por Ernesto Losada

El gobernador salteño, Juan Manuel Urtubey, dialogó hoy por la mañana con el periodista Marcelo Longobardi. Ahí, confirmó una vez más sus excepcionales condiciones naturales de estadista, conductor y analista.

Desde el principio de la entrevista, el salteño enunció los por qué de su decisión de acompañar a Daniel Scioli y Carlos Zaninni en el camino a la segunda vuelta, pero nuevamente (y la democracia, el juego limpio y la sana política muy agradecidos por esto) se salió de los cánones que rigen esta campaña.

Y es que Urtubey propuso un candidato, Scioli, sin defenestrar al otro, Macri. Manifestó la conveniencia de seguir en este rumbo, pero sin apelar al terrorismo verbal de afirmar que la elección es entre el Frente para la Victoria o una implosión sangrienta con epidemias de despidos y catástrofes en dominó. Planteando un eventual triunfo del candidato de Cambiemos, Mauricio Macri, simplemente como la llegada al gobierno de políticas y propuestas distintas a lo que su espacio, el Frente para la Victoria, propone. No como un hecho escatológico y trágico para el país.

Políticas y medidas a las que habrá que adherir o rechazar de acuerdo a la conveniencia colectiva, nacional, y no plantarse negativamente por el solo hecho de que éstas provengan de un gobierno que no es el que proponían en campaña y que consideraba más apropiado para la Argentina.

“Yo creo que todo eso no sirve para nada. Cuando vos tenés un buen equipo y pensás que puede ganar no te preocupan los demás”, “El planteo sobre sí Macri es esto o lo otro me parece que es de bajo nivel y por lo menos yo no lo comparto” afirmó, diferenciándose del discurso de los popes porteños empeñados en campañas inmundas sin sustento, que pretenden angustiar a los trabajadores, a los jóvenes, a los ancianos y a cuantos estén pensando en elegir algo que no sea la continuidad.

Al pedírsele opinión sobre el triunfo de María Eugenia Vidal en la provincia de Buenos Aires dijo: “Eso sucedió porque la gente quiere ir para adelante. María Eugenia planteó una agenda mucho más moderna con un claro pedido de renovación política y si no lo escuchamos, la gente lo dice de esa manera”. Lejos de ensayar explicaciones anti éticas y resentidas tales como “A nuestro candidato le faltó apoyo partidario”, “Ganó porque nos confiamos”, “Perdimos por la campaña nefasta que hicieron Canal Trece y Lanata” o “La imagen de nuestro candidato no ayudaba”. En un gesto de justicia y honestidad, nada usual en la política vernácula, meritúa el trabajo de Vidal y su posterior logro.

Sin “aporteñarse” por su notoriedad y prestigio en ascenso, sino más regionalizado y norteño reclama para su región reparaciones históricas que se salden deudas inmemoriales, y que se termine esa visión paternalista de los gobiernos nacionales en que las obras y beneficios para las provincias del interior son tomados como generosos obsequios del poder central y no como lo que son, derechos.

Cada aparición de Urtubey provoca situaciones de desquicio que ya a esta altura parecen temas que solo la psiquiatría compleja podría explicar más o menos satisfactoriamente. Y es que a los minutos de hablar, el mandatario salteño es cuestionado desde su mismo espacio pero, insólitamente, quienes lo cuestionan, a la vez lo reivindican como un cuadro muy propio, muy valioso, y de exclusiva pertenencia al kirchnerismo. Nuestro, nuestro y nada más que nuestro repite el oficialismo nacional al referirse a la “oveja negra salteña”.

Otro tanto ocurre con la oposición. Intentan minimizarlo y limitarlo recurriendo a su pertenencia kirchnerista, pero a la vez manifiestan sus anhelos de contarlo en sus filas por ser un dirigente nuevo. Algunos ya lo están proponiendo para que este a cargo de la conducción del peronismo, en el caso de que Daniel Scioli no alcance la presidencia.

Juan Manuel Urtubey tiene asegurado, sea cual sea el resultado del balotaje, un lugar predominante y de liderazgo dentro del peronismo nacional y de la política en general. Su imagen está potenciada enormemente por ese valioso plus carismático de lograr comunión hasta con los aparentemente lejanos en pensamiento.