Todo se construye y se destruye tan rápidamente, que no puedo dejar de sonreir

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Los argentinos tenemos la profana costumbre de, cada tanto, deificar a ciertos personajes que se destacan en algún ámbito, y con ello los mitificamos adjudicándoles virtudes improbables, heroísmos pasados y sin testigos, y capacidades extraordinarias que la mayoría de las veces no son más que aptitudes poco más sobresalientes que las de la media, pero que fulguran ante nuestras limitaciones y chaturas.

El deificado cuenta, siempre, con una corte o guardia cerrada que se encarga de difundir y hasta testificar esas virtudes, heroísmos y capacidades, afianzando con citas, anécdotas, historias y sucesos supuestamente protagonizados antaño o en privado por el “deificando”, y que éste jamás reveló por humildad, la divinización de aquel a quien han elegido como su nuevo iluminado.

Néstor Kirchner y Cristina Fernández arribaron a Buenos Aires con la meta propuesta de acceder a la Presidencia de la Nación a como den lugar las circunstancias. Rápidamente se pegaron a la figura de Eduardo Duhalde, quien les facilitó dinero, logística y contactos para comenzar a figurar tímidamente en el índice de políticos conocidos.

Llegado a la presidencia, por una carambola del destino, Néstor Kirchner se trajo una corte patagónica de extrema confianza (Zaninni, Echegaray, Alicia Kirchner, De Vido) que sería la que de ahí en más comenzaría a edificar el mito del Kirchner que venía a terminar con la “vieja” política, el Néstor del pueblo, el Néstor de los Derechos Humanos, el Néstor de los pobres, el Néstor honesto, el Néstor revolucionario y todo lo que el relato impuso a quienes quisieron creerle. Hasta el mito de que dio la vida por la patria.

Cristina no fue menos, ya que “dime con quién andas y te diré quién eres”. Y claro, Cristina también comenzó a ser todo lo que el relato decía que Néstor era. Pero con Cristina hubo una diferencia notoria con respecto a su marido, ya que ella acrecentó su “leyenda” auto divinizándose y auto exaltándose permanentemente (“fui una exitosa abogada y ahora soy una exitosa presidenta”, “Amo construir. Debo ser la reencarnación de un gran arquitecto egipcio”), casi prescindiendo de la corte mitificadora que quedó relegada a la sola función de aplaudir, sonreír y vitorear las largas y egocéntricas alocuciones de la ex primera mandataria.

Así, por propia propaganda, Cristina pasó a ser para muchos el arquetipo de la oratoria, de la entrega, de la lucha, del amor a los pobres, de la justicia y de cuanto valor ético un político precisara para practicar su vocación con excelencia.

Lo que al parecer no tuvieron en cuenta los Kirchner es que en nuestros días existen los buscadores de Internet, y con solo un click la verdad aparece y el mito se desmorona. La exitosa abogada jamás militó en Derechos Humanos, nunca presentó un hábeas corpus por detenidos durante la dictadura. Se hicieron de decenas de propiedades arrancadas a desahuciados argentinos durante el proceso militar. Santa Cruz es una de las provincias más carenciadas y peor administradas de la historia. La prensa en la provincia de los Kirchner fue sometida, cooptada o perseguida sistemáticamente. Hicieron de un cajero de banco un mega empresario de la construcción, de un chofer un multimillonario de los medios, de un jardinero un empresario hotelero. Acrecentaron sus patrimonios exorbitante e inexplicablemente en unos pocos años, y muchísimas otras ilegalidades y arbitrariedades que el lector puede corroborar o enterarse con solo teclear acerca del tema del que quiera saber.

Hoy, aquella corte divinizadora está cercada por la justicia, y sus miembros se desvinculan de todo y deslindan responsabilidades argumentando justamente eso, que eran simples cortesanos que acataban órdenes. Todos sus delitos fueron, según ellos, por directivas y en beneficio de “los altísimos”. Ellos, con sus mentes excelsas y su poder omnímodo diseñaron todo y lo mandaron ejecutar.

Aquí es donde el instinto de supervivencia hace a los cortesanos apostatar de aquellos a quienes divinizaron durante las épocas de bonanza e impunidad. Comienzan ante la justicia con el revoleo de miserias, delitos e intimidades incomodas e ilícitas de las que fueron testigos y tienen pruebas, y que están ansiosos por entregar a la justicia para demostrar que ellos solo “servían café”, lo hicieron “por directivas de Néstor y Cristina”, que “mi hijo estaba contando la de ella”. Listo, la desacralización está en marcha, y paralelamente comienza la demonización de aquella a quien hasta no hace mucho ellos mismos colocaron en el Olimpo de los políticos. La caída está a la vuelta, a un par de indagatorias nada más.

Algo que parecía tan lejano, imposible, hoy está ocurriendo con un vértigo impensado y con una velocidad que aturde. Tal vez en algo como esto estaba pensando Charly García cuando escribió: “Todo se construye y se destruye tan rápidamente, que no puedo dejar de sonreír”.

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