El silencio

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por Diego Ignacio Albarracín

En la discusión etimológica de la palabra silencio hallamos que proviene del sustantivo latino silentium y este del verbo silere (estar callado) aunque los investigadores no están totalmente de acuerdo en ello. La definición de diccionario nos aporta los sentidos de: abstención de hablar; falta de ruido; falta u omisión de algo. Como signo debemos considerarlo dotado de sentido y portador de una estructura de significante y significado. Pero la lingüística poco ha aportado a la cuestión del silencio ya que implicaría incluir a la concepción de lenguaje su propia negación. El silencio como ausencia pertenecería al ámbito del no ser. Ante esto la semiótica aclara que todo aquello a lo que damos sentido pasa a tener existencia; pero no existe semántica del silencio que se agote en el silencio. El silencio está hecho de su propia materialidad que nos es circunstancial. La circunstancia es la que nos lleva de el Silencio con mayúscula a el silencio con minúscula, esto es, del paso de un fenómeno metafísico, existencial como metáfora de lo inefable, lo que no aparece; al estadio de un hecho que se concretiza y materializa en un contexto determinado, entre sujetos determinados. Alguien en algún momento no dice nada, o deja de decirlo, o silencia. El silenciador, el silenciario, el silenciero, el silente.

Muchas culturas de origen precolombino que aún hoy luchan por existir dotan al silencio de un carácter ontológico. Necesidad del silencio para que se de nacimiento a la palabra verdadera como lo explica el antropólogo y etnólogo Pierre Clastres en su libro La palabra luminosa sobre la cultura guaraní y su relación entre la palabra y el alma. El silencio se enlaza con la verdad. Verdad y silencio ha sido la pareja que vio surgir y derrocar los grandes imperios y paradigmas de la humanidad. Y en medio de esta pareja otra palabra, un sustantivo, una emoción llamada coraje. El coraje de la verdad, así se titula el último curso dictado por el filósofo Michel Foucault en 1984 antes de morir. El filósofo analiza allí la noción de parrhesía; entendida como decir veraz. El acto mediante el cual el sujeto, al decir la verdad, se manifiesta, se representa a sí mismo. Actividad que necesitó siempre de otro, una actividad con otro. El estatus de ese otro, tan imprescindible para que yo pueda decir la verdad sobre mí mismo.

Foucault murió en París el 25 de Junio de 1984 afectado por SIDA, siendo la primera personalidad destacada de Francia a la que se le diagnosticó esta enfermedad y sus rivales filósofos atacaron sus actividades sexuales como una expresión de sus opiniones. Recordemos que era homosexual. En abril de este año 2013, quien les escribe, un completo desconocido santiagueño, homosexual también, es diagnosticado con la misma enfermedad –la del SIDA, no la de la homosexualidad. Foucault no conoció como yo las vacunas de glóbulos blancos, ni los antibióticos de cuarta generación, ni los médicos le dijeron que en el futuro esta sería una enfermedad crónica. Pero estoy convencido de que sabía que aun hoy estarían pendiente el coraje de la verdad y el silencio. No todos pasan sus vidas como portadores de HIV, como portadores de algo que está pero no se dice, no se revela. Algunos como yo no tenemos tiempo de comenzar un tratamiento que ya caemos al suelo de fiebre, vómitos y diarrea. La verdad que se evidencia. Algunos como yo no tenemos más opción que ir de urgencia al primer hospital que encontramos como el Independencia. Y allí una mujer, pintada como un circo, con más brushing que cerebro, que se decía Doctora me pregunta qué me pasa. Luego de contarle; me mira fijo… y dice: “No sé qué decirte.” La infectóloga del Hospital Independencia estaba de viaje ese fin de semana. La mujer ignorante, no facultada para el decir, envuelta en un silencio que me gritaba en el alma, le pidió consejo a una enfermera. El consejo fue: “Tomate un omeoprasol.” Una amiga me llevó al Hospital Padilla de Tucumán, como pudo. La deshidratación detuvo mis riñones; el líquido acumulado me aumentó 8 kilos el peso corporal; sufría una reacción alérgica tal que siendo blanquito yo como un papel, todos creían que era pelirrojo mientras sentía que miles de agujas me clavaban el cuerpo, pero desde adentro hacia afuera; la diarrea y la fiebre no se detenían. Casi muero ese fin de semana. Hubiera muerto esperando a la infectóloga del Independencia, mientras la silente me repetía “No se qué decirte…” ¿Qué hace una persona sidosa en Santiago del Estero si se enferma un fin de semana? ¿Si no tiene recursos para viajar a otra provincia? ¿Rellena con su cuerpo el terreno del parque para la construcción de “El tren del progreso” que elabora nuestro gobernador en una pantomima horrorosa cuya única finalidad es la de silenciar la realidad? No hay doctores en nuestros hospitales, pero vamos a tener un trencito donde guardar silencio. El progreso del silencio; el silencio de los corderos, de los sin coraje. El silencio de los vencidos que se dejan avergonzar, avergonzados de sí mismos, el que se avergüenza de sí: calla. El SIDA no es una vergüenza, es una enfermedad crónica. Pero también una enfermedad del silencio. Nos mata el silencio. Silencio, hospital…

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