por Gonzalo Rodríguez

Yo crecí en los tiempos en que el documento más sagrado que podía ostentar una persona era su palabra. La palabra limpia de una persona equivalía a tener crédito, a gozar de confianza, a ser respetado, a ser creído y creíble.

Y lo más maravilloso de esto es que esa palabra era extensiva, por que la buena palabra de nuestros padres actuaba como respaldo y garantía de quienes aun no teníamos palabra limpia propia; para los que todavía no habíamos asumido compromisos u obligaciones que nos dieran la posibilidad de hacernos de una palabra sólida personal: los hijos.

Y el que una persona tuviera palabra o fuera “un hombre de palabra” no era motivo de admiración para los demás, no. Por que eso era lo que lógicamente se esperaba tuviera una persona, como naturalmente debía ser un ciudadano cualquiera.

La palabra de una persona cabal cerraba tratos; comprometía sin ambigüedades ni letra chica; garantía lo prometido con una firma más fuerte que la sangre. Quien daba su palabra, dejaba su honra y buen nombre en custodia hasta el cumplimiento último e íntegro de lo pactado.

La palabra de un hombre lo precedía como un estandarte inmaculado, y lo presentaba preciadamente ante los demás. Le abría puertas; atraía propuestas de trabajo; consolidaba amistades para toda la vida, y hasta confirmaba matrimonios, por que un padre daba el beneplácito a su hija para casarse con un hombre de palabra, aun si este no tuviera posesiones, por que sabía que junto a él llevaría un vida digna, honorable y, con el solo tesoro de su palabra, con el tiempo conseguirían lo necesario y más para realizarse.

Pero el tiempo pasó, las cosas cambiaron, los valores mudaron, los patrones se distorsionaron, y otras excelencias nada honrosas han desplazado al superior y excelso capital que es la palabra de un hombre.

En esta actualidad envilecida en que nos toca existir, las condiciones que exaltan a una persona al rango de óptima, deseable de emular, admirable y requerida parecen ser muy otros.

Y hablando especialmente de la gente que integra el gobierno y los demás poderes, por que son los que mayormente afectan con sus acciones y decisiones las vidas de los ciudadanos, debo decir:

Los partidos, alianzas o lo que sea eligen como el candidato que los represente al que mejor engatuse, que mejor “actúe” sobre el escenario de campaña los “desafíos” que afrontará, las promesas que no cumplirá, y el magnífico mañana que nunca llegará.

Éste, una vez en el poder, nombrará ministros no a los más idóneos, sino a los más cómplices. A aquellos a quienes no deba aleccionar acerca de cómo se hacen las cosas en su gobierno; a aquellos que ya sepan hacia qué lado gira la rueda de la fortuna y ante quién debe detenerse; a aquellos que tengan conocimiento de la realidad, pero tengan la capacidad de novelarla beneficiosamente a su favor con fabulados datos y estadísticas.

Sujetos abominables que tienen la increíble desvergüenza de negar la pobreza y la indigencia, mientras coordinan la entrega de bolsines alimentarios, chapas, colchones, lonas, remeras, gorras, llaveros, calcomanías y vales a desesperadas multitudes que se apiñan a las puertas de los galpones de la “beneficencia gubernamental”, en una enloquecida búsqueda por alzarse con lo que logren atrapar, ya que carecen de todo.

Asesores que deberían recorrer la provincia detectando carencias, individualizando miserias, localizando penurias, ubicando sitios con necesidades, pero la única función que ejercitan es la de transeros políticos que se reúnen con los capataces municipales para coordinar la entrega de dádivas esporádicas con la que mantendrán contento y “fiel” al populacho votante, pero no tanta como para que se independicen. No vaya ser que se les dé por escuchar a otros candidatos.

Legisladores provinciales que deberían escuchar los reclamos y exigencias ciudadanas, y luego presentar proyectos que promuevan la inmediata acción del estado en satisfacción de esas demandas. Pero que se han convertido en entes bobos a conveniencia propia,  que apoltronados en sus señoriales bancas aprueban sin la más mínima observación todo aquello que envía el ejecutivo provincial. Y que a cambio reciben “ayudas”, “colaboraciones” y subsidios para los clubes de sus amores, para sus fundaciones humanitarias y caritativas, o para algún emprendimiento muy beneficioso para la sociedad que, casualmente, tiene sede constituida en el domicilio de sus esposas, hijos, cuñados, suegras, sobrinas, y hasta de ellos mismos en algunos casos.

Jueces y fiscales que ganarían fortunas si se dedicaran a ser nanas o babysitters, por que con un solo llamado del gobernador o alguno de sus poderosos aliados, son capaces de arropar y hacer dormir por años las causas más escandalosas que uno pueda concebir.

Que podrían hacer interpretaciones jurídicas tan falazmente fundamentadas, pero tan vehementemente expuestas y defendidas, que sus argumentaciones y fallos harían vacilar al mismísimo Vélez Sarsfield. Que podrían hacer que la víctima pidiese perdón a su victimario.

Diputados nacionales que no son un bloque, sino media docena más uno, por que el ejecutivo nacional o el presidente del bloque del Frente Para la Victoria ya ni siquiera se refiere a ellos como el bloque del Frente Cívico, o por sus nombres, sino que los cuenta como “los siete de Santiago”, con sus brazos siempre disponibles para dar aprobación, aun cuando lo propuesto sea eliminarlos a ellos mismos.

Representantes del pueblo a quienes solo les conocen la voz los mozos del recinto, por que solo abren la boca para pedir café o el diario.

Legisladores que no precisan pulir conocimientos ni lenguaje, sino ir a la manicura, por que en sesiones no necesitan mentes brillantes ni palabras adecuadas, ya que tan solo lucirán sus manos en alto, pulcras y cuidadas.

Dirigentes sociales y políticos que recorren los barrios pobres arreando familias enteras para cargarlas en camiones y colectivos y llevarlas a actos e inauguraciones de obras, para que le hagan sentir al gobernador “el calor de su pueblo”, “el amor de su gente”, “el agradecimiento de los humildes”, y para que por esa noche vuelvan a casa con algo en el estómago.

¿Y sabe una cosa, señor gobernador?. Usted va a seguir ganando elecciones. Pero los santiagueños merecemos justicia, no justificaciones. Merecemos que se terminen realmente la pobreza y la indigencia, no estadísticas de escritorio que lo afirmen. Merecemos asesores que le lleven a usted las inquietudes, no que les lleven mercadería a los capataces municipales. Merecemos legisladores que levanten la voz por el pueblo, no las manos por el Modelo. Merecemos dirigentes sociales y políticos  que lo lleven a usted a visitar a las familias de los barrios pobres y les prometa que todo va a estar mejor y que pondrá todo su empeño en ellos, no que les lleven las familias a usted para vitorearlo.

No necesita, señor gobernador, ponerse a buscar juristas, economistas, licenciados en asistencia social, graduados en ciencias políticas ni nada de eso, no. Solo necesita nombrar hombres y mujeres de palabra, como los de antes, que todavía los hay.

A las preciosas memorias de Royo Rodríguez de la Vega y Oscar Alberto Rezola: dos hombres que nacieron con palabra, vivieron con palabra, y partieron con palabra.