por Ernesto Losada

El oficialismo nacional, representado por el candidato Daniel Scioli en las elecciones presidenciales a llevarse a cabo en 10 días, estaría alcanzando, de acuerdo a lo que indican la mayoría de las encuestas, porcentajes oscilantes entre el 35 y el 40 por ciento de los votos.

Muchos interrogantes abren estos números que, resultan escasos si es que el kirchnerismo hizo en estos doce años todo lo que dice que hizo.

Pero a la vez resultan exagerados si es que el kirchnerismo hizo todo lo que la oposición denuncia que hizo.

Si Néstor y Cristina crearon millones de puestos de trabajo, recuperaron miles de fábricas, redujeron la pobreza y la indigencia, construyeron cientos de hospitales, miles de escuelas e innumerables viviendas, si mejoraron infinitamente los salarios y el poder adquisitivo, si lograron que los productos nacionales tomaran valor en el mundo, y miles de logros más que se atribuyen como grandes realizaciones, entonces ese 35-38 por ciento no refleja para nada la satisfacción del pueblo ni su deseo inequívoco de que esta senda continúe.

Por otro lado, si las cosas son como dice la oposición: que la corrupción está fuera de control, que creció la pobreza, que expandieron el narcotráfico, que inauguran obras fantasmas, que la inflación se come los sueldos, etc, ese mismo 35-38 por ciento resulta un premio inmerecido e ilógico.

Lo más razonable para tratar de entender esta situación en que, los votos oficialistas parecen pocos para lo mucho que supuestamente se hizo, o muchos para lo, supuestamente, poco que hicieron es situarnos en una posición intermedia.

Es decir. Los gobiernos kirchneristas hicieron mucho, de ahí que conserven un piso de votos muy promisorio, pero a la vez parece no haber sido suficiente; o lo que al principio fueron grandes conquistas se fueron desdibujando con el tiempo; o lo que se logró fue siendo opacado por la aparición de otras problemáticas a las que no dieron respuestas; o al error de anclarse empecinada y neciamente en políticas perjudiciales y erradas; o a la nada saludable decisión de dar continuidad y más poder a ciertos funcionarios a apesar del evidente desgaste que sufrieron con los años; o al estatismo mortal de plantarse en un conservadurismo ideológico que no admite novedades ni disensos.

Son muchas y diversas las factibles causales de este insuficiente 35-38 por ciento que hoy mantiene en la incertidumbre al Frente para La Victoria.

En este escenario, comenzaron a aparecer dirigentes jóvenes con visión, que se largaron a plantear públicamente la necesidad de aggiornar las formas y los modos del kirchnerismo; reconocer errores y proponer enmiendas; rectificar yerros y, fundamentalmente, operar un recambio dirigencial urgente en las filas K.

Todo esto con la finalidad de complementar con muy buenas medidas y políticas a futuro lo que se hizo bien, ya que comprendieron que lo hecho en estos doce años no tiene inercia suficiente para darles la victoria en primera vuelta.

Esta actitud de renovación y visión más amplia sería la llave que la joven dirigencia está segura será la que abra las puertas que mantiene a los votantes indecisos del otro lado, y la señal que esperan para decidirse a dar el paso y optar por Daniel Scioli.

Pero claro, no todo se agota en un buen plan y buenas intenciones. A este “movimiento” interno de jóvenes políticos avalados totalmente por Scioli, se le opone ferozmente la “vieja guardia pingüina”, que se retuerce espasmódicamente como posesa y lanza improperios descalificantes cada vez que escucha a estos dirigentes hablar de nuevos rumbos o plantear la necesidad de correcciones.

Y esto se debe a que a los kirchneristas “del rinón” ven desvanecerse, a grandes pasos, la idea de kirchnerismo o cristinismo que tanta “chapa” y privilegios les otorgó en estos años. A la vez que contemplan con horror que ya se presiente en el ambiente una transición del “viejo” kirchnerismo hacia el flamante sciolismo. Un tren que amenaza partir sin ellos si es que no se allanan a abordarlo como dirigentes rasos.