Crónica de una mala noticia

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392466_el_ultimo_asado_20110427120730por Francisco Galíndez

La mañana se alzó gloriosa, con un cielo limpio, un sol brillante y cálido que estimulaba impetuosamente, cual arenga del Generalísimo San Martín antes de cruzar la cordillera. El café caliente y mi mujer con una sonrisa de oreja a oreja prometían una jornada espléndida, salí entonces al balcón para fumar mientras admiraba a Febo y diagramaba el itinerario del día.

Diez minutos antes de partir para el trabajo decidí sentarme frente a la PC para leer, como es de costumbre, las noticias online que me invitan muchas veces a escribir mis eventuales columnas. De repente la tristeza cubrió mi espíritu, como un velo fúnebre a un cuerpo sin vida, me sentí como cuando el Cuchu Cambiasso le pegó muy al centro, dándole la oportunidad a Lehmann para que la despeje a la izquierda, maldito día. No, no estaba triste porque De Narváez desde hace tiempo se siente perseguido por el gobierno, tampoco porque le quieran quitar el yate al Rey de España, no, no era el caso de la batería de amparos contra la reforma judicial, tampoco me dislocó que Cristina se quiera quedar diez años más. Nada de eso me quitó el sueño, era más de lo mismo y mi alma y neuronas estaban ya curtidas.

Sorpresa fue poco, una mezcla de impotencia con desazón, el lagrimón se piantó sin recelo y en un segundo el mundo se convirtió en algo insustancial, sobrevino luego la inapetencia, el café enfriándose sin destino, el pucho consumiéndose hasta quemarme los dedos, el meneo de cabeza negando algo inaudito, la frustración, la incomprensión, como dos anclas atadas a mis hombros cansados, arrastrándome al abismo del desconsuelo.

-¡ ¿Qué te pasa?! Me preguntó mi mujer, preocupada, sorprendida, angustiada por ver a su compañero de vida al borde del colapso moral.

– Nada. Le respondí, con un nudo en la garganta y la voz temblorosa.

– ¡¿Cómo que nada?! Insistió ella, con el acento dramático que reflejaba su gran preocupación. – ¡Decime que te pasa por favor! Agregó al instante, impaciente, nerviosa.

– ¡¡¡No llegamos ni al tercer puesto en el Mundial del Asado!!! Respondí exasperado, desahuciado, casi violento, casi culpándola de la tragedia.

Por respeto al lector no voy a transcribir la enciclopedia de insultos que me espetó al escuchar mi respuesta, basta con decir que me mandó groseramente a lugares recónditos del cosmos que quizás no existan. Cerró de un portazo la habitación y desapareció de mi campo visual hablando sola. Debo decir también que su reacción no me ayudó mucho a sobreponerme, pero no pretendía que ella lo entendiese. A veces, los hombres y las mujeres parecen estar  contenidos en universos completamente distintos y no entendemos las pasiones de cada uno, como cuando yo no entiendo sus lágrimas que caen mientras mira una romántica de Julia Roberts o cosas parecidas.

¿Cómo pudo haber sucedido tal desventura? ¿Cómo sobreponernos a semejante bochorno? Argentina, la cuna del asado, el epicentro de las reuniones gastronómicas domingueras, alfa y omega de las delicias sobre las brasas, desplazada por países europeos primermundistas, foráneos al ancestral rito gauchesco, desentendidos de las grandiosas carnazas vacunas dignas de banquetes olímpicos, insensibles a la melodiosa resonancia que expresan los jugos de las carnes al deslizarse sobre la parrilla caliente. Absurdo, imposible, no debería haber sido de esa forma.

Se hacía tarde y, aunque los ánimos habían desaparecido por completo, debía ir a trabajar. De camino se me cruzaron como veinte irresponsables a los que casi les paso por encima, entre perros y ciclistas, el letargo por la novedad era tal que en ningún caso saqué la cabeza por la ventanilla para recordarles su deshonrosa ascendencia. Llegué por fin al negocio y me puse a trabajar en piloto automático, con mis pensamientos prisioneros del funesto desenlace del mundial de asadores.

Llegó un momento en que mis ideas se deslizaron en teorías conspirativas. Sí, todo esto es culpa de la bruja del libre mercado, la exterminadora de economías sociales, la mandataria del país que nos dejó fuera en el 2006, la relación estaba hecha, era muy probable. Angela Merkel, ¿quién sino ella? Con perspicacia deduje que la mandataría germana, con maligna sagacidad y conocidas artimañas, movilizó a todas sus influencias para que nuestro país no quedara en el podio, ni mucho menos con el primer galardón. Argentina campeón del torneo gastronómico mundial… NUNCA! Eso sería premiar a un estado que se desentiende cada vez más de sus recetas neoliberales del caos, y dar lugar al cuestionamiento sobre sus gestiones financieras en la eurozona. Un país del tercer mundo no debía sobresalir en un contest internacional en plena crisis europea, no ahora, ni nunca.

Luego recobré el sentido común, y me di cuenta que tal presunción era ridícula. No porque Angela Merkel sea una persona honesta, ni mucho menos, sino porque el campeonato no tenía la relevancia suficiente como para dar ese mensaje. El caso es que no podía dejar de pensar en ello, cocineros nórdicos amantes de los embutidos y el chucrut pasándonos el trapo ante las miradas del mundo, trate de concentrarme en otras actividades para disipar mis interrogantes sobre el infortunado hecho, pero sin llegar a buen puerto.

Consciente del enojo de mi mujer llamé a casa para constatar si el mal sentimiento perduraba, pero atendió el teléfono mi hija, señal clarísima de que la señora al mando no había cambiado su estado de ánimo. Al escuchar la pueril voz por el auricular me invadieron las ganas de hablar con ella sobre mi aflicción, y cuando hice la intentona me interrumpió con la novedad de un perro que se había comido una mariposa en al parque, ella también estaba acongojada, sería cruel de mi parte aumentarle la pesadumbre. Con sus tres años y medio no iba a ser el refugio de mi catarsis.

Regresé a casa después de cuatro horas insípidas de trabajo, que no quedaron grabadas en mi memoria. Mi mujer continuaba sin dirigirme la palabra, compenetrada en sus labores cotidianas, ensimismada, le pregunte si quería almorzar afuera. Con aire indiferente me preguntó dónde, y yo, perdido en el sonambulismo, le contesté estúpidamente “a una parrillada”. Me di cuenta del garrafal error cuando sus palabras aludían a frases como “bienes gananciales” o “régimen de visitas”, definitivamente ya no íbamos a almorzar afuera, es más, al menos yo no iba a almorzar en ningún lado.

Al cabo de unas horas me despabilé completamente, y caí en cuenta de que la derrota estaba plenamente justificada. Solo debía contemplar que los asadores argentinos no se encontraban el ecosistema propicio para trascender históricamente, eso sumado a la presión del entorno en un país extraño. Hice empatía con los muchachos que nos representaron afuera y el sol volvió a brillar, pensé que lo majestuoso del asado argentino es el rito completo, y no la presentación y degustación del plato en sí.

El asador que transpira la gota gorda junto al fuego, controlando la altura de la parrilla y la temperatura ideal para no arrebatar el vacío, disciplinando los chorizos y chinchulines, humedeciendo el gañote con un buen cabernet o fernet al efecto, ajusticiando a las moscas y los opinólogos. Sus amigos, que le llenan el vaso a cada momento, que juegan un partidito de truco sin flor hasta que la carne está servida, las mujeres que sugieren amablemente que apure el trámite mientras preparan las ensaladas multicolores, que terminan luego alimentando a conejos o tortugas. El entrañable sonido de los corchos que abandonan para siempre a sus matrices, la música de fondo, todo ese espacio de tiempo gratificante en ese sublime contexto. Todo eso es el asado perfecto, el más rico, el que ningún sommelier europeo de cuello estirado y nariz puntiaguda podría jamás degustar correctamente.

Al final me complació saber que los asadores amigos que compitieron en el mundial se lucieron brillantemente, y si bien no ganaron ningún premio, seguramente no ha de importarles. Hay pocas verdades en éste singular mundo que no se pueden refutar, una de ellas es que uno más uno es dos, y otra es que el soberbio asado Argentino es el mejor del mundo, y eso va para vos también Pepe.  Saludos desde el ocio cibernético.

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No soy periodista, ni escritor, ni investigador, ni crítico, y tampoco tengo talento literario. Pero ésta sociedad es tan generosa que me brinda un espacio para que escriba lo que se me ocurre. Gracias, gracias gracias.

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