por Ernesto Losada

Inmensos fueron los esfuerzos de Daniel Scioli y su equipo durante mucho tiempo para intentar dar una imagen diferenciada de lo que realmente son los kirchneristas.

Durante los años en que el candidato bonaerense se mantuvo ajeno a la estructura dura del kirchnerismo (léase: fue ignorado por no ser considerado pingüino pura sangre y por dar imagen de tibio), es decir, la estructura dirigencial, como la mediática, como la sindical, como la empresarial y como la militante, su caudal de votos se mantuvo estable y hasta con pronósticos de ascenso.

Fuera de carrera Florencio Randazzo, el real candidato de Cristina, estas estructuras volcaron su apoyo a Daniel Scioli, obviamente movidos por un deleznable interés de conservar los privilegios e intentar estirar la “buena racha” prendidos al saco de Scioli. Y así fue que comenzaron una falsa sciolización en todos sus aspectos.

El panfletario y partidario programa de tv 678, que lo definiera como “el candidato de Magnetto y los fondos buitres”, lo invitó a sus estudios por primera vez en seis años. Y allí arrancó un “romance” de elogios más falsos que los índices de pobreza del Indec. Lo mismo ocurrió con otros programas de la misma catadura como ser Televisión Registrada y Duro de domar. Trocaron diametralmente su línea editorial para, en su “nueva” etapa, magnificar la figura, la gestión y la personalidad de Scioli, en la misma medida en que ensuciaban, muchas veces con infundios, al resto de los candidatos.

El inefable Luis D’Elía salió a pedir el voto para la fórmula ñato-maoísta con la misma energía con que durante años defenestró a sus dos integrantes. A uno acusándolo de nefasto monje negro y al otro de menemista reciclado inepto.

Horacio Verbitsky, el ministro sin cartera, el gran operador de las causas sucias, aportó toda su mugre y su saña “a favor” de la fórmula oficialista. Denostaba casi diariamente a Mauricio Macri, llegando al culmen de vislumbrar una personalidad pedófila en el candidato amarillo, exponiendo como prueba “irrefutable y evidente” un spot publicitario donde Macri abrazaba y besaba a una niña, a su parecer, con “sospechosa efusividad y cariño”.

Roberto Navarro, el mismo que, mientras Randazzo permanecía en carrera, nos advertía de los peligros de elegir a Scioli, nos alertaba de su afinidad con el Grupo Clarín, nos abría los ojos recordándonos su pasado menemista, y su poca compenetración con la causa nacional y popular, se calzó la remera naranja sin ninguna vergüenza y se puso en campaña total, con programas de televisión completos narrando y enumerándonos (nunca mostrando) los maravillosos avances logrados por la gestión Scioli en la provincia de Buenos Aires.

Víctor Hugo Morales, el proletario de avenida del Libertador, el que nos contó que en las villas se viven dignamente; el que nos pide que apostemos al peso cuando tiene sus contratos en dólares; el que dice amar a Argentina pero veranea en Europa y allí deja sus Euros; que despotrica y maldice contra “el imperio yanqui” que quiere desestabilizar las soberanas naciones latinoamericanas, pero tres o cuatro veces por año viaja a ese “diabólico” país para desestresarse paseando por Nueva York, Washington y Los Ángeles, fue otro de los que salió a pedir el voto para Scioli, para que los argentinos sigamos teniendo dignidad y comencemos a transitar la senda del desarrollo.

Yasky, Caló, Viviani y otros que durante años entregaron atados de pies y manos a los trabajadores al aceptar y aplaudir subas salariales que ni siquiera lograban que sus afiliados le empataran a la inflación, salían a decir que Scioli garantizaba los logros conseguidos.

Gildo Insfran, Jorge Capitanich, Jorge Alperovich, Jorge Manzur, Beder Herrera, Maurice Closs, Eduardo Fellner, Aníbal Fernandez nos horrorizaban advirtiéndonos de que, en caso de no triunfar Scioli, el hambre, la desnutrición, el desempleo, el poder concentrado en unos pocos y la desigualdad en que unos pocos eran muy ricos mientras millones subsistían volverían a estar presentes en la Argentina. A la vez que se terminaría la justa distribución de la riqueza, el pleno empleo, el respeto a los derechos humanos, la división de poderes, la salud, la educación de calidad.

Con estos apoyos, no cabía esperar otro resultado que el que se dio el domingo 22 de octubre: 65 % de los argentinos diciéndole NO.

La economía argentina no está en ruinas; no estamos al filo de una guerra civil; en estos años se han logrado grandes cosas; muchísimos argentinos mejoraron sustancialmente sus vidas, por lo que debemos deducir que ese 65 % de NO viene por otro lado. Y viene, pienso yo, por el lado de que el votante quiere mucho más que comer todos los días o poder pagar sus deudas a fin de mes.

Y Scioli debió haber leído ese mensaje hace meses, cuando la gente le dijo no a Florencio Randazzo que proponía una continuidad sin cortes ni modificaciones. Sin embargo, optó por cristinizarse y terminó pagando el mismo precio que Randazzo, porque a la gente le horroriza que le prometan continuidad, cuando esa continuidad implica la permanencia de parásitos costosos y muy nocivos como los arriba mencionados. Zánganos que solo ponen el hombro para la saña, el vituperio y la división. Malos bichos que anidan al cobijo de cualquier gobierno y pudren la convivencia. Prostitutos del pensamiento, la política y la democracia que danzan desnudos de toda dignidad y honor alrededor de quien tiene la chequera, o de quien tiene posibilidades de heredarla. Cortesanos indecentes con cerebros y lenguas al mejor postor.

Tal vez ya sea tarde para que Scioli se entere de cuál fue su error; o quizás siempre lo supo y no quiso hacer nada al respecto.

De todos modos, el pueblo ya se lo hizo saber en las urnas. Y si no estuvo ni está dispuesto a corregirlo, será el pueblo quien lo hará por la misma vía: las urnas.