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El Otro País
Opinión

Es todo una cuestión de fe

“Lo primero que hice fue preguntarle a él y me dijo: ‘Es una sociedad que armó mi viejo en la cual somos directores mi hermano Mariano y yo. Se armó en el año 1998 y nunca tuvo movimiento’. Estuvo ahí como sociedad armada por las dudas por posibles capitales en el área de la construcción y la economía real. La idea es que esa empresa pudiera trabajar en áreas de la economía real, pero nunca fue así”, expresó la vicepresidente Gabriela Michetti.

Sin mostrar documento alguno, ni si quiera una mugrosa servilleta de papel con un par de fechas y nombres manuscritos, nada. Y la funcionaria le creyó a su compañero con una convicción islámica. Y nosotros debemos aceptarlo, porque sí, porque lo dijo él, porque ella le creyó. Porque para el pueblo es así, debe ser una cuestión de fe.

Así es amigos, todo se resume a una creencia que no se logra sustentar con pruebas. Así funciona la sociedad, el aparato político, la justicia y el matambre de ternera a la parrilla.

Pasó antaño con el conservadorismo, el radicalismo, el peronismo, con las botas, con Alfonsín, Menem, De la Rua, los K y ahora también. La desventura ciudadana lleva a los individuos a valerse de esperanzas infundadas, simplemente porque no le queda otra.

Pero ojo, es un problema milenario, cuando al ser humano le cayó la ficha de que en cualquier momento se podía morir, y no había absolutamente nada que pueda hacer ante esa inminente y trágica realidad, buscó cobijo en el plano espiritual, en lo indemostrable. Creó entonces ídolos, dioses y demonios, y al cabo de un tiempo se dio cuenta que esa corriente espiritual y elevada le ahorraba interminables horas de investigación y laburo. Facilismo que le dicen por ahí.

Aunque en esas remotas épocas de animales grandotes y peludos, falta de higiene y libertinaje sexual, las problemáticas sociales eran más básicas.

¿No llueve? No calienta, un baile alrededor de la fogata y un par de peyotes solucionan todo. ¿Cayó un rayo que nos hizo mierda la choza? Y bueno, es el dios de los relámpagos que está caliente por la falta de sacrificios humanos. ¡A ver, vos! Sí sí, vos, vení para acá, y no lo tomes personal.

No es que hayamos cambiado mucho, salvo por adicciones enfermizas a redes sociales, porno casero y la invención del selfie-stick, todavía mantenemos esa conducta improcedente. Nos amoldamos a la situación, asumimos que la gran mayoría de problemas son ajenos a nuestras posibilidades y, al final, nos encomendamos ciegamente a una deidad sádica o a un funcionario público inescrupuloso. Nos dormimos todas las noches abrigaditos y sin culpa, bañados en la cultura trágica de la insolucionabilidad (¡Tomá! flor de neologismo).

Nos cagamos en la estructura fundamental de la investigación, la demostración, las pruebas, el respaldo sustentable que separa la verdad de la mentira. Nos conformamos con el chamuyo de los mezquinos sin si quiera deslizarnos un centímetro por la duda. Porque es más fácil, porque el camino hacia la verdad comprobable demanda tiempo y voluntad de investigación, y no da, ya está por comenzar Tinelli.

Esa es nuestra historia, 30.000 desaparecidos y estatización de deuda pública… yo no fui. Coimas, desempleo, convertibilidad y mafia… yo no fui. Endeudamiento obsceno, represión y muerte… yo no fui. Nepotismo, clientelismo, autocracia y corrupción… yo no fui. Lavado de dinero, evasión fiscal y ajuste brutal… yo no fui. Y eso es lo que terminamos creyendo, lo que le compramos a los medios informativos, lo que prevalece por los siglos de los siglos.

Bueno, está bien, de vez en cuando, muuuuy de vez en cuando, uno de cada cien queda tras la rejas. Pero no se confundan, es para cerrarle la boca al populacho molesto. Es el chupetín de la góndola a la par de la caja en el súper, que le compran al pibe que llora por el juguete caro que nunca fue.

¿Acaso no les parece raro que Lázaro Baez caiga en cana justo al momento en el que el Panamá Papers le ensucia los mocasines al presidente? ¿No? Claro, si la mismísima titular de la oficina anticorrupción aseguraba, a los diez minutos de publicado el escándalo, que no hay ilegalidad en constitución de empresas offshore. No hace falta ninguna investigación, no hay nada de qué preocuparse, sigan laburando.

De todas formas, intentar probar que el primer mandatario evadía impuestos o lavaba dinero en paraísos fiscales es una campaña que raya lo absurdo, si tenemos en cuenta que dirigía empresas que se dedicaban pura y exclusivamente a realizar maniobras financieras con la máxima reserva respecto a la información sobre cuentas, nombres, fechas y montos.

Pero yo soy un hombre de poca fe, no le creo a Macri, ni a Michetti, ni al mamarracho de Laura Alonzo. Ojo, tampoco le creo a Boudou, ni a De Vido, ni a Cris, ni a Lilita, ni a Navarro, ni a Lanata. Son falsos ídolos, aunque algunos los creen dioses. No creo en el aparato político porque son nada más ni nada menos que un reflejo del pueblo al que representan, y nuestra sociedad es muy insensata y cómplice. Familias que se desarman, amistades que se rompen, lealtades que desaparecen, respeto que se pierde, todo por defender algo o alguien que no hace un ápice por la sociedad, salvo que haya intereses muy personales tras bambalinas.

Los dioses, ídolos y demonios que creamos, llámense entes supernaturales o funcionarios públicos, son cómodos, chantas, corruptos, verborrágicos y muchos, literalmente criminales. Cuando escucho un discurso, ya sea durante campaña electoral o por cadena nacional, no me lleno de júbilo, no me hincho de esperanzas, simplemente tomo nota para comparar lo maravilloso del speach con lo insostenible de la realidad.

Pero tengo algo de fe en el efecto del paso del tiempo, que ayude a futuras generaciones (muy futuras) a aprender sobre nuestros errores y horrores, y que a partir de los recurrentes abismos en los que caímos una y otra, y otra vez, por pelotudos, por arrogantes, por egoístas, una nueva sociedad argentina actúe en consecuencia, y lo haga bien.

Porque al final, todo se resume a una sola cosa, a una cuestión de fe.