Absoluciones injustas

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por Ernesto Losada

El papa Francisco visitó la Isla de Cuba en un viaje que, para por la mayoría de los medios del mundo, sino todos, se perfilaba como histórico.

Desde el momento mismo del anuncio oficial de esta visita, los ánimos del mundo comenzaron a bullir en cuanto a la expectativa acerca de cuán grande y fuerte sería el sacudón que el pontífice aplicaría al dictatorial régimen castrista, dueño absoluto de la vida, la muerte, la verdad, la libertad, la razón, el silencio, la palabra y cuanto pueda existir, habitar o permanecer en la isla, ya sea transitoria o permanentemente.

Y parece que estas generarles no excluyeron ni al mismísimo jefe de la iglesia católica mundial, ya que desde el arribo mismo del papa a tierras castristas, todo fue un ida y vuelta de “flores” y sonrisas entre Raúl Castro y Francisco. Como si éste último se hubiese avenido a representar una “bella” película en la que un presidente muy amado lo recibe rodeado de niños vivaces, en un país donde sus habitantes amanecen cada día para ver satisfechos sus anhelos, para cumplir sus propósitos, alcanzar sus metas y solazarse en la libertad y la justicia.

Pero, si el papa es la voz de cientos de millones de católicos, y quien de alguna manera establece todo aquello por lo que sus conciencias deben pedir perdón, arrepentirse, y todo aquello que deben condenar y rechazar, debemos decir que dejó bastante tranquilos y livianos de culpas a Raúl y Fidel Castro, a pesar de cargar estos en sus historias miles de opositores ejecutados, otro tanto de disidentes, e innumerables presos políticos privados no solo de su libertad, sino de todo otro derecho.

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Creo que, a pesar de la gozosa acogida que el papa tuvo en Cuba, muchos cubanos deben haber sentido en lo íntimo de sus almas que algo no estaba bien; que la propaganda castrista había logrado su cometido a la perfección, y había convencido a Francisco de que los Castro son “derechos y humanos”; que los presos políticos son peligrosos terroristas que atentan contra la paz y la armonía del pueblo cubano, y por eso no merecían siquiera una mención por parte del papa; que esa isla es un paraíso amorosamente custodiado por el eterno Fidel, a quien Francisco acudió a saludar y conversar animadamente.

En Cuba no había nada para condenar ni denunciar. Ni un tironcito de orejas para el eterno dictador cubano; ni una oración por las almas de quienes fueron eliminados por el solo hecho de disentir; ni una palabra de consuelo para los miles que pasan miserablemente sus vidas en cárceles políticas; ni una flor echada al mar en memoria de los tantos que perdieron sus vidas intentando escapar de esa “Alcatraz” comunista; ni una caricia para esos millones de cubanos rehenes del régimen y los caprichos de alguien que alguna vez supo ser su líder, pero que con el tiempo se convirtió en su carcelero. Nada.

Francisco, en Cuba, no me representó como católico ni como cristiano. No abominó la opresión de todo un pueblo, no execró los crímenes de sus anfitriones, no reprobó las sangrientas persecuciones religiosas, políticas y sociales llevadas a cabo por el castrismo a modo de purga.
Esta vez no fue políticamente incorrecto, sino cristiana y humanamente incorrecto, y con esto, la dictadura más antigua y vigente del mundo tuvo un inesperado como insólito aval vaticano.

Repasando el viaje del papa Francisco a Cuba, encuentro que lo único histórico que dejó fue la esplendida oportunidad que desperdició. Pudo haber conmovido a muchos con sus extraordinarias citas, acciones y palabras que han cambiado para bien tantas cosas en el mundo. Pero no.

Tal vez en consideración a sus inmensos aportes para el nacimiento de una nueva humanidad, es que muchos consideren adecuado guardar un piadoso silencio y pasar rápidamente a otro tema.

Pero será justamente ese silencio, es decir, la ausencia de magníficas crónicas y asombrosos relatos que resalten su valentía, que hablen de muros caídos y dictadores abochornados, quien más crudamente describirá esta visita y los frutos que no fueron.

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