por Ernesto Losada

Ensoberbecido por vaya uno a saber qué datos, estudios, información o tal vez confiando en una estrategia diagramada por quién sabe, Daniel Scioli encaró el último tramo de la campaña, el vital, decisivo y furiosamente cristinizado.

Quizás creyó estar dando al electorado una imagen de firmeza e ímpetu, pero los argentinos leyeron otro mensaje muy distinto detrás de ese súbito cambio de actitud. Y así respondieron en las urnas.

Prematuramente triunfalista comenzó una campaña de denostación de rivales, desprecio y ataque a ciertos medios de comunicación, ninguneo del debate, descalificación de ideas y propuestas de sectores políticos rivales en las elecciones.

Para el ex moderado Scioli, los resultados de esta “transformación” no fueron más que lograr que se lo viera como una réplica de Cristina y por ende, asimilando el pensamiento de Carlos Zannini. Lo saludable hubiese sido mostrarse auténtico, personal y diferenciado de sus mentores.

El gobernador salteño, Juan Manuel Urtubey, incorporado a la campaña del FpV en forma activa, ensayó en solitario el rol de nexo entre el sciolismo y sectores empresariales, económicos y sociales recelosos no tanto del candidato Scioli, sino de Carlos Zaninni, quien jamás negó su función de fiscalizador ideológico. Amén de ser el autor teórico, y muchas veces ejecutor, del llamado Modelo, y cabeza pergeñadora del infame Relato.

Así, mientras algunos intentaban posiciones conciliadoras, que mostraran a un Daniel Scioli independiente y con estilo propio, el gobernador bonaerense se empecinaba en mimetizarse cada vez más con el cristinismo y su cerril intransigencia.

Poseso, en su discurso y su acción, por la intolerancia y la infalibilidad de quien a regañadientes lo bendijera como el candidato del proyecto, Cristina Fernández, Scioli achuró despiadamente a sus rivales. Algo que no solo alejó a los votantes que anhelan el cese de las agresiones y el fin de la llamada grieta, sino que además colocó al líder naranja en una posición de ofensor compulsivo. Casi sin posibilidades de diálogo con sus agraviados (Massa, Stolbizer, Rodríguez Saa), de quienes hoy necesita imperiosamente el apoyo.

El sciolismo-kirchnerismo transita por estos días carreteras nada apacibles ni auspiciosas. Hasta hay muchos que auguran que al final de ese camino hay un cartel que dice: Bienvenidos a la derrota.

De todos modos nada está dicho, porque si hay algo que la política argentina nos viene dando en abundancia son sorpresas. Habrá que ver si Daniel Scioli sintoniza el mensaje de ese 65 % de argentinos que le dijo no, o si continúa con su infructuosa cristinización.

De ser lo segundo, el peronismo deberá pensar en rescatar lo antes posible de la debacle a sus nuevos jóvenes dirigentes. Especialmente a Juan Manuel Urtubey que, al desaparecer por el efecto derrota toda la actual vieja dirigencia peronista, surge como el presidenciable más sólido y potable del justicialismo futuro.