por Ernesto Losada

Por fin.  Al cabo de algo más de una semana, los más rancios kirchneristas se atrevieron a salir, en manada organizada, a denostar las afirmaciones del gobernador Juan Manuel Urtubey con respecto a la posición de éste último de acordar con los holdouts.

Urtubey manifestó la necesidad de acordar con los holdouts debido a que, cerrar esta “historia” abriría para la Argentina la perspectiva de que inversores internacionales fuertes comiencen a tomar confianza y traigan a nuestro país capitales enormes, que se traducirían en empleos, robustez económica, consumo, y demás ventajas para el país, y fundamentalmente para los argentinos.

Jamás habló, ni siquiera insinuó, el gobernador salteño que su convicción de acordar con los holdouts implicara una “rendición” ante los buitres, o una bajada de pantalones, o una aceptación incondicional de las pautas que imponen nuestros usureros acreedores. No, nada de eso.

Acordar, para los que escuchamos despojados de “patrioterismos” cursis y proclamas setentistas descolocadas, significa sentarse y discutir, ambas partes involucradas, la manera de llegar a un acuerdo justo sin resignar soberanía ni ceder a extorsiones; significa destrabar de forma satisfactoria un conflicto que solo nos perjudica a nosotros.

Significa poner fin, con un costo justo y razonable, a un conflicto que nos mantiene atados e inmovilizados ante el mundo, y cuyas consecuencias no las paga un gobierno o un partido político, sino el conjunto de los argentinos.

Un indicio más que certero acerca de por dónde y cómo debemos interpretar esta repentina andanada de réplicas a las declaraciones de Urtubey, nos lo da el hecho de que las mismas no se hayan producido en las horas subsiguientes a la afirmación, sino inmediatamente después de que el primer mandatario salteño dijera, literalmente, “Hay gente del Gobierno que no admite que en dos meses deberán volver a sus casas”.

Lo que delata vergonzosamente que lo que enervó a ciertos integrantes del gobierno nacional no fue la supuesta intención futura de “arriar banderas”, resignar ideales o someterse ante los buitres (como ellos pretenden interpretar y hacernos creer) sino la certeza de que en diciembre, ciertos personajes deberán pasar a cuarteles de invierno. Y algunos, que integrarán un eventual gobierno de Daniel Scioli o ingresarán al Congreso o el Senado, no tendrán la injerencia ni el poder que hoy ostentan.

Queda claro que a estos tardíos “patriotas” no los mueve el amor a la patria, sino la preocupación por perder el poder. Que no reaccionan ante una hipotética e imaginaria capitulación ante la usura internacional, sino ante la desesperante realidad de que en un par de meses ya no serán nadie. Gane quien gane.