por Ernesto Losada

A muchos argentinos la corrupción, la injusticia y el juego sucio se les hicieron carne. Ya nada los asombra, ya nada los indigna más de allá de los quince minutos iniciales en que atinan a postear algunas puteadas en las redes y luego a otra cosa. A seguir ausentes de toda responsabilidad y compromiso.

Otros van un poquito más allá, y se pliegan a algunas protestas, marchan exigiendo justicia, o se organizan para intentar conseguir por sus propios medios lo que el Estado les niega o aquello en lo que no fueron oídos. Pero estos son una minoría que, con su interesante y encomiable afán de iniciativa y actividad, no llegan a compensar la inacción y la abulia de muchos millones, por lo que los resultados que consiguen apenas sí logran hacer la diferencia.

Se vienen las elecciones presidenciales y muchos de los que representan al oficialismo nacional, que pregona que se hizo mucho pero falta hacer más, están denunciados, imputados, procesados o sospechados de una variedad de delitos que sería tedioso enumerar o recordar. Todo lo explican como operaciones desestabilizadoras, maniobras destituyentes, etc.

Los que se presentan como el cambio, lo nuevo, lo fresco en la política, no terminan de ensayar un intento por explicar alguna irregularidad grave que se le descubre a alguno de sus integrantes, que ya le están saltando dos ilícitos más graves que en los días subsiguientes pretenderán justificar, minimizar o hacer la plancha hasta que las aguas se aquieten un poco. Siempre con el latiguillo de que es un caso aislado y que el involucrado se pondrá a disposición de la justicia y, como no podía ser de otra manera planteando su sorpresa-sospecha de que estos casos sean justamente descubiertos en las proximidades de una elección en la que ellos compiten y marchan con posibilidades, y que los mismos sean usados en su contra.

Hay verdad en ambos lados. Muchas de las denuncias buscan sacudir los cimientos del gobierno nacional o a sus candidatos; muchas gozan del rango de operación por la insistencia con que son mostradas, mencionadas, agravadas y hasta amplificadas en ciertos medios que no ocultan su animosidad hacia el gobierno.

Por el otro lado, es verdad que es sospechoso que estos casos, todos juntos, vean la luz en cercanía de una elección presidencial, y que tengan la atención permanente de todos los medios que manifiestan su simpatía para con el gobierno nacional.

Pero en ambos casos la única verdad que debería interesarnos es que los ilícitos ocurrieron, se cometieron, hubo perpetradores y cómplices.

No importa si fueron hoy, ayer, hace dos años o hace cinco. Ocurrieron.

Y si estos ilícitos ocurrieron, no importa cuándo, es que alguien los propuso, otros los aceptaron y dieron su visto bueno, y otros los apañaron.

En ninguno de los casos el corrupto de afuera engañó a los funcionarios en solitario y se ganó todas las licitaciones. En ninguno de los casos hubo ingenuidad de las autoridades; en ninguno de los casos se dio que hubo una habilidad delictiva superlativa que les permitió a algunos delincuentes vulnerar todos los controles estatales, burlar a los funcionarios del área y alzarse con millones ilícitamente. Nunca. Siempre hubo autores, facilitadores, cómplices y “cortos de vista”. Y eso lo saben ellos y lo sabemos nosotros.

Ellos, ambos espacios políticos, son claramente cómplices, ya que nunca nos enteraríamos de sus respectivas suciedades y defraudaciones sino fuera porque se las tiran como misiles apestosos de corrupción unos días antes de las elecciones. Nunca nos advierten ni denuncian que los otros están robando sino es hasta que se acerca un comicio.

Y eso no es buscar la verdad, combatir la corrupción ni proteger a los argentinos de los políticos depredadores, sino simplemente enmierdarse mutuamente en la búsqueda de rédito propio.

Pero lo más insólito de esto es que los argentinos parecemos cómplices estúpidos de los mismos que nos roban y se nos ríen. Porque aun sabiendo todo esto, reafirmamos nuestras intenciones de votar, mayoritariamente, a esos mismos de quienes sabemos todas sus fechorías, estafas e ilegalidades. Y no porque desde sus mismos espacios los hayan denunciado y expulsado para sanear la democracia, sino porque hay elecciones y es el tiempo en que se revolean mutuamente miserias ajenas.

No es novedad que en la Argentina es más factible ver a un empresario pagar sueldos justos a sus empleados, que ver preso a un corrupto.

Las causas por corrupción se pierden en laberintos judiciales interminables, para fenecer olvidados en el cajón de algún juez tan o más corrupto que aquellos a los que debe juzgar.

Por eso, si a los políticos y a la justicia ya les dimos tantas, pero tantas chances de redimirse y cada vez nos defraudan, entonces va siendo hora de que los argentinos volvamos a asombrarnos como los justos, volvamos a indignarnos como los engañados, volvamos a castigar como un juez inapelable.

Es hora de que comiencen a quedarse solos; es hora de que no todo nos resulte lo mismo; es hora de que justifiquen sus acciones y sino pueden, que se vayan: es hora de que el voto vuelva a ser un premio.