Vecinos Invasores: Crónica de una discusión ciudadana

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Tarde calurosa de sábado, húmeda, molesta. Llevaba ya casi diez horas de interminable labor de limpieza. ¿El objetivo? dejar la casa impecable para que la llegada de mi familia a San José de Metán sea un magnífico evento digno de recordar por mucho tiempo.

Debo mencionar que más allá de la excelente ubicación, holgura y disposición de los ambientes de la casa, la misma presentaba un estado de suciedad y abandono como si los anteriores locatarios hubieran sido una legión de orcos y trolls saliditos de la mismísima trilogía de Tolkien. Puedo resumir el panorama inicial del inmueble en solo tres palabras: barro, grasa y arañas. Y resalto el problema de las arañas, porque nunca había visto tantas después de la película de Frank Marshall allá por el 90’. Las había de todos los tamaños, toxinas y colores, escurridizas, imperturbables y una que otra hostil. El festival de ocho patas más perturbador, al que se puede someter un ciudadano común y corriente (yo) con escasos conocimientos de entomología.

Así pues, desde hacía varios días, dedicaba cuantiosas horas de agotador trabajo para convertir la torre de Mordor en un palacio para mis reinas. Voy a reconocer también (y a modo de agradecimiento) la generosa y desinteresada ayuda que me prestaron mis buenos compañeros del staff de mantenimiento del Poder Judicial, ayuda sin la cual no podría haber logrado ni la mitad de mi objetivo. Gracias capos, el primer asado va por mi cuenta.

Eran como las 17 hs. y me encontraba en el “porche” de la residencia, barriendo hojas, alimañas muertas y despegando el barro pegado desde hacía décadas con ayuda de baldazos de agua. El vapor que generaba el pavimento caliente en combinación con esporádicas lluvias de corta duración, el almuerzo que nunca fue, la falta de buena música para distraer la mente, entre otras cosas, habían turbado ya mi buen humor.
Fue entonces cuando se presentó ante mí una señora de sesenta y pico de años, edad que especulo tendría por su apariencia a primera vista. Con seño fruncido y cara de escasos amigos, sin saludar de antemano y con un tono afín al de mi maestra de religión de 7mo grado expuso:

– ¡Señor, Ud. está tirando agua a la vereda desde hace horas!

Primer strike. Cesé el vaivén de la escoba por un instante, sorprendido, intentando comprender el origen de la extraña mujer y el significado de su afirmación. Debo aclarar que no me considero una persona indolente al ecosistema, se fehacientemente que el agua no es un recurso renovable y hasta me preocupo sobremanera por los goteos de las canillas con el cuerito desgastado. No llevaba horas derrochando agua pomposamente, todo lo contrario, la labor de la galería había comenzado veinte minutos antes de la aparición de la mujer en cuestión y en mi bitácora contabilizaba la exacta cifra de solo tres baldazos de diez litros cada uno.
Sin ánimos de entablar una discusión con la inquisidora vecina le aseguré:

– Buenas tardes Señora… Estoy limpiando la galería y recién comienzo, no estuve tirando agua a la vereda toda la tarde. Pero no me voy a demorar, en unos minutos…

Casi finalizando mi alocución, la grosera mujer me interrumpió vehemente, poniendo a prueba mi temperamento. Strike dos…

– ¡No me trate de loca! Veo correr el agua desde hace horas, ¿quién se cree que es Ud. para tirar el agua a la vereda de esa forma?

Nunca antes había visto a ésta mujer, nunca había intercambiado palabra alguna, ni si quiera una mirada, no sabía si quiera donde vivía, si a la par izquierda, derecha, al frente de mi nueva casa, quizás debajo, muy cerca del infierno. He de reconocer que treinta litros de agua podían saciar temporalmente la sed de al menos una docena de necesitados en Namibia o la Costa del Cuerno de Africa, pero no tenía forma de hacerles llegar ese suministro, y la misteriosa mujer me lo recriminaba como si fuera yo un desalmado destructor del medio ambiente. No cerraban los números… ¿Por qué razón me fastidiaba ésta desagradable persona? Me arme de frialdad, como piloto de un B2 con ojivas nucleares en la bodega. “Be professional, be cold” me decía mi conciencia, atajando al bruto animal interior que se desesperaba por prodigar insultos infinitos a la caricaturesca matrona.

– Mire señora, no quiero ocasionarle problemas, estoy por mudarme a ésta casa y tengo que limpiar todo porque evidentemente las personas que vivieron aquí eran unos animales, dejaron todo una inmundicia.- Agregué, casi justificándome, rindiendo una explicación innecesaria.

NOTA IMPORTANTE: Al entablar una conversación con un desconocido, nunca olvidar que en ciudades o pueblos chicos, generalmente la densidad de población es directamente proporcional al tamaño del municipio, ergo, si la cantidad de habitantes es pequeña, las probabilidades de que se conozcan entre sí aumentan de forma exponencial.

Exaltada como si hubiera profanado la tumba de sus ancestros, elevando el tono de su voz al nivel más agresivo que podía soportar mi psiquis, me espetó:

– ¿Pero quién carajos sos vos para venir a criticar así a la gente? ¡El señor que vivía aquí es familiar mío! ¡No te voy a permitir!
(Ups…)

Ya se había olvidado del Ud. para tratarme de Vos. No era más el Señor derrochón de agua, ahora era el pibe chorro, el delincuente, la escoria de la sociedad. Strike tres, adiós a la diplomacia.

– Que quiere que le diga señora, si las personas que vivían aquí son parientes suyos, lo lamento por usted, pero bueno… uno no elige a la familia.- Declaré con el mayor de los sarcasmos a flor de piel.

La mujer colapsó de furia y su cara se transformó en una fracción de segundos en algo abominable al mejor estilo Lovecraft, expresaba un sentimiento de repugnancia y odio como pocas veces había visto. Era Magda Goebbels ante Anna Frank (siendo yo Anna Frank por supuesto). Me preocuparon sus gritos escandalosos cuando comencé a ver cortinas que se movían en las casas aledañas. Mala estrategia pensé en ese momento, pero luego dejó de importarme.

– ¿Vos me estás tomando el pelo? ¡Pendejo irrespetuoso de mierda! ¡Te voy a denunciar a la policía!- Expresó desbocada, oligofrénica.

A esa altura del partido no había vuelta atrás, me había ganado el primer enemigo. No obstante estipulé, tarde desde luego, que la salud mental de la señora enfurecida estaba bastante deteriorada, aunque a primera vista no lo parecía. Pude haberla dejado hablando sola y continuar con mis insípidas labores, pero la naturaleza humana es incontrolable, y arrojé un comentario mas como para terminar de enloquecer a la denunciante.

– Es un país democrático señora, Ud. haga lo que tenga que hacer, yo por mi parte voy a seguir limpiando la mugre que dejó su familia.

Dicho eso me alejé de la vereda y de la endemoniada comadrona. Inmediatamente en mi cabeza comenzó a sonar “Pigs (three different ones)” de Pink Floyd y los insultos desbordados se acallaron al fin. La mujer se retiró balbuceando y profiriendo maldiciones a los cuatro puntos cardinales, las miradas curiosas se desvanecieron en la oscuridad y las cortinas se cerraron para siempre. La jornada concluyó sin la llegada de la fuerza pública, ni de manifestantes de Green Peace, ni de mi vecina antagonista o sus familiares sucios, y mi cansancio era tal que mis anhelos se resumían en una cama para dormir al menos tres días concatenados.

Bienvenido a San José de Metán, Salta, Argentina.

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No soy periodista, ni escritor, ni investigador, ni crítico, y tampoco tengo talento literario. Pero ésta sociedad es tan generosa que me brinda un espacio para que escriba lo que se me ocurre. Gracias, gracias gracias.

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