Y siguen los mismos muertos, podridos de crueldad

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Hace algún tiempo, alguien advirtió que llamar indios o aborígenes a los ciudadanos argentinos pertenecientes a etnias originarias sonaba despectivo y humillante, por lo que se decidió comenzar a referirse a ellos, oficialmente, como integrantes de pueblos originarios.

Ese auspicioso comienzo, de “dignificarlos” en su denominación, pareció marcar un profundo y justo cambio en el trato que durante siglos los gobiernos, y desgraciadamente la gran mayoría de la sociedad, dispensó a estos grupos étnicos milenarios. Comenzaría una era inédita de igualdad, respeto humano, reconocimiento y resarcimiento de olvidos y mentiras, y reversión del daño ocasionado por siglos de injusticias.

Nada de ello ocurrió. Solo se trató de un cambio simbólico. La desnutrición, la miseria, la discriminación, el maltrato, el olvido y la muerte siguieron y siguen siendo “residentes” permanentes entre las comunidades de etnias originarias.

No hace mucho supimos de la muerte de Brenda Vega, la niña wichí que falleció por un conjunto fulminante de enfermedades derivadas de su severa desnutrición, a la vez que conocimos las terribles vidas de sus padres y sus seis hermanos. Los padres de la pequeña contaron a los medios que no tenían ni para darles leche y que único ingreso económico era la Asignación Universal.

Ahora nos golpea (no a todos. Muchos siguen indiferentes y asimilando naturalmente estas atrocidades) el caso de la niña de 12 años, también wichí, que a su vida de miserias, privaciones y abandonos debió agregarle un nuevo y horroroso capítulo: una violación colectiva perpetrada en noviembre del año 2015, como consecuencia de la cual quedó embarazada y que seis meses después, a minutos de una cesárea que ponía en riesgo su vida, perdió la criatura.

A partir de que se conocieran y nos avergonzaran sus casos, recibieron una pizca de atención, les dieron a beber un sorbo de derechos, dejaron por un momento el siglo 18 en que viven para ser traídos al siglo 21 en que se mueve el Estado y fueron atendidos.

Tal vez esta niña de 12 años, mientras estuvo internada, se sintió por primera vez en su vida ser humano, durmió abrigada, en una cama, alguien se enteró de sus padecimientos, la vistieron, recibió atención médica y comió regularmente. Al igual que sus familiares y los familiares de Brenda Vega.

Los que alguna vez caminamos esos parajes que habitan estas etnias ignoradas y olvidadas deliberadamente por el “hombre blanco”, nos sentimos viajeros del tiempo venidos del futuro. Pensamos en la energía eléctrica, las medicinas, el agua salida del grifo y tantas otras cosas cotidianas como algo que algún día se inventarán y les llegarán.

Esclavizados en la ignorancia a la que fueron confinados por siglos de insensibilidad y apatía gubernamental, sobreviven sin saber que son acreedores, por derecho, de todo aquello que les permita una vida decente y sana.

Siempre que me entero de casos como estos, se me da por pensar en esas antiguas civilizaciones que hacían sacrificios humanos para calmar a los dioses en su ira y que les fueran benignos. O por lo menos no tan crueles, y me pregunto: ¿Será el designio atroz de los miembros de pueblos originarios que uno de ellos deba inmolarse cada tanto, para que el “dios” Estado se apiade por unos días del resto de ellos y gocen de lo básico por un tiempo?.

Seguramente, los sobrevivientes y las víctimas que fueron atendidos mientras duró el revuelo mediático y la indignación de algunos, ya volvieron a su barro, su miseria, su frío, su rancho, su anonimato, su hambre y su infame existencia. Eso sí, con algo de ropa donada, unos colchones y unas frazadas. Esos modernos espejitos de colores que regala el gobierno.

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