por Ernesto Losada

Luego de la decepcionante performance que tuvo el oficialismo en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, los apoyos hacia el candidato kirchnerista Daniel Scioli y su coequiper de fórmula Carlos Zaninni cayeron tan estrepitosamente como los ánimos en La Rosada.

La exigua victoria lograda por el binomio oficialista, tan sólo dos puntos de diferencia con la fórmula opositora de Cambiemos, desató una feroz interna dentro del oficialismo. Abundaron las acusaciones de traición, de “piantavotismo” y de “pereza” a la hora de militar.

El fervor kirchnerista parece haberse desvanecido por completo, para dar paso a un interrogante que, desde la presidenta para abajo, inquieta al otrora maravilloso y soberbio mundo K: ¿Y ahora qué?.

No repuestos aún del bombazo inicial de haber cosechado una cantidad de votos apenas superior a la del candidato opositor Mauricio Macri. Sus cálculos decían que la diferencia sería superior a diez puntos o más . Hasta vislumbraban y se pavoneaban con una posible victoria en primera vuelta. Sin embago, tuvieron que asistir a la fiesta macrista que parece no tener fin e insinúa prolongarse más allá del 22 de noviembre.

La infinita algarabía macrista contrasta fatalmente con la profunda desazón kirchnerista. A nuestro entender, la “encuesta” más exacta que dice que el oficialismo no guarda ninguna esperanza de victoria para el balotaje.

Otro “sondeo” confiable que habla de las nulas chances de la fórmula Scioli-Zaninni para el balotaje, es el poco interés de muchos gobernadores, intendentes, funcionarios y dirigentes de peso, quienes no han mostrado hasta el momento la intención de difundir el mensaje kirchnerista o promocionar a la fórmula del Frente para la Victoria con el compromiso y la pasión con que lo hicieran para el 25 de octubre. En su lugar, y por la sola motivación de evitar ser vituperados y tildados de traidores desertores, han enviado a segundas y terceras líneas a militar, aunque con pocos recursos y nada de fervor.

El olfato político, más algunos números que manejan en la intimidad, les muestran a estos influyentes del interior del país un Scioli vencido por su propio entorno nacional, al que jamás terminó de convencer y del que nunca recibió el soporte necesario.

Hoy, todas las culpas por una anunciada derrota del kirchnerismo recaen sobre la figura de Scioli. Una actitud muy conveniente para explicar que el kirchnerismo no está muerto, que volverá en cuatro años, y que deberá dejar el poder, y tal vez desaparecer, en justo pago al tremendo error de haber puesto como candidato a la sucesión a un político que no era del riñón, que no tenía sangre pingüina.

Todo ha cambiado en el oficialismo por estos días. Ya no se discuten estrategias electorales, ni slogans, ni propuestas para atraer votantes. Hoy se discute quién heredará la conducción del Partido Justicialista. En la lista se apuntan firmemente Juan Manuel Urtubey y Sergio Massa, quiénes escalarán en reemplazo de los derrotados, quiénes serán los encargados de tomar la devaluada posta que entrega Cristina. En las filas K, muchos discuten la manera más decorosa, o menos indigna si se quiere, de congraciarse con el nuevo líder nacional que emerge: Mauricio Macri