El gobernador de la provincia, Juan Manuel Urtubey, acaba de cerrar un año realmente formidable en la que a su carrera política se refiere.

Más allá de los hechos estrictamente atinentes a lo provincial, donde logró ser electo una vez más y con ello el derecho a ejercer un tercer mandato al frente de la provincia, el gran salto de trascendencia lo dio a nivel nacional.

Consensuado e impulsado por el pleno sciolista para ser la imagen y la voz certera y avalada que comunicara las más delicadas decisiones futuras de un eventual gobierno nacional de Daniel Scioli, Urtubey encaró el desafió de anunciar las más sensibles medidas a implementar, ante una ciudadanía nada dispuesta a escuchar que le hablen de pagos a acreedores, de bajas en subsidios ni de ninguna otra disposición gubernamental que implicara más sacrificios a los abollados ánimos y a los constantemente exigidos bolsillos argentinos.

Sin embargo, la misión informativa llevada a cabo por el salteño, incluso en foros internacionales, lejos de encasillarlo como “el hombre de las malas noticias” o de las medidas amargas, lo catapultó al plano nacional como uno de los jóvenes políticos con discurso franco y directo, con visión realista, y como un vocero prescindente de los eufemismos demagógicos a la hora de plantear la realidad.

La franqueza de sus “diagnósticos” irritó su relación con el oficialismo nacional, reacio hasta la necedad para hacer autocrítica y reconocer errores, llegando a sufrir una manifiesta proscripción por parte de la mismísima presidenta Cristina Fernández y del reducido círculo presidencial más obsecuente, debiendo en consecuencia encarar las negociaciones para lograr beneficios y obras para la provincia en ambientes nacionales hostiles, y con funcionarios poco dispuestos a dar respuestas favorables a sus requerimientos.

No obstante las molestias que ocasionaron al anterior gobierno nacional el reconocimiento explícito por parte del primer mandatario salteño de ciertos gravísimos problemas provinciales irresueltos en materia social, de salud y vivienda, continuó exponiéndolos públicamente con la intención de hallar eco y recursos que le permitieran comenzar de una vez a dar remedio a estas problemáticas muchas veces ignoradas a nivel nación.

Algunas posturas “irreverentes” y “desafiantes” hacia el kirchnerismo en el poder, tal el reconocimiento de la desnutrición y el posterior trabajo conjunto con la Fundación Conin, del doctor Abel Albino. O su renuencia a acatar la rígida verticalidad cristinista y abogar fuertemente por un peronismo más abierto, renovado y democrático redundaron en represalias hacia su persona, pero que impactaron en los salteños ya que el costo fue, nada más y nada menos, el recorte de partidas dinerarias para la provincia y negación de obras de infraestructura.

Esta súbita exposición positiva le dio a Urtubey la oportunidad de disponer de espacios televisivos y radiales de importancia y alcance nacional donde explicitar sus ideas y proyectos regionales para el NOA argentino, expresar la necesidad de una renovación dirigencial peronista y la reconstrucción del Partido Justicialista, a la vez de fortalecer su imagen como un muy potable presidenciable para el año 2019.

Juan Manuel Urtubey concluyó el 2015 no solo como uno de los políticos más respetados y escuchados de su espacio, sino como el opositor más sensato y conciliador que halló el gobierno nacional de Mauricio Macri, quien dio variadas muestras de confiar plenamente en la opinión, el criterio y las aptitudes del gobernador salteño a la hora de concertar relaciones entre oficialismo y oposición.

El año que pasó maduró a Urtubey como el dirigente provincial y regional con actitud y liderazgo que perfiló durante bastante tiempo, y que a su vez le permitió ingresar definitivamente en el juego fuerte, el de la política nacional.