por Ernesto Losada

Las tragedias en la Argentina son, por desgracia, tan habituales que el alma no termina de sanar de una que ya nos sobreviene otra.

El sábado, en la localidad salteña de El Galpón, ubicada a 160 kilómetros de distancia de la capital salteña, fue sacudida por un sismo de 5.9° y produjo graves daños a viviendas, una escuela y otras construcciones. Dejando un lamentable saldo de varios heridos y de un muerto, Alberta Flores, una señora de 94 años.

Que los argentinos somos solidarios y nos hermanamos en las malas no caben dudas. Que los habitantes de El Galpón se habrán de reponer de éste golpe no es una primicia. Que lo derruido volverá a levantarse no es un hermoso deseo ni un anhelo, sino una certeza.

Pero en medio del miedo, la frustración, la desazón y la tristeza por lo ocurrido, en todas las tragedias lo que más duele es la indiferencia. La indiferencia de algunos gobernantes que consideran que el único rol que les cabe en este tipo de situaciones es el de asumir la distante actitud de “ocuparse” del problema ordenando enviar algunos colchones, frazadas, alimentos y ropa, junto a la “solidaridad del gobierno”. Pero eso no es suficiente ni es todo. Es lamentable, pero en Argentina sobran ejemplos de gobernantes de vacaciones, de viaje por el mundo o en recitales.

Por eso, alienta más ver llegar al gobernador a reconfortar y acompañar a los afectados, que ver llegar decenas de camiones con ayuda. Anima comprobar que para quienes tienen el deber de velar por sus ciudadanos, éstos no son solo nombres en un padrón ni votos para una elección, sino hombres y mujeres que sufren.

El sismo fue a las 8:33 y antes de las 10:30 el gobernador Juan Manuel Urtubey ya estaba en El Galpón llevando tranquilidad a los pobladores de esa pequeña localidad, coordinando los trabajos de asistencia que se pusieron en marcha. Desde El Bordo, Urtubey manifestó: “Hemos recorrido la zona, en el complejo municipal está apostada la asistencia necesaria. En cuanto a los servicios, el agua será restablecida en dos horas y la luz a las 18. En el hospital no hay heridos graves. Hay mucho temor en la gente pero la situación está controlada” aseguró Urtubey.

Quienes padecen un desastre podrán igualmente dormir en mantas desplegadas en algún lugar bajo techo, podrán alimentarse, podrán vestirse y podrán comenzar a pensar en la reconstrucción. Pero el hombre no es solo cuerpo que descansar, alimentar y vestir. El hombre es también ser que sufre, ama, busca consuelo y necesita palmadas de ánimo y comprensión.

Donde hay destrucción hay dolor, y es cuando urge más levantar el espíritu de los hombres y mujeres que levantar construcciones caídas. Porque esos hombres y esas mujeres enaltecidos son capaces de proezas insospechadas; porque al ser humano valorado en toda su dimensión no lo echa por tierra ninguna calamidad; porque para los hombres y mujeres honrados y respetados en su naturaleza humana las catástrofes son solo contingencias de la vida que hay que superar.

Siempre asistí a la impersonal y apática labor de “El Estado ayudando a los afectados”. Pero hoy he tenido el dichoso privilegio, como muchos, de ver al hombre acudir en auxilio del hombre, lo que a mi edad es un aliento de esperanza muy grande.