por Ernesto Losada

Los argentinos insistimos en hablar de que el 22 de noviembre será un día histórico, que se define el futuro, que se elige entre dos modelos de esto y de aquello, en que debemos impedir que ocurra tal cosa para que no se repita tal otra, o terminar con eso para que comience aquello.

En estas elecciones tuvimos campañas de miedo, de propuestas, de mentiras, de exageraciones, sucias, políticas, judiciales, mediáticas, agresivas, vacías, a los gritos, de jingles y, sobre todo, campañas de encuestas.

Las campañas de encuestas hoy son alienantes. No por ellas en sí mismas, sino por el efecto que producen en muchas personas. Hay personas que leen los resultados de las encuestas y se euforizan, se fanatizan y festejan. O se deprimen, se enojan y maldicen.

Reaccionan y se comportan como si esos datos hubiesen sido traídos por los consultores desde el futuro. Como si los hubiesen copiado de los diarios de la semana que viene, que aun no ocurrió.

A mí, personalmente, las encuestas no me dicen mucho. A lo sumo me dan una tenue y nada confiable impresión de lo que tal vez, a lo mejor, quizás, en una de esas, posiblemente ocurra, porque los argentinos nos hemos vuelto estrategas del voto. Lo meditamos, lo pensamos, lo estudiamos, lo calculamos, y no lo tiramos.

Antes de hacer una elección, no solo ponemos en la balanza de los méritos y los déficits las promesas y las concreciones, las mentiras y las verdades, las simpatías y los odios, sino que también agregamos el factor “ajedrez electoral”. El 25 de octubre quedó demostrado que ya no votamos arrastrados por ideologías heredadas o simpatías adquiridas, o viceversa. Poco parecen condicionarnos las dádivas y los aprietes, las “advertencias” y las profecías de caos.

Aún en este momento, cuando faltan tres semanas para el ballotaje, hay millones de argentinos trazando coordenadas, cavilando y haciendo cálculos acerca de en quién depositarán su voto, y asumen con seriedad que el entrecruzamiento de esas variables les puede arrojar como resultado que deberán renunciar al “voto del corazón” y ejercer el “voto de la razón”.

El 22 de noviembre, por primera vez en mi vida me voy a sentar a seguir el desarrollo de una elección sin tener la decepcionante sensación de que los números están puestos.

Hasta tengo el optimismo de creer que las encuestas muestran números honestos, lo que la gente contestó que votaría, pero que eso también es una jugada popular para crear un ambiente de previsibilidad y hecho consumado, y eso aumenta mi excitación por la incertidumbre y la sorpresa.

No me importa si el lunes compruebo que todo salió como vaticinaban los consultores hasta en las décimas, porque he prometido que igualmente voy a sorprenderme de pensar que el pueblo, con sana astucia, me hizo creer que las cosas no estaban dichas, cuando en realidad ya estaba todo decidido.

Si así ocurre, voy a reír maravillado por esa jugada del pueblo.

Primeras encuestas del Ballotage

ballotage Valladares

ballotageElypsis