El Otro País
Opinión

Lucía, la piba de 16

El pasado sábado 8, dos hombres, y digo hombres porque así describieron los medios a los responsables, violaron y mataron de manera grotesca a Lucía Pérez, una piba de 16.

Una piba más, víctima del arrebato y la embestida de dos bestias sin alma. Una piba más, que ya no compartirá una cena de egresados, que ya no proyectará sus anhelos en estudios o trabajos, que ya no se pondrá de novia, o tendrá hijos, ni nietos ni nada.

Es solo una más, un mero número para las estadísticas que se publican en un diario matutino y que alguien lee de casualidad, sin mucho interés, antes de pasar al horóscopo de la semana.

Una más, una de cientos que son golpeadas, ultrajadas, violadas y asesinadas. Desconocida para todos, excepto sus familiares y allegados, que hoy la lloran con un dolor que no tiene nombre.

Quizás Lucía, la piba de 16, estaba siendo quebrantada en el mismo momento en que más de 70.000 mujeres se manifestaban en contra de lo que ella estaba viviendo, hasta que dejó de vivir.

Quizás Lucía, la piba de 16, estaba inconsciente mientras recibía las arremetidas bestiales de los perpetradores, o quizás tenía la lucidez suficiente como para preguntarse si ella merecía ese destino. ¿Por qué? ¿Por ser mujer? ¿Por ser bonita? ¿Por usar minifalda? ¿Por fumar marihuana? de todas formas, nunca lo sabremos.

El día domingo Lucía ya no estaba, solo quedó la devastación en el alma de sus padres. Las noticias sobre el crimen de Lucía no se hicieron esperar, sin embargo el repudio que leí, vi y escuché fue por incidentes en la marcha de mujeres, por paredes pintadas y pibas encapuchadas con las tetas al aire, algunas de 16, como Lucía.

Ahora Lucía no es Lucía, ahora es una cifra que forma parte de un índice macabro, es parte de una realidad invisible para una sociedad igualmente macabra, por ser machista, retrógrada y cómplice. Porque una piba yace en la morgue destrozada por empalamiento, pero hombres y mujeres en cantidad están indignados con el vandalismo de “inadaptadas” que “no representan al género”. Porque prefieren proteger las paredes de una iglesia antes que la vida de una adolescente.

Los asesinos de Lucía son los autores materiales del crimen, tal vez paguen por lo que hicieron, tal vez no. De lo que estoy seguro es que sobre los autores intelectuales no recaerá castigo alguno, porque son nada más ni nada menos que la sociedad en su amplia mayoría.

Lucía está muerta, porque las hijas son educadas como princesitas sumisas e inoperantes, y los hijos como machotes bravos y totalitarios. Porque andar con varios tipos es de puta, y andar con varias minas es de pijudo.

Todos los días, cientos de Lucías son víctimas, porque la liberación femenina es libertina, porque la homosexualidad es pecado, porque la iglesia es sagrada, porque fue Eva la que jodió la historia, porque el Papa es hombre, porque Dios es hombre. Porque el conservadorismo enfermizo prevalece y se perpetúa, generación tras generación, y puta madre que son reacios a la evolución.

Y cuando una mujer decide manifestarse en contra de esa escuela infrahumana, inmediatamente se convierte en una “feminazi”, lesbiana, mamarracho, puta, inadaptada, y todos los etcéteras que leí, vi y escuche de “perspicaces” detractores. Porque para ésta sociedad implicada, una señorita puede decir lo que quiera (eventualmente) sin pintar una pared, sin putear a los cuatro puntos cardinales, sin mostrar las tetas. Puede decirlo desde su silencio, desde su sometimiento, desde la humillación, porque es eso lo que necesita una sociedad elegante y temerosa de Dios.

Los incidentes de la manifestación no son más que el feedback de un sector vulnerable y vulnerado. Es la consecuencia del hastío por todas las Lucías violadas y asesinadas, porque las cifras se multiplican, porque nada cambia. Y mañana será una iglesia en llamas, luego dos, y luego todas, hasta que de una vez por todas, ese pensamiento unilateral y torcido desaparezca de las enseñanzas y conductas de todo hombre y mujer que conforma ésta sociedad.

Entonces, y solo entonces, no habrá más desnudos, ni puteadas, ni grafitis. Solo igualdad y respeto, y Lucía será recordada como una víctima más de un sistema obtuso, en un  fragmento siniestro de nuestra  historia.

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