El carisma para atraer, el poder de seducción y la habilidad para convencer que el candidato por el oficialismo, Daniel Scioli, desplegó a lo largo de la campaña parece haber alcanzado el cien por ciento de sus frutos en las pasadas primarias, cuando consiguió el 38,41 de los sufragios.

De allí en adelante, la tarea de sumar para intentar romper el ansiado 40 % y, a la vez, despegarse por 10 puntos o más del candidato por Cambiemos, Mauricio Macri, fue un camino emprendido con más tenacidad que inteligencia, o con más huevos que cabeza como dirían en las tribunas.

Y es que la resistencia que generan personajes como Carlos Zaninni, Áxel Kicillof, Julio De Vido y muchos otros “notables” del kirchnerismo transformó el último tramo de la campaña en un toma y traiga de votos, en que los votos que se sumaban venían a reemplazar a los votos que se fugaban.

La presencia de estos sujetos negativos en todo aspecto sugiere fuertemente que un eventual gobierno de Daniel Scioli sería una mera continuidad sin autonomía ni variantes. En síntesis, un gobierno de facto ejercido por Cristina Fernández desde El Calafate.

Es cierto que la figura de Scioli emerge mucho más conciliadora, abierta y menos fanatizada que la de la presidenta, y esto abre a muchos argentinos a la posibilidad de votarlo o por lo menos tenerlo en cuenta como una opción electoral. Pero al más somero análisis de su entorno, surge inmediatamente la duda de si votar a Scioli no será otra cosa más que empoderar a Zaninni como una extensión de Cristina, y esa sola duda hace desistir a los votantes que aun andan tras la definición de su voto.

Los aparatos provinciales de las gobernaciones afines al kirchnerismo han exprimido los padrones, por lo que de allí no van a salir más votos de los que ya salieron. Lo que queda de ahora en más es salir por el país a conseguir votos convenciendo y persuadiendo, una tarea que ya estuvo en manos del gobernador salteño Juan Manuel Urtubey con relativo éxito.

Y decimos con relativo éxito porque si bien consiguió acercar muchos votos al binomio Scioli-Zaninni, esto no alcanzó para compensar la tremenda “huída” de votantes que provocaron algunos kirchneristas recalcitrantes con actitudes y definiciones cerradamente sectoristas, pero si para evitar que el desastre fuera mayor y sin retorno.

Con este panorama a la vista, el camino del sciolismo-kirchnerismo hacia el 22 de noviembre deberá contemplar el silencio absoluto y anonimato total de personajes como Carlos Zaninni, Aníbal Fernández, Máximo y Alicia Kirchner, Oscar Parrilli y muchos otros, y exaltar y redoblar el protagonismo, la presencia y el trabajo de un referente fresco y efectivo como Juan Manuel Urtubey. No ya solo como vocero, sino además como garante de que una hipotética presidencia de Scioli será eso, la presidencia de Daniel Scioli, y no un decorado de utilería tras el cual ejerzan el poder La Cámpora, Cristina Kirchner o Máximo Kirchner.

Claro está que cargarle tamaña responsabilidad a un solo hombre, Urtubey, suena abrumador y excesivo. Pero si ya dio resultados…