Pasiones que matan

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El martes arrancó con mucha euforia colectiva, el fútbol se olía en el ambiente. Jugaba la selección nacional y en Argentina eso es sagrado. Un día definitivamente importante, quizás no tanto como la segunda llegada de Cristo al mundo pero por ahí nomás.

Aclaro que yo nunca fui un aficionado al fútbol, en realidad nunca fui un aficionado a ningún deporte. Está demás contar los problemas que esa situación me generó durante mi niñez y adolescencia, y ahora que lo pienso también durante mi juventud también, en fin, por el simple hecho de no compartir con amigos un picadito en el potrero o disfrutar de un match dominguero televisado con la misma pasión que la mayoría.

También aclaro que hice el intento de absorber ese gustito por la pelota de cuero, los botines y los tiros penales, pero mientras más me esforzaba por pertenecer al popular mundo del futbol más rechazo me provocaba. En la vida uno debe sincerarse consigo mismo, hay gente que es buena clavándola al ángulo como dicen, y hay gente que no, y es buena para otras cosas. Yo por lo pronto todavía sigo en constante búsqueda de un factor en el que me destaque ante el mundo, o al menos ante mi núcleo familiar directo, un paso a la vez.

Asimismo debo admitir que en estas últimas semanas, para participar esporádicamente en charlas con otros seres humanos, no me quedó otra alternativa que profundizar sobre el tema y afianzar mis lapidarios conocimientos sobre el mundial de futbol y todo su espectro. Cosas como el fundamento del “offside”, tiempos suplementarios, penales, grupos, eliminatorias, las siglas FIFA, etcétera, etcétera, etcétera, y bla, bla, bla. Cuestión que al cabo de poco tiempo me sentí un auténtico periodista deportivo al mejor estilo Quique Wolff, y pude al menos asomar mi cabeza durante una devota charla entre más de un individuo masculino.

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Octavos de final, Argentina se iba a enfrentar con Suiza y la mañana me había tratado bastante bien, con un buen desayuno y poco trabajo. Tenía los ánimos suficientes para compartir con mis compañeros de trabajo, que venían planeando desde hace días, ver el partido de la selección con un asadito al efecto en el soberbio quincho del jefe. Si, del jefe piola que inclusive costearía la comilona en su totalidad. Y no me digan que así no vale la pena trabajar bajo relación de dependencia.

No lo voy a negar, asistir al evento al principio estaba muy lejos de mis intenciones, pero hacer caso omiso de la reunión iba a resultar casi imposible, muy en mi subconsciente sabía que terminaría frente a la pantalla a la hora señalada.

[su_quote]Lógicamente accedí ante tal acusación, como un auténtico Marty McFly cuando le decían “gallina”, en mi caso “pollerudo” era el catalizador. [/su_quote]

El tiempo transcurrió sin que me entere, mas rápido de lo que esperaba y el gran momento llegó. Estábamos a minutos de que el equipo salga a la cancha, en el quincho la carne estaba casi a punto y las ensaladas condimentadas. Los muchachos se enlistaron y me informaron que era hora de partir. Como una duquesa medio prostituta pero histérica, me negué al principio, sabiendo que iría de todas formas.

– Vamos che, no seas pollerudo…- Insistió uno de mis camaradas.

Lógicamente accedí ante tal acusación, como un auténtico Marty McFly cuando le decían “gallina”, en mi caso “pollerudo” era el catalizador.

Llegamos a destino en el instante en que iniciaba el encuentro deportivo. Los saludos quedaron en el olvido, estratégicamente cada uno se ubicó frente a la pantalla con la pasión futbolera a flor de piel. Nadie preguntó por el asado, ni por las ensaladas, ni por el pan, ni por el vino. La ansiedad se canalizaba por otro lado.

Así fueron corriendo los minutos, todos expectantes, esperando el primer gol de la selección. Pero de a poco nos fuimos dando cuenta que el seleccionado Suizo no estaba conformado por delicadas aves de paraíso, todo lo contrario, los jugadores y la estrategia utilizada sobresalieron desde un principio. Una defensa infalible y unos contraataques que dejaban sin aire a los testigos.

Se sirvió el asado en los últimos minutos del primer tiempo, ya con cierto descontento. Reconozco que la comida fue excelente, pero descubrí eso mucho tiempo después de digerirla. Durante el juego, fue como si todo lo que comimos y bebimos supiera a agua. Aclaro que el agua no es para  nada desagradable, pero no libera endorfinas al beberla salvo que estemos muriendo de sed. Descubrí entonces un interesante efecto del mundial de fútbol: las papilas gustativas pierden efectividad.

[su_quote]Entre la impotencia y la tensión comencé a delirar, deduje que si semejante tenacidad para la defensa era un atributo innato de esos europeos infernales, entonces era lógico que fuera la Guardia Suiza la que protege hoy al sumo pontífice[/su_quote]

El almuerzo pasó entonces desapercibido y finalizó la primera parte de la contienda. Durante diez minutos escuché atento las críticas y comentarios sobre jugadores, jugadas, errores y estrategias. Un común denominador en ese espacio de verborragia pasional: el arquero suizo. Sí, sí, el endiablado tótem que se había lucido descarrilando todas las pelotas que enfilaron al arco en más de un remate. Ese europeo se había ganado una pequeña parte de admiración y una inmensa parte de odio. Otro efecto descubierto del mundial: despierta sentimientos encontrados y nos vuelve un poco xenófobos.

Los cigarrillos desfilaban uno tras otro sin mesura ni criterio, la reunión parecía más una propaganda de Nobleza Picardo. Éramos un solo manojo de nervios.

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Entre la impotencia y la tensión comencé a delirar, deduje que si semejante tenacidad para la defensa era un atributo innato de esos europeos infernales, entonces era lógico que fuera la Guardia Suiza la que protege hoy al sumo pontífice. Comentar con tono humorístico esa nérdica hipótesis a mis compañeros devendría un gravísimo error. Hubieran desencadenado toda su furia, y me habrían condenado por el resto de los tiempos. Decidí callar y concentrarme de nuevo en el match. Tercer efecto mundialero desenmascarado: la mixtura de nervios e impotencia provoca desvarío en algunos sujetos.

La consigna era clarísima, el partido no debía definirse por penales, la selección tenía que evitar como fuese darle más protagonismo al endemoniado arquero suizo. Fue entonces cuando ocurrió, faltando solamente tres insignificantes minutos para que se selle la condena, Ángel Di María convirtió un gol que devolvió el alma a cuarenta millones de argentinos.

Estalló el quincho en gritos de alegría, de pasión desenfrenada, de fútbol al palo. En ese momento no importaba nada más, contra muchos pronósticos negativos, la selección sellaba su paso a cuartos de final, magnífico.

[su_quote]Los jugadores suizos aprovecharon bien ese regalo, y se encargaron de dejar a todo un país testigo con serios problemas cardiovasculares. Tres llegadas al arco argentino que arrebataron el aire de los espectadores y uno en particular que nos llevó al límite del estrés.[/su_quote]

Como si el destino mismo estuviera confabulado con los europeos, el árbitro informó que se jugarían cinco minutos de tiempo de descuento. Cinco minutos era una cifra escalofriante en ese contexto, más que eso, era una eternidad imposible de medir en números reales, algo dantesco. Y esos malditos minutos transcurrieron como tal.

Los jugadores suizos aprovecharon bien ese regalo, y se encargaron de dejar a todo un país testigo con serios problemas cardiovasculares. Tres llegadas al arco argentino que arrebataron el aire de los espectadores y uno en particular que nos llevó al límite del estrés. Pero los minutos pasaron, y finalmente el partido culminó. El seleccionado argentino trascendió soberbiamente.

Algo que me llevó a una profunda reflexión, el poco tiempo de finalizado el encuentro, paradójicamente ninguno de los presentes tenía ánimos festivos. Era indiscutible que sentíamos una gran cuota de tranquilidad, pero el nerviosismo y la tensión psicológica nos había desgastado tanto que no parecía una victoria, sino una salvación.

Regresé a mi casa con una idea clara, más que clara cristalina: no importa con quien comparta el próximo partido, ya sea con mis compañeros, con mi familia o solo, pero lo veré definitivamente con una importante dosis ingerida de clonazepam, haloperidol o canabis, porque solo de esa forma podré disfrutar de esa pasión de multitudes, sin morir en el intento. ¡Vamos Argentina todavía!

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No soy periodista, ni escritor, ni investigador, ni crítico, y tampoco tengo talento literario. Pero ésta sociedad es tan generosa que me brinda un espacio para que escriba lo que se me ocurre. Gracias, gracias gracias.

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