y uno en particular que nos llevó al límite del estrés.

Seguimos caminando en silencio algunas cuadras, hasta que cordialmente me saludó al llegar a una esquina donde él debía doblar. Antes de estrechar su mano, mientras me contenía para no abrazarlo, le pregunté si podía ir al próximo acto con él, a lo que me respondió:

– No sé dónde va a ser, ni quién va a hablar, pero va a ser un gusto tenerlo a mi lado alentando con todas sus fuerzas a la esperanza.