Por Francisco Galíndez

lomas

Recuerdo con cierta nostalgia allá por la década del 80 el fabuloso barrio Intersindical, situado en la zona sur de la capital de Salta. Fue el lugar en donde viví mi niñez y parte de mi adolescencia, un barrio de gente común, de vecinos copados que sacaban las mesas a la calle el 24 de diciembre a la noche para compartir el pan dulce y la sidra con veinte familias más que vivían en la misma cuadra. Un barrio de gente que organizaba fiestas de disfraces para los cumpleaños del piberío, barrio de nenes que en lo mejor de la siesta tocaban la puerta para venderte la famosa rifa del club que te prometía la ponderada “canasta familiar” y que nunca ganabas. Lindas épocas ochentosas, de bicicletas, gomeras, escondidas, pilladita y picadito de “fulbo” en medio de la calle. Puede que sea por mi congénito e incorregible problema de olvidarme las cosas (piedra angular de mis problemas maritales) o puede que en realidad haya sido exactamente así, pero no recuerdo que dentro del vocabulario habitual de la vecindad hayan existido términos como “barrio privado”, “urbanización cerrada”, “residencial” o “country”. Es indiscutible que tales lugares ya existían y desde hace mucho, pero ya sea por la comunidad a la que pertenecía o porque en ese momento era un nene hinchapelotas que se dedicaba más a jugar que a pensar en las diferencias de las clases sociales, nunca tuve en cuenta que había lugares ostentosos donde la elite económica, o como decía mi abuela (que en paz descanse), la “gente bien” vivía pomposamente con lujos, que no voy a disfrutar al menos en ésta vida.

Hoy ese tipo de lugares de ensueño son moneda corriente, no estoy de acuerdo dicho sea de paso, ya que llevo en la sangre un izquierdismo heredado que a muchos molesta pero que no lo pienso reprimir. Podría intentar explicar lo incorrecto e inmoral de la existencia de un “country privado” explayándome groseramente en el génesis del neoliberalismo de Hayek o en los Protocolos de los Sabios de Sión, pero el efecto de la lectura se tornaría insoportablemente aburrido y terminaría derrapando en la somnolencia. El tema es que más allá de de mi antónima postura con respecto a los espacios amplios, exclusivos, pintorescos, ostentosos, sumamente custodiados y que en la mitad de los casos se los utiliza como residencia transitoria para el fin de semana largo, el distinguido Country remarca sólidamente la diferencia entre el indigno proletariado y la exquisita aristocracia.

Pará che! no seas envidioso, el que vos no tengas un mango no significa que la “gente bien” tenga que vivir lo mismo, tienen derecho a gozar de su guita y gastarla como se le canten las pelotas, me dirían más de uno. Y tal cual, eso es indiscutible. Pero ¿qué pasa cuando la “gente bien” quiere mucho más de lo que tiene? ¿Cuándo el distinguido rancho del barrio privado “los Altos del Edén del Mismísimo Dios Celestial” no es suficiente? ¿Cuándo las interminables hectáreas de parquizado con piscina olímpica, quincho cerrado, cancha de tenis, de fútbol, de golf y de bádminton no terminan por saciar el incontrolable apetito de usufructo? ¿Qué pasa cuando ese selecto conjunto, elegante y feliz, con toda posibilidad y desenvoltura obtiene como sea más espacio del que necesita de forma irresponsable? Y digo irresponsable porque no lo puedo catalogar de otra forma, el sistema de mierda en el que estamos incluidos (?) le permite a un solo tipo comprar veinte propiedades cuando otros diecinueve no tienen como ni donde vivir. Bueno, es la ley de la vida, algunos tienen más, otros menos, y la mayoría no tiene un carajo. Y para cambiar eso haría falta que los norcoreanos se decidan de una vez por todas a desencadenar un holocausto nuclear que termine por dejar a no más de cien morochos en todo el planeta. De esa manera quizás, comenzando de cero y con la experiencia de tantos años de desigualdad, atropello, injusticia, indiferencia y egoísmo, la humanidad reconstruya un mundo más copado, con una visión equitativa y justa como pilar fundamental.

Alguien que no esté al tanto de las novedades salteñas tal vez se pregunte el por qué de la previa reflexión. Hace unos días saltó a la luz la indignante noticia de la preadjudiciación de las viviendas del Complejo Habitacional “Lomas de Medeiros”. Casas financiadas por el Estado que en teoría son destinadas a ciudadanos que no poseen propiedades inmuebles, y adjudicadas a funcionarios del gobierno de turno, amistades y familiares de dirigentes políticos y a personajes de los altos estratos sociales salteños (léase varios apellidos miembros del tradicional y exclusivo Club 20 de Febrero).

Como era de esperar, la noticia salió al aire en casi todos los medios informativos locales y además en las redes sociales. Tras las publicaciones no se hicieron esperar los penetrantes comentarios ad hoc y una fuerte campaña detractora, mucha gente indignadísima, muchas puteadas, mucha bronca e impotencia. Es sabido que las altas cúpulas del poder, ya sean gobernantes o grandes empresarios (hoy en día son exactamente lo mismo), nunca se caracterizaron por tener referencias y un historial intachable. Puede que me exceda al generalizar, por lo que voy a remitirme a la amplia mayoría exceptuando a dos o tres que de todas formas no conozco personalmente. Entonces no es que tengamos que sorprendernos con un acto más de cohecho o falta total de ética por parte de los mismos personajes de siempre, la bronca sobreviene porque es un hecho de injusticia con alevosía y desvergonzada impunidad. Oligarcas de primera línea, todos con casas y terrenos suficientes como para alojar a la totalidad de los refugiados de Croacia, son favorecidos con adjudicaciones y preadjudicaciones de viviendas que costea la provincia. No es de otra forma, no es que el dinero salió de los propios bolsillos beneficiados, ni son una cooperativa de terratenientes salteños desamparados que juntaron unos manguitos para comprar chapa y ladrillos.

Según las declaraciones del impávido gobernador Juan Manuel Urtubey, el complejo habitacional “Lomas de Medeiros” era parte de un “plan especial” destinado a un segmento socio económico de clase media que arrancó durante el gobierno de su antecesor, Juan Carlos “que hagan lo que quieran con los 25 adjudicatarios” Romero. Era de imaginar, luego del antiético y escandaloso negociado de compras de tierras de La Cienaga, usar fondos del estado y la provincia para la puesta en marcha de una obra habitacional destinada a un grupo selecto de familias amigas era tan trivial como pegar el chicle debajo del escritorio. Pero bueno, ya son adjudicatarios dentro del margen de la legalidad y ese hecho irreversible según Juanma. Pero ¿qué pasará con los otros 39 preadjudicados? Si bien recomendó a sus funcionarios y allegados frente a las cámaras que hagan un paso al costado con respecto a las adjudicaciones, para evitar el escrache, las acusaciones extorsivas y la contrapropaganda mafiosa (palabras textuales del gobernador) es de esperar que tal sugerencia nunca se tome en cuenta, ya que sin pruebas fehacientes de manipulación premeditada de los sorteos, las preadjudicaiones están dentro del marco legal, nunca ético, pero si legal.

En vez de tomar el toro por las astas y comenzar a repartir castigos y relevos cual héroe de la peli de acción que vimos veinte veces, Juanma se quedó muy tranquilo en su asiento, mientras Parodi y Alesanco no quitaban la mirada del escote de una periodista, defendió a rajatabla a sus funcionarios, culpó a Romero de las irregularidades, humedeció el gañote con un sorbo de Villa del Sur sin gas y chau, a otra cosa mariposa, adiós al emotivo discurso de política de austeridad y beneficios para el que menos tiene del Sr. Gobernador. Con elecciones a la vuelta de la esquina deja tras éste escándalo una imagen completamente deteriorada y contraproducente para la campaña. Mis felicitaciones a sus asesores Juan Manuel.

Por otro lado, el senador y ex gobernador Juan Carlos Romero y al mejor estilo Poncio Pilatos, se lavo las manos con jabón Lux de Aloe Vera para el cuidado de la piel. Se desentendió del quilombo habitacional ante los cuestionamientos de la prensa y refutó a su antagonista sobre los beneficiados durante su antigua gestión: “Si esos adjudicatarios no se lo merecen que los saquen, lo que a mí me parece injusto es que paguen 60 para tapar a 30 que son amigos suyos”. Bueno, bueno, bueno, como yo lo entiendo (y corríjanme si me equivoco o saco de contexto al intachable senador nacional) es injusto que sus amigos beneficiados con una adjudicación libertina paguen el pato por los amigos y funcionarios escrachados del gobernador Urtubey, asimismo adjudicados libertinamente, en pocas palabras: no seas buchón, báncatela solo, entre fantasmas no nos pisamos la sábana, etc. Mis felicitaciones a sus asesores también Juan Carlos.

Mientras tanto funcionarios y altas personalidades de la provincia se reparten casas cercanas al colegio de los pibes como naipes de poker, el resto de los mortales insignificantes debemos esperar las bodas de plata para tener una remota posibilidad de ser tocados por la mano de Dios y ser adjudicados con una vivienda medianamente digna. “Nadie dijo que la vida es justa” y es una realidad. Aquí y allá hay hechos de corrupción explícitos que nos desbordan y enfurecen cotidianamente hasta el colapso psiquiátrico, un insulto tras otro a nuestra inteligencia, una paliza tras otra a nuestros derechos y una meada tras otra sobre las leyes y la constitucionalidad. El nepotismo, el gentilismo, el favoritismo, la coima, la transa, la impunidad, el exceso, la autocracia son las privativas por excelencia de la política actual. No es casual que la gente cada vez crea menos en un dirigente por mas bondadoso que parezca. La pregunta del millón es: ¡¡¡ ¿Hasta cuándo?!!! Saludos desde el ocio cibernético.

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