Entrevista a Luis Felipe Barrera: “Uribe rotuló los acuerdos de paz como concesiones y premios al terrorismo”

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La comunidad internacional quedó conmocionada después que los colombianos le dieran la espalda al proceso de paz entre el Gobierno nacional con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Por un estrecho margen de 60.000 votos, los electores rechazaron el referéndum entre Santos y el grupo guerrillero para acabar con 52 años de conflicto. En un escenario tremendamente confuso, el destino de Colombia es incierto después de este ajustado resultado. Para entender este proceso que atraviesa Colombia, El Otro País entrevistó a Luis Felipe Barrera Narváez, un politólogo y analista político oriundo de Cali que siguió de cerca el proceso de paz que quedó trunco.

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¿Luis, en tu opinión como experto, porque ganó el NO y con un margen tan ajustado?

Se impuso el NO porque prevalecieron en la opinión pública dos sentimientos activados y radicalizados por la oposición de derecha: el miedo y el rechazo. Esa mitad del país que optó por el NO, lo hizo porque absorbió el discurso que sembraba el terror ante varios mitos: la potencial toma del poder por parte de las FARC; la presunta impunidad pactada en los acuerdos entre gobierno y guerrilla; los supuestos premios económicos a los desmovilizados de la guerrilla que llegarían a las ciudades y la improbable degradación del sistema político y económico colombiano a la manera de Venezuela (el fantasma del “castrochavismo”) si se imponía el SI.

Las regiones, la periferia del país más azotada por el conflicto votó mayoritariamente por el SI pues son quienes más sienten la guerra y los beneficios del cese del fuego. Las grandes urbes votaron por el NO ya que no perciben directamente los efectos de la guerra y son más críticas y escépticas del proceso y las concesiones a las FARC.

Sumado a esto, el rechazo de los colombianos a las FARC es altísimo (Gallup, 6% de aprobación) debido a tantos años de confrontación armada y a los niveles de crueldad a los que llegó esa guerrilla. Adicionalmente, el gobierno del presidente Juan Manuel Santos tiene un nivel de aprobación muy bajo (Gallup, 29%) sumado a su escaso carisma y capacidad de convocatoria, fue lo que impidió una mayor movilización ciudadana a favor del SI.  El plebiscito terminó convirtiéndose en un mecanismo de rechazo tanto a las FARC como de la gestión gobierno del presidente Santos.

Otro ingrediente que disparó la oposición al proceso de paz de una porción del electorado, es la sobreexposición mediática de los cabecillas de las FARC. La negociación le dio mayor visibilidad a quienes siempre han sido considerados por el pueblo colombiano como sus principales verdugos. Esto resultó desafiante para la sensibilidad de los colombianos, sumado a la presencia de Maduro y Castro en la consolidación del proceso, el fantasma del ex presidente Uribe del castrochavismo tomó más fuerza.

En los diarios argentinos dicen que el ex presidente Uribe fue el gran responsable de ese NO. ¿Qué fue lo que hizo el ex mandatario?

El senador Uribe tiene un grado de influencia en la opinión pública inmenso. Santos tiene la maquinaria política del Estado y las redes clientelistas locales (que no se movieron del todo), pero Uribe tiene 6 millones de adoradores que lo siguen incondicionalmente. Él encuadro la narrativa opositora al proceso de paz y atizó eficazmente el miedo entre la ciudadanía, especialmente en las grandes ciudades. Él le dio un lenguaje y las metáforas que desataron la animadversión de la mitad de los electores del país hacia el proceso de paz.

Con un populismo de derecha basado en slogans más que argumentos, Uribe rotuló los acuerdos de paz como concesiones y premios al terrorismo. Para él y su partido, los acuerdos implicaban pactos de impunidad porque según él no incluía cárcel; entrega del poder político a las FARC; fin del modelo económico y la propiedad privada a través de la implantación del socialismo del siglo XXI o “Castrochavismo” en sus términos, adopción de la ideología de género y hasta habló de la creación de una policía política integrada por desmovilizados de la guerrilla que perseguiría a quienes se hubiesen opuesto al proceso de paz. Evidentemente todo esto fue una dilatación sofística del discurso que terminó calando en medio del escepticismo de mucho y el conservadurismo político de otros.

¿Qué intereses tiene Uribe para ir en contra de un acuerdo con la FARC?

Uribe representa políticamente la derecha más dura del país. Su oposición al proceso de paz obedece a que en el imaginario colectivo, él ha sido el adversario militar más fuerte de la guerrilla. A esa postura dura le debe su capital político y de cara a las elecciones 2018, el candidato que él impulse desde su partido y con su venia, seguramente pasará a segunda vuelta, sobre todo después del éxito electoral en el plebiscito.

Obviamente la oposición de Uribe al proceso de paz tiene algo de mezquindad y vanidad política, al no ser él quien llevó a cabo la desmovilización de la guerrilla sino el presidente Santos con quien tiene una enemistad desproporcionada. En su gobierno, Uribe también le ofreció curules a dedo en el congreso a las FARC, despejes territoriales para negociar, les pagó más de lo acordado en este proceso a muchos desmovilizados de las guerrillas y utilizó los mismos canales de negociación que resultaron exitosos en esta ocasión.

¿Por qué piensa que tan poca gente se involucró con la votación, (votó menos de 40%)?

Votó el 37% del potencial electoral. Es lamentable. Esto obedece a la tradición abstencionista del país, siempre alrededor del 50%. Por más que el país está polarizado y literalmente partido en dos en cuando a sus percepciones políticas sobre la paz, y se superó con creces el umbral de aprobación del plebiscito de 4 millones y medio de votos, aún sí la movilización ciudadana en torno a la campaña fue muy baja, no había tanto fervor y compromiso en las calles por esta decisión histórica para el país. Además, en este tipo de elecciones no se mueven a toda máquina los caciques electorales y sus estructuras regionales, pues no está en juego su cabeza política, sino una decisión general de país.

¿Se pone en riego la paz en Colombia con esta negativa?

Entró en un limbo total. La victoria del NO, no la anticipó ninguna encuesta que daba amplio ganador al SI con porcentajes favorables de 60% contra 40% o hasta 70% contra el 30%. Ni siquiera el ex presidente Uribe esperaba esa victoria por lo que no ha podido administrar una propuesta coherente y alternativa para salvar el proceso. Lo primero que propuso fue una amnistía general para quienes no hubiesen cometido delitos de lesa humanidad, algo que ya estaba en los acuerdos. La renegociación de los acuerdos de ganar el NO, siempre fue una propuesta ligera y sin contenido. Ahora tienen que darle forma si quieren salvar el proceso o se hundirá definitivamente. El uribismo gana con cara y con sello. Si entra en el proceso y logra negociar, primero con el gobierno y luego el gobierno con las FARC, unas modificaciones puntuales en materia de participación política de los desmovilizados y sanciones más duras, terminará figurando el senador Uribe como el que corrigió un mal acuerdo para el país. Si lo hunde con el desgaste y la dilatación de la renegociación, que en los términos que ha planteado el ex presidente sería lo que podría pasar, no habrá nadie con mayor crédito ante la opinión pública que el uribismo para reaunudar la guerra sin cuartel contra las FARC y ganar con esa bandera las elecciones del 2018.

¿Cómo siguen las negociaciones?

Colombia ahora tiene dos jefes políticos, casi dos presidentes, Uribe y Santos. Esto hace que sea necesario un pacto político entre esas élites para llevar una posición única de Estado a la mesa con las FARC. El problema es que el senador Uribe pueda traducir sus slogans de campaña en reparos realistas y viables para incluirlos en los acuerdos con la guerrilla. No es tan fácil porque las críticas del uribismo contra el proceso han sido estructurales y harían inviable la renegociación con las FARC. Todo depende del pragmatismo y grandeza histórica con que el senador Uribe asuma este hecho político y de qué tanto cedan las FARC en estos reparos.

El problema es el tiempo. Ese acuerdo político entre Uribe y Santos debe darse rápido, pues todo el mecanismo de desmovilización e implementación del Acuerdo quedó freneado, incluida la prolongación del cese al fuego y la concentración de las FARC para su desmovilización definitiva. Deben reactivarse los instrumentos para que el cese al fuego no se rompa ya que la guerrilla quedó pre-concentrada y en un estado de incertidumbre que aumenta su percepción de inseguridad ante la crisis política y el desacuerdo de la cúpula del Estado. Es una situación crítica.

Los opositores al arreglo dicen que el acuerdo les da muchas concesiones al grupo guerrillero. ¿Esto es así?

No es así si se compara con otros procesos de paz en el mundo. Con el Acuerdo Final que firmó el gobierno y la guerrilla, la participación política de las FARC sería minoritaria (mínimo 5 curules en cámara y 5 en senado de un total 268 que hay actualmente en el Congreso y solo por dos periodos electorales). El modelo de justicia transicional sí contempla penas privativas de la libertad y hasta cárcel en condiciones ordinarias por 20 años para quienes no confesaran la verdad o no reparen a las víctimas, por lo que no es cierto que hubiese impunidad ni se contemplara cárcel como acuñó el urbismo. Y la renta a los desmovilizados no era de 1’800.000 como se difundió en redes sociales, sino del 90% del salario mínimo que equivale a 620 mil pesos, algo que ya hace la agencia del de reinserción del Estado de los desmovilizados de integrantes de grupos armados que va de la mano de un programa de resocialización para que se adapten a la sociedad y rompan con las economías ilegales.

El problema es que la sensibilidad de la opinión pública frente a estos temas es muy alta. El rechazo hacia las FARC es inmenso y la sensación que terminó prevaleciendo es que se les estaba premiando por toda una vida dedicada al delito, algo que irresponsablemente la campaña del NO explotó.

Lo más importante de este proceso no son las concesiones a las FARC como el ex presidente Uribe le vendió a una parte importante del país, sino lo que gana en conjunto la sociedad con el fin del conflicto armado con esa guerrilla. Primero está la reparación a las víctimas y que desde luego no hayan más por causa del conflicto: ¡son 8 millones! Segundo, está el cese al fuego que ha resultado real y ha dado una disminución histórica de la violencia producto del conflicto armado. Lo tercero segundo es erradicar a la guerrilla del centro de atención del debate público y enfocar la atención y los recursos que se orientan en la guerra, en lo que realmente aqueja al ciudadano del común, la corrupción, el desempleo, la movilidad y la inseguridad urbana.

Toda la región esperaba que el pueblo colombiano vote por el SI. ¿Cómo afecta a la región que se haya votado por el NO?

La comunidad internacional y desde luego el vecindario no comprende esa decisión. Como se anticipó, resultó un hecho político muy parecido al Brexit del Reino Unido. Ponerle fin al conflicto armado de Colombia era un objetivo internacional y de las hermanas repúblicas de América. Ese respaldo fue importantísimo para avanzar hasta donde se ha llegado. Para convencer a la guerrilla de finalizar la lucha armada y hacer política democrática, el consejo y referencia de líderes de izquierda de Latinoamérica fueron determinantes. El gran problema es que los colombianos no nos hemos puesto de acuerdo en la forma en que debemos finalizar el conflicto con las FARC y queda muy poco tiempo, porque tras la frustración y el cambio de gobiernos, incluido el de Estados Unidos, podrían condicionar el respaldo a la salida negociada al conflicto. El papel del Papa el próximo año será fundamental para promover la reconciliación del país, ojalá, con un acuerdo de paz en firme.

¿Cómo vive el pueblo colombiano este resultado?

En medio de la ansiedad e incertidumbre. Empezó un nuevo acuerdo de paz entre el presidente Santos y el ex presidente Uribe. Es un lugar común que el país no puede seguir fracturado políticamente y llegó la hora de la reconciliación.  El uribismo siempre argumentó que no fue incluido en el Acuerdo, pero en realidad fue porque nunca el ex presidente Uribe accedió a participar de las invitaciones del presidente Santos. La victoria del NO impone un acuerdo político entre las élites que reconcilie a la base ciudadana. Un modelo de paz que incluya a todos los actores y genere más garantías y credibilidad entre la opinión pública. Suena fácil, pero podría ser una negociación más difícil que la que se llevó a cabo en la Habana con la guerrilla.

¿Es un pueblo dividido como expresan los medios?

Hubo mucha propaganda negra. Mitos sobre concesiones exageradas a la guerrilla que se divulgaron por redes sociales, vallas publicitarias falsas y engañosas que avivan el miedo de la población y versiones fabulosas que señalaban que Colombia iba a adoptar un modelo político y económico como el de Venezuela. Primó el pánico. La mayoría de medios apoyaban el SI pero uno de los canales más vistos apoyó el NO y las tesis del uribismo. Casi todos los líderes de opinión y artistas se fueron con el SI, pero no tuvieron la fuerza suficiente para movilizar a la gente. La Iglesia Católica estuvo dividida, declaró la neutralidad pero hubo obispos y curas que abrazaron con valor cívico la bandera del perdón y la reconciliación. Sin embargo, la base conservadora, cristiana y católica, estuvo más inclinada a rechazar el Acuerdo porque con habilidad maliciosa, los opositores  al proceso vincularon la “ideología de género” a los acuerdos, lo que aumentó la indignación de esos grupos espirituales.

En su opinión, ¿qué debería modificarse del acuerdo con la FARC para llegar a ese tan ansiado SI?

Es irónico porque las primeras solicitudes de los representantes del NO ya están incluidas en los Acuerdos. Ley de amnistía para guerrilleros rasos que no hubiesen cometido delitos de lesa humanidad, privación efectiva de la libertad para los culpables de delitos atroces y tratamiento diferenciado de la justicia transicional para miembros de la fuerza pública.

Lo que debe haber es un acuerdo para que en la implementación de los Acuerdos alcanzados, haya garantía para la opinión pública y los líderes del NO sobre los puntos más sensibles y polémicos para ellos: 1. Que la ley de amnistía se aplique y no involucre altos mandos y responsables de delitos de lesa humanidad; 2. Que al purgar la pena de privación de la libertad (en lugares alternativos a la cárcel o cárcel si no colaboran), los inculpados no participen en política hasta que la cumplan totalmente la  pena; y 3. se haga más evidente el deslinde de los parámetros a los que tendrán derecho los miembros de la fuerza pública que accedan a la resolución de su situación jurídica por actuaciones en el marco del conflicto armado.

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