por Ernesto Losada

Casi 12 años de estadísticas falseadas; índices alterados; denuncias por casos de corrupción que agonizan en la justicia o que tuvieron su punto final y definitivo por decisión de algún juez complaciente o en apuros; manipulación escandalosa de los planes sociales y las ayudas estatales con el fin de mantener cautivos a sus beneficiarios. Ocultamiento deliberado de la pobreza, marginación y olvido genocida hacia los pueblos originarios. Manipulación de la información y la historia, y cientos más de pequeños, medianos y grandes hechos y situaciones de características poco claras y nunca explicadas ni aclaradas convincentemente suscitaron en una porción bastante numerosa de la población votante un rechazo visceral a la continuidad del llamado modelo kirchnerista, y por ende al postulante a la presidencia en representación del oficialismo nacional.

Casi ninguna de las prácticas arriba expresadas es novedad en los gobiernos argentinos. Hasta arriesgaría que las hubo peores y más graves en períodos ajenos al kirchnerismo, pero por alguna razón han calado, repercutido y sido rechazadas y condenados con mayor fuerza y virulencia en estos últimos años.

Logros inmensos y de excelencia conseguidos durante los mandatos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, tales como la Asignación Universal por Hijo, jubilación de millones de argentinos, programas sociales, extraordinarios beneficios para las pequeñas y medianas empresas, préstamos para viviendas, etc,etc,etc, parecen no ser suficientes como para que el elector obvie lo desprolijo y premie el cúmulo de conquistas K con un masivo voto a Daniel Scioli.

¿Hay una mayor conciencia e involucramiento ciudadano en la política y sus manejos, y por consiguiente una terminante exigencia de honestidad total? ¿Ha decidido el ciudadano mandar a la tumba a la “histórica” y casi aceptada manera de gobernar, hacer política y gestionar, que tanto ha beneficiado a un puñado y arruinado a millones?. No lo sé.

A pesar de esto, el kirchnerismo mantiene una base de electores fieles que roza el 40%, aunque todo indica que ese porcentaje sería, más que una plataforma sólida con perspectivas de alza, la terraza de sus guarismos.

Por el otro lado, los votantes no adherentes al modelo nacional propuesto por el gobierno ni seducidos por el embrujo retórico revolucionario de la Presidenta Cristina Fernández, optaron por una diversidad de candidatos que, tal como demostraron los resultados de las PASO, individualmente alcanzan porcentajes de votación muy por debajo del candidato oficialista Daniel Scioli, pero que en conjunto lo superan ampliamente.

El consolidado voto kirchnerista, y la lejanía porcentual que refleja el resto de los aspirantes a la presidencia con respecto a los votos conseguidos por Daniel Scioli, parece haber despertado en el electorado no kirchnerista cierta desesperación, y un frenesí de especulaciones y análisis que nada tienen que ver con lo que realmente debería ocuparnos en las proximidades de una elección presidencial.

Hoy por hoy nadie estudia propuestas, ni de dónde provienen cada uno de los candidatos de la oposición, ni cuál fue su “escuela” política, ni sus antecedentes de gestión, ni se averigua acerca de su capacidad. Pareciera ser que el único ejercicio de análisis que ocupa a la Argentina opositora es el de leer encuestas y hacer cálculos acerca de cuál candidato tendría más chances de ganarle al oficialismo. Y estos ejercicios de análisis son complementados con sesudas especulaciones y “jugadas maestras”, en que arriesgan que si fulano se bajara, sus votos pasarían a mengano, por lo que sería conveniente que perengano se aliara con sutano, y todos juntos apoyaran a anteregano.

Massistas proponiendo que el macrismo se pliegue a su candidato; macristas reclamando que, por el bien y el futuro del país, el massismo baje a su aspirante y direccione a sus votantes hacia Macri; que si Stolbizer y De la Sota acordaran con… Esas son las estrategias para la victoria? ¿ese es el camino de grandeza que nos proponen?.

La calle dice que millones de argentinos decidieron que en octubre no elegirán presidente, sino que intentarán impedir que gane Daniel Scioli.

Y si llegasen a lograr eso lo festejarían como una gran victoria. Esto representa, ni más ni menos, una “estrategia” electoral suicida, ya que en el empecinamiento y el enceguecimiento por echar a uno, entregarían el poder a cualquier otro sin importar quién es, qué propone, qué rumbo tomaríamos, qué gente integraría su equipo de trabajo o cuáles son sus prioridades.

Ojalá este pensamiento generalizado de hoy sea algo pasajero, y los argentinos entendamos que debemos votar con conocimiento, sabiendo quién es nuestro candidato, qué hará, y teniendo una mediana certeza de cuál es su proyecto, porque si el voto es en contra de y no a favor de, perdemos todos.