A pesar de conocer de antemano qué es lo que haría Mauricio Macri, en caso de acceder al poder, la mayoría le dio su voto y lo colocó en el sillón de Rivadavia. Todas sus medidas económicas, aun las más “crueles”, fueron preanunciadas por él o por su equipo de trabajo. No había sorpresas que esperar. Ni del lado de los que lo votaron ni del lado de los que no.

Entonces, ¿por qué ganó Macri?; ¿por qué aun después de implementadas las primeras medidas económicas (odiosas y arriesgadas) la mayoría de los argentinos continúa optimista?; ¿por qué no hay terror generalizado (alarmismo hay mucho) y sí cierto alivio?.

Ganó Macri porque fue sincero. Dijo lo que había que hacer, aun a riesgo de perder muchos votos y hasta la elección misma, porque de todos modos se hubiera visto forzado a hacerlo. Él o quien fuera que resultara electo. No había opciones ni caminos alternativos al que encaró el gobierno nacional actual. Lo que hoy Macri y su equipo llevan a cabo no es algo optado, sino impuesto por la situación.

Los argentinos sabíamos que las cosas no estaban tan bien como nos las pintaban, por lo que teníamos y tenemos conciencia de que las medidas que se toman no son solo necesarias, sino también urgentes. Y de allí la casi resignación con que recibimos las disposiciones económicas encaradas en estos días y sus factibles consecuencias colaterales.

A pesar de todo, si se pregunta, el argentino en general no ha perdido ni el optimismo ni la esperanza. La mayoría interpreta el proceso económico actual como el curso indefectible que debimos tomar para comenzar a sanar.

Y es que durante años vivimos anestesiados y distraídos con variedad de artificios económicos, sociales, ideológicos y dialécticos que nos mantuvieron ausentes de la realidad paralela que se desarrollaba mientras tanto.

Claro, por supuesto que es más cómodo vivir a “analgésicos” diarios posponiendo día tras día la “cirugía”, pero a la vez es una negligencia suicida, porque para cuando tomamos el valor de enfrentar la realidad del mal que nos queja, puede que ya esté dimensionado a niveles terminales.

Nadie sabe qué vendrá a continuación de las medidas aplicadas por el gobierno nacional. Muchos están convencidos de que serán tiempos necesariamente dolorosos, pero soportables en la esperanza de que ese es el costo del presente en pago por un futuro mejor.

Muchos otros son pesimistas y vaticinan abiertamente crisis, debacles, caídas, muchos males y grandes perjuicios, avizorando en lo actual ciertas similitudes con todo aquello que nos llevó a los funestos hechos del 2001.

A estos últimos quisiera repetirles lo que les digo en el titulo mismo de este artículo: “Nadie se baña dos veces en el mismo río”. Porque aun si el hombre más perverso del universo, acompañado de los hombres más ruines de la humanidad se propusieran reeditar diabólicamente aquel diciembre de 2001, no tendrían la menor posibilidad de éxito, por el hecho de que no existe un contexto internacional en ruinas; porque Argentina tiene problemas, pero no es un país reducido a escombros; porque si bien en estos años hubo cosas muy mal hechas, también hubo cosas bien hechas. Y más allá de la ausencia de estos factores fundamentales, a quienes supuestamente pretendieran otro 2001 les faltaría un elemento esencial, imprescindible: Un pueblo manso e ignorante, callado y sumiso, quebrado y de rodillas, y eso, en nuestro país ya no existe.

Nadie se baña dos veces en el mismo río, porque ni el río es el mismo, ni nosotros somos los mismos.