Grotesco. Absurdo. El clientelismo en época electoral aburre. La carrera por los votos necesarios para acceder a algún cargo ya no presenta ninguna estrategia novedosa. Atrás quedaron los políticos que se ensuciaban los zapatos con barro.

Días antes de las elecciones aparecerán camionetas con chapas, bolsones, colchones, camas que serán repartidos entre los más carenciados. También habrán punteros políticos y hasta los mismos funcionarios públicos que darán dinero o un bono a cobrar si es que se gana. Subsidios, sorteos de autos, cambios masivos de domicilio, trámites exprés de DNI, son algunas de las estrategias que la política utilizará para conseguir votos.

Total, los que se verán beneficiados son los pobres y renovarles, cada cuatro años algo de sus casas, darles un poco de comida o tirales 200 pesos, es lo más generoso que pueden hacer. Pero en esas camionetas o en esos bonos no aparecerán propuestas reales o soluciones finales a sus problemas. Solo medidas coyunturales de engaño.

Pero la carrera por un voto no termina el día de la veda electoral (prohibición de realizar actos públicos de proselitismo y publicar y difundir encuestas y sondeos preelectorales), sino que se extiende hasta minutos antes de finalizar las elecciones. Esas diez horas que duran los comicios, serán las últimas en las que los candidatos tratarán de juntar los últimos votos posibles.

Desde lo más bajo hasta lo más alto. Concejales, diputados provinciales, nacionales, intendentes, gobernadores y presidente. Los partidos oficialistas y opositores llegarán a un momento crítico. Cada uno tratará de demostrar quien es el rey de cuadra en esta contienda electoral. La ambición por un cargo llega a ser tan grande que no importa lo que se gaste. Para presentarse a una candidatura básicamente se necesita mucha plata. Billetera mata carisma. Durante estos años, la maquinaria para conseguir un voto se fue aceitando. Se fue creando un sistema de financiamiento con los fondos del Estado en los que el partido oficialista financia su campaña con el dinero de los contribuyentes. Algo obsceno.

En un asado con amigos, un dirigente gremialista, en absoluta confianza, me dijo: ¿vos te pensás que a un gobernador le importan los las comunidades perdidas que existen en el Chacho salteño? Antes de que pueda emitir alguna respuesta, el mismo contestó su pregunta. Fue un no rotundo. Me explicó que los votos están en las grandes ciudades, en las grandes urbes y ahí es donde apuntan. “Con ganar en los lugares, en los que hay más población ya está. Solo eso importa”, sentenció.

Lo paradójico de esta historia es que lo mismo me dijo una vecina del barrio Las Colinas, una de las barriadas más pobres de la ciudad de Salta. ¿Usted piensa que le importamos al intendente, a los diputados provinciales o a los concejales de la ciudad que vienen a visitarnos justo antes de las elecciones?, me preguntó enojada la vecina. Al ver su casa y las del barrio, que no tiene agua de red, luz eléctrica, ni cloacas y muchas de ellas están con puertas y paredes precarias, no tuve necesidad de responder su pregunta. En todos los casos, la respuesta siempre fue no.