La profusión, insistencia y cínica convicción con que el kirchnerismo se empeñó en difundir e intentar instalar su relato épico de grandes conquistas, inmensos logros y maravillosas y justas reparaciones históricas, se licua naturalmente por acción de la realidad que no admite dibujos ni versos.

Desmembrado el descomunal y costosísimo aparato mediático, creado y sostenido con exuberantes fondos estatales, encomendado a intentar arraigar en los argentinos la idea de opulencia, de satisfacción social y de ausencia de problemas mayores, lo poco de aquel relato que pudiera haber prendido en los argentinos se diluye velozmente y deja un tras telón de pos guerra.

No quedó nadie a defender ni jugarse por aquel índice de pobreza “por debajo del 5%”, ni por aquel “pleno empleo”, ni por aquella inflación oficial del 12%, ni por aquellas comidas a solo $6 diarios, ni por aquellas muertes por desnutrición que “eran casos aislados”, ni por las provincias y municipios equilibrados y desendeudados, ni por las  “democratizaciones” de organismos, instituciones y hasta poderes del estado. Solo una decena de periodistas nostálgicos de la pauta a discreción, comunican desde medios al borde de la quiebra los tropiezos y desatinos del actual gobierno nacional, como si la Argentina hubiese sido fundada el 10 de diciembre de 2015, y no arrastrara una larga y penosa historia de postergaciones, corrupción, malversación y despilfarro.

A decir verdad, sí queda alguien que aun tiene el descaro de añorar ese “paraíso perdido” que comenzó a ser demolido en diciembre del año pasado. Pero claro, lo hace a miles de kilómetros, ante otro auditorio, en Ecuador.

Como si todavía viviésemos en la era del telégrafo, y ninguno de los de allá pudiera enterarse de lo que pasó aquí y viceversa, se presenta como una patriota incomprendida a quien le costó sangre, salud y vida hacer de la Argentina una nación pujante, orgullosa, en marcha y ejemplo para el mundo, les relató a los ecuatorianos cómo todo lo que ella había levantado en 8 años, el gobierno argentino actual lo destruyó en apenas 10 meses.

Nos pinta a los argentinos como una nación de esclavos y sometidos que mansamente nos dejamos despojar de todo lo maravilloso que ella nos supo conseguir. Prácticamente define a la Argentina como un país de imbéciles que se empeñan en sufrir, y por ello eligen cambiar el todo por el nada, la abundancia por la escasez, la holgura por la estrechez, la paz por la angustia.

Y es que para ella, los ecuatorianos también son unos idiotas cavernícolas incapaces de “guglear” qué pasa en nuestro país, y por eso piensa que no deben tener idea de la existencia de José Lopez y sus millones de dólares, de Ricardo Jaime, de De Vido y sus barcos fantasmas, de las cajas de seguridad de Florencia, de Boudou y su Ciccone, de Lázaro Báez y sus miles de propiedades y sus cientos de miles de hectáreas, del fallecido ex secretario Daniel Muñoz y sus inversiones por decenas de millones de dólares en EE.UU, de Sueños Compartidos, del pacto con Irán, de Justicia Legítima, de Cristóbal López y sus evasiones millonarias, de Aníbal Fernández, De Sergio Szpolzki, de Milani, del “Caballo” Suárez, Carbone, Abbona.

Cada vez que ella rememora soberbia alguna fantasiosa conquista de su administración, obliga al mundo a refutarla contrastando lo que dijo con la realidad, que casi nunca la favorece. Así, es ella misma la que va podando el relato, y en esa poda van cayendo en sospecha y descrédito hasta las cosas muy buenas que tuvo su gobierno.

Hay tiempos para el silencio, y tiempos para la palabra. Hay tiempos para la humildad  y tiempos para la soberbia. Tiempos para la exposición y tiempos para el recogimiento. Y ella parece no entender o acatar estos tiempos, por lo que vive en una constante y obstinada ofensiva, cuyas réplicas la destrozan impiadosamente.