Un breve análisis de un país lleva dos siglos haciendo desastres con sus deudas.

A sólo 12 días del comienzo del Mundial de Fútbol, es interesante observar que en la Argentina cualquier hecho puede ser motivo de celebración nacional. Incluso el acuerdo con el Club de París para normalizar una de las deudas externas que arrastra el país adolescente. En las últimas 24 horas, los simpatizantes del kirchnerismo y muchos de sus adversarios vienen festejando el compromiso asumido por el Gobierno nacional. Los primeros porque lo ven como un logro y los últimos porque creen que la Casa Rosada terminó aceptando una postura de la que siempre había abjurado. ¿Suena a locura? Así parece, pero nadie podrá decir que el fenómeno sea sorprendente.

En su cuenta de twitter, el empresario kirchnerista Gerardo Ferreyra comparó la firma del acuerdo con el Club de París con el aniversario del Cordobazo, que ayer se conmemoraba. Ni una marcha callejera ni un acto in memoriam. La mejor manera de festejar que encontró el dueño de Electroingeniería fue el plan de cinco años para abonar 9.700 millones de dólares firmado por el ministro Axel Kicillof. En la misma sintonía pero con menos fantasía, elogiaron el acuerdo todas las asociaciones empresarias, Mauricio Macri, Sergio Massa y Ernesto Sanz, sólo para citar a algunos dirigentes que suelen tener posiciones diferentes a las de la Casa Rosada.

¿Se debe festejar el endeudamiento de un país? Nadie podrá discutir que reasumir los compromisos internacionales es un acto de responsabilidad institucional y es positivo que la Presidenta y el ministro de Economía hayan comenzado a trabajar en esa dirección. Pero, al igual que sucedió con el pago a Repsol por las acciones confiscadas de YPF, no nos apuremos a celebrar sin conocer a fondo las condiciones en las que nos embarcamos y que deberán afrontar generaciones futuras de gobernantes y gobernados. ¿Cómo se multiplicó por 10 la deuda con el Club de París en la última década? ¿Cuánto beneficio obtuvimos endeudándonos hasta el 2033 para reparar la bravuconada contra la española Repsol que duró poco más de un año?

La economía enseña que hay tiempo para endeudarse y tiempo para pagar deudas, y exponerse menos a la subas cíclicas de los intereses. Y la política enseña también que un país endeudado tiene una vida más tormentosa que aquellos que no tienen deudas o las tienen en muy bajo porcentaje de su producto nacional. Pero la Argentina lleva dos siglos haciendo desastres con sus deudas. Debe ser el historiador Norberto Galasso quien mejor explica los sinsabores de nuestra primera deuda: aquel empréstito con los ingleses de la Baring Brothers por un millón de libras esterlinas, de las que sólo llegaron al país la mitad porque el resto se fue entre emisiones dudosas, comisiones generosas y coimas que algunos argentinos embolsaron en el camino largo entre Londres y Buenos Aires. El gobierno de Bernardino Rivadavia la contrajo en 1824 para construir el puerto porteño y un par de obras de infraestructura en salud que jamás contaron con una libra de ese préstamo. La historia terminó 80 años después, cuando se terminó de abonar aquella cifra inicial multiplicada por ocho.

Las dictaduras, y sobre todo la última que apadrinó financieramente José Martínez de Hoz, fueron grandes generadoras de deuda externa en el contexto de hechos graves de corrupción acompañados por el sostén necesario de la violencia y la muerte. Y también abultaron en buena medida el endeudamiento de la Argentina las gestiones de Carlos Menem y Fernando De la Rúa, en procesos donde no faltaron la polémica ni las investigaciones por manejos fraudulentos en las negociaciones millonarias con los acreedores.

Néstor Kirchner fue un abanderado del desendeudamiento, que puso en marcha en 2006 cuando impulsó un desembolso del Banco Central por 10.000 millones de dólares para cancelar la deuda con el Fondo Monetario. Fue una decisión audaz, que alguno cuestionaron planteando que con intereses bajos era inoportuno pagar deuda, pero le sirvió para capitalizar políticamente la independencia del organismo auditor estigmatizado por sus decisiones equivocadas en la década anterior.

Claro que Kirchner le pagó al FMI cuando las reservas crecían. Y el reciente plan de pagos con el Club de París se lleva adelante cuando las reservas se desploman y los errores del Gobierno frenan las inversiones extranjeras y congelan la economía.

Ojalá Cristina, Axel y el resto de la funcionarios entiendan que la deuda externa no es una abstracción. Y que, mientras se pagan alegremente millones de dólares que se hubieran ahorrado si se actuaba con menos marketing y más eficacia, hay menos escuelas, menos hospitales, menos policías y más pobreza que se podría haber evitado. Honrar las deudas es un paso necesario para darle racionalidad a la economía. Pero transitar de nuevo el sendero de la sensatez está muy lejos de ser un hito que merezca el homenaje desafortunado de la euforia.

Fuente: El Cronista