por Ernesto Losada

La agria “victoria” del oficialismo nacional en primera vuelta de las presidenciales del 22 de octubre dejó a su paso un tendal de muertos políticos, de rencorosos que sospechan traiciones internas y de “precavidos” que sigilosamente y silbando bajito van abandonando el proyecto, guardándose para tiempos electorales más venturosos.

Barones del conurbano bonaerense destronados, que han quedado sin ningún aliciente para salir a pedir el voto entre vecinos que tan solo hace unos días les dieron la espalda y les negaron el voto, representan las deserciones más fuertes que sufre el kirchnerismo en la campaña hacia el ballotaje.

Estos patrones de la provincia de Buenos Aires eran los que aseguraban pisos electorales que prácticamente sellaban la suerte de las elecciones presidenciales, o que las revertían en caso de que los guarismos en el resto del país hubieran sido adversos. Nada de eso existe hoy. La euforia es solo macrista.

Anibalistas, seguros de que el sciolismo bajó línea de cortar boleta en la provincia de Buenos Aires, dicen aprestarse a ser meros espectadores en lo que queda de aquí al 22 de noviembre. Tienen la certeza de que el sciolismo buscó (y lo consiguió) sacarse de encima a Aníbal Fernández, para poder gobernar sin presiones ni comisariatos provenientes de la gobernación bonaerense.

Punteros peronistas desconcertados que vagan por la provincia de Buenos Aires huérfanos de conducción y directrices, y que para mayor desánimo ven a la militancia vidalista recorrer triunfalista y sonriente la provincia, incorporando nuevos votantes a cada paso.

Kirchneristas de la primera hora, de esos que “procerizan” a Néstor y Cristina, pergeñan una campaña de brazos caídos en represalia a los planes del líder naranja de comenzar a mostrarse nada dependiente de casa Rosada y con lineamientos e ideas propias y a estrenar. Aquí, la militancia ultra kirchnerista acordó trabajar a reglamento, a media máquina, cuestión que una hipotética derrota de la fórmula oficialista sea completamente atribuible a Daniel Scioli.

Y es más, dejar sentado el mensaje de que sin ellos es imposible triunfar. Que son imprescindibles, y que tarde o temprano el abandono se paga caro.

Gobernadores e intendentes previsores que, si bien públicamente apoyan a la fórmula Scioli-Zannini, han bajado notablemente el nivel de agresión verbal hacia el candidato de Cambiemos, y por lo bajo adoctrinan a sus votantes para que balanceen los votos y a la hora de los resultados distritales las diferencias entre fórmula y fórmula sea de apenas un par de puntos. Esta estrategia tendría por objetivo que, en caso de un muy factible triunfo de Mauricio Macri, estos gobernadores e intendentes no queden con el estigma político de haber dado la vida, de haber movilizado todo su aparato a favor del perdedor, sino presentarse como que la figura y el proyecto de Macri no les era totalmente desagradable y en consecuencia decidieron apostar a ambos proyectos.

Y por último, una presidenta que ya ni siquiera lo nombra en sus apariciones públicas. Una presidenta mitómana y ególatra que parece haber decidido irse con la dulce nostalgia de aquel lejano 54 %, con las maravillas del relato, con las vivas y hurras de sus fanáticos, y no con este mediocre 37 % del que ella es factor fundamental aunque se presente como ajena a ello.

En síntesis. El camino a La Rosada, que para Scioli inició como un paseo, se transformó en un Dakar terrible, y con un equipo de apoyo cada vez más reducido.