Argentina se apresta a terminar un año político ajetreado, traumático y de profundos cambios, a los cuales la provincia de Salta no fue ajena. Con tres presidenciables fuertes en carrera, Daniel Scioli, Mauricio Macri y Sergio Massa, las pujas de cada uno de los aspirantes a la Casa Rosada por intentar mejorar el posicionamiento de sus respectivos aspirantes a cargos provinciales fue muchas veces despiadada, agresiva. En muchos casos, hasta desbordó los límites que exige y admite la convivencia democrática.

Inmersos en el caldeado clima nacional, y forzados a bailar al son del frenético ritmo que imperaba en el país, acá en Salta, en el norte profundo; Gustavo Sáenz llegó a las PASO con pocas posibilidades de ganarlas. Tenía que enfrentar a un candidato fuerte que contaba con el apoyo de Mauricio Macri.

Pocos, en ese momento, daban alguna chance de victoria al actual intendente capitalino, quien durante su campaña recorría los barrios salteños “ensuciándose las botas”. Merced a una exigua diferencia de votos, reflejo de la lucha palmo a palmo que fue la campaña, Sáenz se consagró como candidato a intendente por la capital.

Pero el camino hacia las generales provinciales no fue ni calmo ni menos batallado. En frente tenía el candidato puesto por el oficialismo y que contaba con todo el aparato publicitario del Frente para la Victoria.

A nivel nacional, los enconos, diferencias, acusaciones, operaciones, agresiones y suciedades políticas de todo tipo, que se sucedían entre los postulantes al sillón de Rivadavia amenazaban con instalarse en la campaña salteña vaciándola de propuestas y enunciado de programas de gobierno, para transformarla en una mera pulseada por el poder.

Finalmente, interpretando la expectativa de la ciudadanía salteña que escuchó a los candidatos explicar qué medidas concretas y viables desarrollarían una vez en el gobierno, la campaña se encaminó por el buen sendero de las propuestas. Sendero no exento totalmente de las tradicionales chicanas, pases de factura y declaraciones fuertes. Fue justamente en ese terreno, en el del hablar claro y franco, en el que Gustavo Sáenz comenzó a distanciarse y hacer la diferencia sobre sus rivales en la carrera a la intendencia, que finalmente ganaría.

Con un mensaje conciliador y aperturista, convocando a todos los salteños, pero a su vez condenando la corrupción, Sáenz fue proponiendo lo necesario pero a la vez factible. Obviando la demagogia que se apodera de los candidatos y los hace prometer lo que saben perfectamente que no podrán cumplir y, algo esencial y distintivo en él.

Sin apelar a posturas de un mesías salvador o político imprescindible sino presentándose como un hombre con ganas de hacer, con ilusiones colectivas, Sáenz fue posicionándose con proyectos inclusivos y novedosos, y con muchas ganas de escuchar a quienes en definitiva le darían la responsabilidad de ejercer el gobierno: los ciudadanos salteños.

Enfocado provechosamente en lo que falta hacer y cómo lo habría de a hacer, desairando a la vieja política de resaltar y machacar acusatoriamente sobre su antecesor y lo que no se hizo (aquello de la pesada herencia), manifestó un programa de gobierno abierto al pueblo, original y novedoso. En él se combinan equilibradamente lo urgente, lo importante, lo necesario, lo práctico y lo justo. Un programa que incorpora “inéditas” e inexcusables condiciones de trabajo para el ejecutivo municipal y sus funcionarios: transparencia extrema en los actos de gobierno; honestidad en el manejo de los fondos públicos; ejecutividad y eficiencia en cada área; austeridad en los gastos personales, y disponibilidad laboral absoluta.

Con todo esto, los salteños saben que participan de las decisiones. Que elegir un gobernante no es desentenderse de las responsabilidades y deberes ciudadanos y entregárselas a alguien para que haga y resuelva por nosotros, sino que la democracia implica el compromiso de todos, cada uno en su rol específico. Esto estaba concebido desde siempre, pero urgía que llegara alguien que no solo lo declamara, sino que nos invitara a practicarlo como la forma más espléndida, equitativa, eficaz y pura de la democracia.

Gustavo Sáenz nos invita a eso y a mucho más. Hasta donde seamos capaces, hasta donde nos animemos, y por eso es una buena noticia que resalta notablemente en el ajado diario de la política argentina.