Les Misérables

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El libro Los Miserables plantea en su argumento una crítica social muy fuerte que se puede considerar atemporal y vigente. Es un razonamiento sobre el bien y el mal, sobre la ley, la política, la ética, la justicia y la religión. Perfectamente podríamos trazar un paralelismo entre esa novela y la realidad del país.

La política argentina está entrando en ese círculo de crítica social fuerte. En estos últimos días el escandaloso aumento de sueldo de los legisladores desató la ira de los argentinos. Esta medida recibió fuertes críticas de un gran sector de la sociedad y del mismo presidente de la Nación, Mauricio Macri, quien les hizo una llamado de atención y les pidió “no pasarse de largo” con los incrementos y que resulte “acorde al esfuerzo” que están haciendo “todos los argentinos”. Después de esa desaprobación masiva, la Cámara de Diputados resolvió reducir el aumento de sueldos del 47 por ciento que había dado a sus integrantes el mes pasado. Con esta nueva medida, el incremento de los ingresos que reciben por igual todos los diputados quedó en un 31 por ciento.

Si bien esta suba está por debajo de la inflación, es indudable que nuestros “representantes” están divorciados de la sociedad. Es un momento complejo para la clase política que no sabe dar respuesta a los problemas que urgen a los argentinos. Desde hace años que los políticos no pueden empatizar con los ciudadanos que representan. Viven totalmente ajenos a la realidad del país, y es algo que no tiene sentido ya que no se pueden despegar de lo que pasa en Argentina.

Un aumento moderado no hubiese solucionado esa falta de representatividad, pero era necesario que nuestros representantes dieran el ejemplo. En un país donde hay 32 % de pobreza es obsceno que nuestros legisladores hayan intentado un dietazo del 47%, o del 63% como acusó Néstor Pitrola, diputado nacional por el Frente de Izquierda.

El diputado salteño Pablo López, quien dona el 80% de su sueldo para causas sociales, declaró que “Los legisladores ganan como si fueran CEO’s”. Y tiene toda la razón. La política desde hace mucho se ha transformado en un negocio. La particularidad que tienen los negocios es que no tienen techo de ganancias, es por eso, cuando uno arma una empresa espera ganar mucho dinero, no se pone límites de crecimiento. Los políticos como los CEO’s, buscan incrementar sus activos.

Los legisladores en promedio perciben casi 13 salarios mínimos, vitales y móviles ($7.560). ¿Cuál es la justificación para que ganen 13 veces el mínimo? Si la justificación es que con sueldos altos se van a alejar de la tentación de la corrupción estamos equivocando el camino. En ese caso, solo podrían dedicarse a la política personas con alto patrimonio personal. En Argentina hay incontables ejemplos de políticos que aprovechan de su situación para enriquecerse durante su gestión. Entonces, ¿por qué nada ha cambiado? ¿Por qué seguimos teniendo casos de corrupción que nos avergüenzan si los políticos tienen sueldos que perciben tan solo el 5% de la sociedad? La corrupción no debe estar asociada a lo que percibe un político sino a la falta de ética e integridad de una persona que tiene entre sus prioridades la riqueza personal a costa de la pobreza del otro. La corrupción es alimentada por la decadencia moral y por eso debe ser condenada.

¿Por qué nuestros legisladores no pelean por dignificar nuestros sueldos en vez de los suyos? ¿No sería un país más justo si nuestros representantes luchasen por eliminar el empleo en negro? En Argentina, 7 de cada 10 argentinos ganan menos de 8.000 pesos mensuales y uno de cada tres tiene un trabajo no registrado. Si miramos para el norte esa cifra se agranda. En esa región uno de cada dos argentinos trabaja en condiciones laborales pésimas.

En casi todos sus discursos, el actual presidente de la Nación les pide a los empresarios, pero sobre todo al pueblo, que hagan un esfuerzo para poder salir delante de esta crisis. Ese esfuerzo, para decirlo sin tapujos, implica resignar parte de nuestro sueldo. Entonces, ¿por qué nosotros y ellos no? Quizás ahí esté la respuesta, quizás no se consideran parte del pueblo. Sin dudas, la clase política está equivocando el camino y se están distanciando de sus representados.  La distancia es cada vez más grande y llegará un momento en el que les será difícil volver.

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